Porque ahora los mortales envejecen entre miserias. Hesíodo
Según Hesíodo, en la “Edad de Oro de los hombres que hablan, …dotados de un espíritu tranquilo” …morían como se duerme”.
Ya quisiera uno, al estudiar la historia humana, encontrar un solo año de paz, un solo lugar de paz; que no sea la paz de los sepulcros, que bien podría ser un mito porque, desde que uno asoma por primera vez a la historia, comprende la sentencia de Walter Benjamin: …frente al enemigo, si vence, ni siquiera los muertos estarán seguros. Y ese enemigo no ha cesado de vencer. Y no es que nos hayamos decretado su enemigo, es él quien nos ha erigido como tal. Ese enemigo es el explotador, el avaricioso, el misógino, el racista… que ya conocemos bien, siempre presente en los lugares de poder.
1.
No es gratuito que cite a un pensador judío de la historia. No es gratuito que lo piense en estos días en que por un traslado administrativo de un festivo, la fiesta de muertos se prolonga varios días, coincidiendo con un seminario en el que nuevamente dedico un buen tiempo a estudiar de nuevo las Tesis sobre la filosofía de la historia, lo que me implica volver a indagar en textos teológicos sin los cuales se pierde mucha de la sustancia de esos dos grandes judíos, Marx y Benjamin, a quienes no pasa un día sin que los piense; pero no son los únicos, hay otros como Freud o Scholem; la lista es larga y citemos, para no nombrar sólo hombres, a Simone Weil, nacida judía, convertida al catolicismo o Rosa Luxemburgo, de pensamiento tan luminosos ambas, que miraron de frente el horror de la guerra y plantaron un pensamiento crítico con dignidad en obras que aspiran a que un día de verdad podamos superar la barbarie.
Para quien no quiere engañarse, aquí está dicho todo en este bosquejo que algún día tal vez tenga el ánimo de convertir en algo más elaborado. Por ahora, sólo enciendo una veladora y enciendo nuevamente una voz indignada porque nada de lo que llamemos progreso, desarrollo, evolución ni nada que se le parezca justifica que tengamos que soportar la rabia y la impotencia de asistir frente a nuestras narices a un genocidio planeado fríamente, pensado de manera asquerosamente eficiente y con el cinismo de quienes pretenden ser los elegidos.
[A propósito, puesto que como dice el sabio y antiguo dicho “no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”, con frecuencia digo a mis estudiantes que toda persona colombiana que quiera empezar a comprender eso que se llama “élites” debería leer De sobremesa de José Asunción Silva, Los elegidos de Alfonso López Michelsen y Sin remedio de Antonio Caballero]
Algún día superaremos esa aberración que consiste en que un ser humano, cualquiera que sea, se pretenda representante de dios en la tierra. Tarde o temprano, quien así se denomina terminará asesinando por razones “santas”.
Ya quisiera uno que la muerte consistiera en un dormir suave en el que apague la vida, sin sufrimiento ni dolor, después de una existencia plena, corta o larga. Cómo duele –a algunos, seguramente muchos, nos duele- la masacre de inocentes en la tierra palestina, por parte del sionismo.
2.
Me gustaría decir que Carlos Fermín Fitzcarrald López fue un tipo mediocre más, pero no lo fue. En todo caso, si fue un hombre notable, lo fue por el nivel criminal de su ambición, como correspondía a todo buen cauchero. En todo caso, no es el semi héroe con el que nos invita a empatizar la película de Werner Herzog, Fitzcarraldo.
Este es otro boceto que probablemente desarrolle, y pronto. Porque toca aspectos con los que me he relacionado desde hace un tiempo, a propósito de otros encuentros, de otros diálogos más cercanos y de otras masacres más cercanas.
Consultando hace un tiempo mapas viejos de la región del Valle del Sibundoy y, por extensión, de la cuenca del Putumayo, la selva amazónica y los territorios de frontera con el Perú, me llamó la atención un detalle: los mapas más antiguos dibujan ríos y otros accidentes geográficos y está llenos de anotaciones de nombres de grupos originarios; no sé nada de ellos, pero aparecen muchos, tal vez sean -eso parece- los nombres que ellos mismos se daban, algunos parecen ser nombres de familias lingüísticas; en todo caso, son muchos nombres.
A medida que se hacen más recientes los mapas, aparecen cada vez menos nombres, hasta el punto de que a comienzos del siglo XX, ya no hay sino alguno que otro y son reemplazados por nombres de lugares, ríos y otros accidentes geográficos (también límites políticos).
En la película, Fritzcarraldo, que necesita ganar mucho dinero para financiar su simpática locura de construir un gran teatro de ópera en Iquitos, siguiendo el ejemplo de Manaos, encuentra que hay terrenos disponibles con una enorme fortuna potencial por la abundancia de árboles de caucho. Sólo hay un inconveniente: la zona es prácticamente inaccesible. (Ahora que escribo esto, se me ocurre que podría decirse de él algo parecido a la manera como Alberto Urdaneta describió la llegada de Colón a América: La mirada profunda en el horizonte, la fe en el corazón, la constancia en el alma, Colón miró las playas de América en un ensueño de su genio, que fue tenido como locura de su cerebro…) Semejante delirio sólo podía caber en un ser excepcional, que merecería años después una película a la que casi invariablemente todos sus comentaristas clasifican como una de las más grandes, no solamente del cine alemán, sino del mundo en el siglo XX.
Y es, en efecto, una gran película. Volver a verla es intuir cuántas influencias generó en el cine posterior. Es, en verdad un acto heroico. Un artista, al que nada obliga (el arte es artificio: por lo general la gente no muere de verdad en el teatro, la ciudad de Nueva York que anochece tras la ventana en La soga de Hitchcock es una maqueta con nubes de algodón y reflectores) asume un gesto inútil y lo vuelve suyo. Si el verdadero Fitzcarrald en vez de tomar río arriba para tomar posesión de los territorios “sin dueño” porque había caído en cuenta de que, en cierto lugar que hoy lleva su nombre se podía forzar un itsmo en la selva que uniera dos ríos que avanzan en dirección contraria para hacer pasar un barco, desmontándolo, de un río al otro, él, haría que un barco subiera la montaña y descendiera intacto al otro lado.
No importa que las caucherías, que aquí son sólo un telón de fondo para la proeza del aventurero irlandés hayan sido una de las peores catástrofes humanas de nuestras tierras, pues esclavizó hasta matar a miles de habitantes originarios, que infligir semejante herida a la selva sea francamente un crimen y que reeditar el acto de explotación de poblaciones inocentes casi un siglo después fuera un irrespeto tal vez aún mayor, había que cumplir el sueño de gloria de Herzog.
“Herzog se convirtió en Fitzcarraldo. En medio de la Amazonía terminó actuando igual que él.”, dice en una entrevista César Vivanco, que participó en la primera parte del proceso de la película.
La historia no deja de ser graciosa. El loquito que se codea con los poderosos que, rodeados de miseria, ganan dinero de manera obscena, se embarca en el proyecto del que ellos se burlan, al punto de apostar en qué momento fracasará y se lo dicen, con la misma condescendencia con que todo ese grupo de blancos mira al pueblo originario y con el que el director de la película nos pide que veamos la historia, que, a fin de cuentas, no es más que el pretexto para su aventura maestra.
El barco avanza por zonas peligrosas, porque la selva es eso: un lugar inhóspito con un calor infernal, mosquitos espantosos, serpientes y, sobre todo, indios. Agazapados, peligrosos, intratables, caníbales, pero lo suficientemente ingenuos para quedar paralizados por la poderosa voz del gran Caruso, que resuena, no se sabe por qué milagro, en todos los rincones de la selva por el sólo efecto de un gramófono.
El primer golpe que recibes en el plexo solar (si eres de Latinoamérica) es cuando cien canoas indígenas cierran el paso al vapor en el río. Están armados, son demasiados, sin embargo, el barco es enorme, tienen fusiles. De pronto, se desgajan cayendo como gigantes árboles centenarios sobre el río: imposible pasar. Lo ves: no es un truco. Lo maravillosos del espectáculo de la magia es que te engaña y lo sabes; sabes que es un truco, pero parece real, es lo lindo.
Aquí no, en seguida ves que eso pasa de verdad. Pero es apenas el comienzo: mil indios, convencidos no se entiende cómo (en su entrevista, Vivanco dice que Herzog les pagó con armas: “¿Qué se sabe del impacto de esas armas en sus comunidades y en la biodiversidad que las rodea? ¡Nada! No se sabe nada y Herzog no quiere ni oír hablar de ello”) destrozan la selva, caen los enormes troncos. a pura hacha y fuerza de brazo destrozan un árbol enorme hasta sus raíces. Todo desaparece en el camino para el barco, queda la tierra sola. Estéril, fangosa, agotada. toda esa sección de la película es un horror, que no relataré en esto que es apenas un boceto.
Pienso en los amigos del Valle del Sibundoy, el amor con el que la Mamá Conchita habla del jajañ, la chagra familiar, la madre tierra; en la indignación y preocupación con que el Taita Vicente menciona las petroleras en el Putumayo, el dolor con el que Hollistem, su hijo, rememora la acción depredadora de los capuchinos que se tomaron toda la educación y bendecían las caucheras…
Es un crimen, la película podrá ser una gran producción, Herzog podrá ser un gran artista; yo lo admiro y lo respeto, pero esto es un crimen inconmensurable. ¿A qué se debe? ¿De dónde sale toda esa depredación del progreso? ¿Por qué celebrar esa absoluta e inerrable arrogancia del arte que se justifica por argumentos grandilocuentes para escenificar de esta manera una historia mediocre? Es que, en realidad, no es que la película sea mala o que el director sea malvado; el problema es que tenga el derecho de hacer lo que le dé la gana sólo porque tiene el dinero para llevarlo a cabo; es porque en su cerebro europeo biempensante, inteligente, interesante y liberal no cabe ese otro mundo, esa otra persona, esa otra vida. Es un monumento a la ignorancia asumida como hecho natural. Desde la pléyade de grandes artistas que lo secundó, hasta el gobierno que le permitió hacer eso, todos olvidaron que un filósofo judío que murió en la pobreza, olvidado de la mayoría de la gente que hubiera podido comprenderlo, lo había advertido un día:
Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín. Se le designa como bienes de cultura. En el materialista histórico tienen que contar con un espectador distanciado. Ya que los bienes culturales que abarca con la mirada, tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro. Por eso el materialista histórico se distancia de él en la medida de lo posible. Considera cometido suyo pasarle a la historia el cepillo a contrapelo.
Pero el sistema cultural, el mundo de los artistas cargado de genios y de generosos e interesados mecenas, nunca parecieron haber escuchado nada, ni al filósofo ni a los gigantes de la selva cayendo, en medio de tanto ruido de mosquitos.
3.
Este texto, ya largo, no puede terminar aquí. Lo diré brevemente en un tercer bosquejo.
Una de las cosas bellas que me ha sucedido con el paso del tiempo y la aparición de fallas en el cuerpo, es que pareciera que le he perdido el miedo a la muerte. No la deseo aún, pero no la temo. En estos días he rememorado a muchas personas que ya murieron y fueron importantes para mí; he soñado de nuevo con aquella amiga que murió no hace mucho, he hablado con quien comparto un amor por alguien, casi desconocido para mí, muy conocido para ella; he recordado a aquella compañera, tan parecida a mí, que murió demasiado joven, a aquella estudiante tan bella persona y profesora que se fue tan rápido… incluso, he pensado en personas que aún siguen vivas, pero que ya no son quienes conocí. En medio de todo, lo único real es la vida; sé que existe la generosidad, el valor, el amor, la decencia, porque me la han mostrado personas del presente y del pasado… existen tantas personas que son la sal de la Tierra.
Para ellas trabajo.



