Tres bosquejos en día de difuntos

Porque ahora los mortales envejecen entre miserias. Hesíodo

Según Hesíodo, en la “Edad de Oro de los hombres que hablan, …dotados de un espíritu tranquilo” …morían como se duerme”.

Ya quisiera uno, al estudiar la historia humana, encontrar un solo año de paz, un solo lugar de paz; que no sea la paz de los sepulcros, que bien podría ser un mito porque, desde que uno asoma por primera vez a la historia, comprende la sentencia de Walter Benjamin: …frente al enemigo, si vence, ni siquiera los muertos estarán seguros. Y ese enemigo no ha cesado de vencer.  Y no es que nos hayamos decretado su enemigo, es él quien nos ha erigido como tal. Ese enemigo es el explotador, el avaricioso, el misógino, el racista… que ya conocemos bien, siempre presente en los lugares de poder.

1.

No es gratuito que cite a un pensador judío de la historia. No es gratuito que lo piense en estos días en que por un traslado administrativo de un festivo, la fiesta de muertos se prolonga varios días, coincidiendo con un seminario en el que nuevamente dedico un buen tiempo a estudiar de nuevo las Tesis sobre la filosofía de la historia, lo que me implica volver a indagar en textos teológicos sin los cuales se pierde mucha de la sustancia de esos dos grandes judíos, Marx y Benjamin, a quienes no pasa un día sin que los piense; pero no son los únicos, hay otros como Freud o Scholem; la lista es larga y citemos, para no nombrar sólo hombres, a Simone Weil, nacida judía, convertida al catolicismo o Rosa Luxemburgo, de pensamiento tan luminosos ambas, que miraron de frente el horror de la guerra y plantaron un pensamiento crítico con dignidad en obras que aspiran a que un día de verdad podamos superar la barbarie.

Para quien no quiere engañarse, aquí está dicho todo en este bosquejo que algún día tal vez tenga el ánimo de convertir en algo más elaborado. Por ahora, sólo enciendo una veladora y enciendo nuevamente una voz indignada porque nada de lo que llamemos progreso, desarrollo, evolución ni nada que se le parezca justifica que tengamos que soportar la rabia y la impotencia de asistir frente a nuestras narices a un genocidio planeado fríamente, pensado de manera asquerosamente eficiente y con el cinismo de quienes pretenden ser los elegidos.

[A propósito, puesto que como dice el sabio y antiguo dicho “no hay cuña que más apriete que la del mismo palo”, con frecuencia digo a mis estudiantes que toda persona colombiana que quiera empezar a comprender eso que se llama “élites” debería leer De sobremesa de José Asunción Silva, Los elegidos de Alfonso López Michelsen y Sin remedio de Antonio Caballero]

Algún día superaremos esa aberración que consiste en que un ser humano, cualquiera que sea, se pretenda representante de dios en la tierra. Tarde o temprano, quien así se denomina terminará asesinando por razones “santas”.

Ya quisiera uno que la muerte consistiera en un dormir suave en el que apague la vida, sin sufrimiento ni dolor, después de una existencia plena, corta o larga. Cómo duele –a algunos, seguramente muchos, nos duele- la masacre de inocentes en la tierra palestina, por parte del sionismo.

2.

Me gustaría decir que Carlos Fermín Fitzcarrald López fue un tipo mediocre más, pero no lo fue. En todo caso, si fue un hombre notable, lo fue por el nivel criminal de su ambición, como correspondía a todo buen cauchero. En todo caso, no es el semi héroe con el que nos invita a empatizar la película de Werner Herzog, Fitzcarraldo.

Este es otro boceto que probablemente desarrolle, y pronto. Porque toca aspectos con los que me he relacionado desde hace un tiempo, a propósito de otros encuentros, de otros diálogos más cercanos y de otras masacres más cercanas.

Consultando hace un tiempo mapas viejos de la región del Valle del Sibundoy y, por extensión, de la cuenca del Putumayo, la selva amazónica y los territorios de frontera con el Perú, me llamó la atención un detalle: los mapas más antiguos dibujan ríos y otros accidentes geográficos y está llenos de anotaciones de nombres de grupos originarios; no sé nada de ellos, pero aparecen muchos, tal vez sean -eso parece- los nombres que ellos mismos se daban, algunos parecen ser nombres de familias lingüísticas; en todo caso, son muchos nombres.

A medida que se hacen más recientes los mapas, aparecen cada vez menos nombres, hasta el punto de que a comienzos del siglo XX, ya no hay sino alguno que otro y son reemplazados por nombres de lugares, ríos y otros accidentes geográficos (también límites políticos).

En la película, Fritzcarraldo, que necesita ganar mucho dinero para financiar su simpática locura de construir un gran teatro de ópera en Iquitos, siguiendo el ejemplo de Manaos, encuentra que hay terrenos disponibles con una enorme fortuna potencial por la abundancia de árboles de caucho. Sólo hay un inconveniente: la zona es prácticamente inaccesible. (Ahora que escribo esto, se me ocurre que podría decirse de él algo parecido a la manera como Alberto Urdaneta describió la llegada de Colón a América: La mirada profunda en el horizonte, la fe en el corazón, la constancia en el alma, Colón miró las playas de América en un ensueño de su genio, que fue tenido como locura de su cerebro…) Semejante delirio sólo podía caber en un ser excepcional, que merecería años después una película a la que casi invariablemente todos sus comentaristas clasifican como una de las más grandes, no solamente del cine alemán, sino del mundo en el siglo XX.

Y es, en efecto, una gran película. Volver a verla es intuir cuántas influencias generó en el cine posterior. Es, en verdad un acto heroico. Un artista, al que nada obliga (el arte es artificio: por lo general la gente no muere de verdad en el teatro, la ciudad de Nueva York que anochece tras la ventana en La soga de Hitchcock es una maqueta con nubes de algodón y reflectores) asume un gesto inútil y lo vuelve suyo. Si el verdadero Fitzcarrald en vez de tomar río arriba para tomar posesión de los territorios “sin dueño” porque había caído en cuenta de que, en cierto lugar que hoy lleva su nombre se podía forzar un itsmo en la selva que uniera dos ríos que avanzan en dirección contraria para hacer pasar un barco, desmontándolo, de un río al otro,  él, haría que un barco subiera la montaña y descendiera intacto al otro lado.

No importa que las caucherías, que aquí son sólo un telón de fondo para la proeza del aventurero irlandés hayan sido una de las peores catástrofes humanas de nuestras tierras, pues esclavizó hasta matar a miles de habitantes originarios, que infligir semejante herida a la selva sea francamente un crimen y que reeditar el acto de explotación de poblaciones inocentes casi un siglo después fuera un irrespeto tal vez aún mayor, había que cumplir el sueño de gloria de Herzog.

“Herzog se convirtió en Fitzcarraldo. En medio de la Amazonía terminó actuando igual que él.”, dice en una entrevista César Vivanco, que participó en la primera parte del proceso de la película.

La historia no deja de ser graciosa. El loquito que se codea con los poderosos que, rodeados de miseria, ganan dinero de manera obscena, se embarca en el proyecto del que ellos se burlan, al punto de apostar en qué momento fracasará y se lo dicen, con la misma condescendencia con que todo ese grupo de blancos mira al pueblo originario y con el que el director de la película nos pide que veamos la historia, que, a fin de cuentas, no es más que el pretexto para su aventura maestra.

El barco avanza por zonas peligrosas, porque la selva es eso: un lugar inhóspito con un calor infernal, mosquitos espantosos, serpientes y, sobre todo, indios. Agazapados, peligrosos, intratables, caníbales, pero lo suficientemente ingenuos para quedar paralizados por la poderosa voz del gran Caruso, que resuena, no se sabe por qué milagro, en todos los rincones de la selva por el sólo efecto de un gramófono.

El primer golpe que recibes en el plexo solar (si eres de Latinoamérica) es cuando cien canoas indígenas cierran el paso al vapor en el río. Están armados, son demasiados, sin embargo, el barco es enorme, tienen fusiles. De pronto, se desgajan cayendo como gigantes árboles centenarios sobre el río: imposible pasar. Lo ves: no es un truco. Lo maravillosos del espectáculo de la magia es que te engaña y lo sabes; sabes que es un truco, pero parece real, es lo lindo.

Aquí no, en seguida ves que eso pasa de verdad. Pero es apenas el comienzo: mil indios, convencidos no se entiende cómo (en su entrevista, Vivanco dice que Herzog les pagó con armas: “¿Qué se sabe del impacto de esas armas en sus comunidades y en la biodiversidad que las rodea? ¡Nada! No se sabe nada y Herzog no quiere ni oír hablar de ello”) destrozan la selva, caen los enormes troncos. a pura hacha y fuerza de brazo destrozan un árbol enorme hasta sus raíces. Todo desaparece en el camino para el barco, queda la tierra sola. Estéril, fangosa, agotada. toda esa sección de la película es un horror, que no relataré en esto que es apenas un boceto.

Pienso en los amigos del Valle del Sibundoy, el amor con el que la Mamá Conchita habla del jajañ, la chagra familiar, la madre tierra; en la indignación y preocupación con que el Taita Vicente menciona las petroleras en el Putumayo, el dolor con el que Hollistem, su hijo, rememora la acción depredadora de los capuchinos que se tomaron toda la educación y bendecían las caucheras…

Es un crimen, la película podrá ser una gran producción, Herzog podrá ser un gran artista; yo lo admiro y lo respeto, pero esto es un crimen inconmensurable. ¿A qué se debe? ¿De dónde sale toda esa depredación del progreso? ¿Por qué celebrar esa absoluta e inerrable arrogancia del arte que se justifica por argumentos grandilocuentes para escenificar de esta manera una historia mediocre? Es que, en realidad, no es que la película sea mala o que el director sea malvado; el problema es que tenga el derecho de hacer lo que le dé la gana sólo porque tiene el dinero para llevarlo a cabo; es porque en su cerebro europeo biempensante, inteligente, interesante y liberal no cabe ese otro mundo, esa otra persona, esa otra vida. Es un monumento a la ignorancia asumida como hecho natural. Desde la pléyade de grandes artistas que lo secundó, hasta el gobierno que le permitió hacer eso, todos olvidaron que un filósofo judío que murió en la pobreza, olvidado de la mayoría de la gente que hubiera podido comprenderlo, lo había advertido un día:

Quien hasta el día actual se haya llevado la victoria, marcha en el cortejo triunfal en el que los dominadores de hoy pasan sobre los que también hoy yacen en tierra. Como suele ser costumbre, en el cortejo triunfal llevan consigo el botín. Se le designa como bienes de cultura. En el materialista histórico tienen que contar con un espectador distanciado. Ya que los bienes culturales que abarca con la mirada, tienen todos y cada uno un origen que no podrá considerar sin horror. Deben su existencia no sólo al esfuerzo de los grandes genios que los han creado, sino también a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie. E igual que él mismo no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de transmisión en el que pasa de uno a otro. Por eso el materialista histórico se distancia de él en la medida de lo posible. Considera cometido suyo pasarle a la historia el cepillo a contrapelo.

Pero el sistema cultural, el mundo de los artistas cargado de genios y de generosos e interesados mecenas, nunca parecieron haber escuchado nada, ni al filósofo ni a los gigantes de la selva cayendo, en medio de tanto ruido de mosquitos.

3.

Este texto, ya largo, no puede terminar aquí. Lo diré brevemente en un tercer bosquejo.

Una de las cosas bellas que me ha sucedido con el paso del tiempo y la aparición de fallas en el cuerpo, es que pareciera que le he perdido el miedo a la muerte. No la deseo aún, pero no la temo. En estos días he rememorado a muchas personas que ya murieron y fueron importantes para mí; he soñado de nuevo con aquella amiga que murió no hace mucho, he hablado con quien comparto un amor por alguien, casi desconocido para mí, muy conocido para ella; he recordado a aquella compañera, tan parecida a mí, que murió demasiado joven, a aquella estudiante tan bella persona y profesora que se fue tan rápido… incluso, he pensado en personas que aún siguen vivas, pero que ya no son quienes conocí. En medio de todo, lo único real es la vida; sé que existe la generosidad, el valor, el amor, la decencia, porque me la han mostrado personas del presente y del pasado… existen tantas personas que son la sal de la Tierra.

Para ellas trabajo.

Piedad

Hace mucho tiempo ya leí un libro que me interesó enormemente: El desnudo de Kennet Clark. Algunas veces he pensado que debería releerlo, pero no se ha dado la ocasión y ya no lo tengo. Pero, a veces, lo que uno recuerda no es tanto lo que un libro dice, sino lo que despertó en nosotros y siempre recuerdo un pasaje en donde Clark se refiere a Rembrant, quien pintaba estos cuerpos tan cotidianos, tan poco idealizados, con sus defectos y su dignidad sencilla. Un mundo en el que no cabe la grandilocuencia, con arrugas y obesidades y relaciona esa condición con la piedad que caracterizaba, según él, el talante profundamente religioso de su autor. Esa idea me acompaña siempre que pienso en el cuerpo. Esta presencia física, tan misteriosa, como una tensión temporal entre dos eternidades, seguramente un paso obligado para aprender. Algo que se toma y se deja. Mucho más que un mero instrumento, pero apenas un poco más que una ilusión. Un instante y toda una vida, porque no existe cuerpo sin tiempo. Por eso lo llamamos presencia.

Buscando algunas referencias sobre el tema, encuentro esta extraordinaria descripción:

Los últimos autorretratos de Rembrandt han obsesionado a algunos de los grandes pintores del siglo XX, como Picasso, Beckmann, Matisse o Giacometti. Pero fue Kokoschka, quien mejor describió, en su autobiografía, el impacto que le produjo el último autorretrato de Rembrandt: «Quisiera hacer mención aquí de un autorretrato de Rembrandt, que se conserva en la National Gallery de Londres y está datado en 1669. Es el último autorretrato. Lo descubrí por primera vez un día de invierno en Londres, en el que me encontraba al borde de la existencia. El cuadro me devolvió el valor necesario para enfrentarme de nuevo a la vida. Rembrandt padecía hidropesía, los ojos le lloraban y le fallaban con frecuencia. Pero, ¡cómo supo observar en el espejo el fin de su vida! En un caso así la objetividad intelectual de un artista plástico capaz de sacar el cociente final de una gran vida y plasmarlo en un cuadro, se transfiere al espectador.

Esa capacidad de contemplar la propia descomposición, de verse a sí mismo como un ser vivo que se transforma en cadáver, como un ave desplumada en una naturaleza muerta, va aún más lejos que El pavo desplumado del revolucionario Goya. Pues existe una diferencia entre ser uno mismo el sujeto del proceso o que lo sea otro. Un espíritu se extingue, y el pintor cuenta lo que ve.»

[Juan Carrete Parrondo, Rembrandt. Sabiduría y emoción en Rembrandt. Los grandes genios del arte, Madrid, Biblioteca El Mundo, 2004. Tomado de: https://sites.google.com/site/arteprocomun/rembrandt-sabiduria-y-emocion]

El cuerpo en su grandeza y en su vulnerabilidad: la Piedad. Tal vez la primera imagen en la que uno piensa cuando se menciona piedad y arte es la muy divulgada imagen de la Pietá de Miguel Ángel (la primera: hizo varias). Esa jovencísima mujer que sostiene el cadáver de su hijo adulto…

Cosas que uno piensa cuando el cuerpo ha transitado otra vez por un sendero del que un día no volverá

¿Seremos capaces de pensar un día una cultura verdaderamente culta?

En el lenguaje corriente, cultura se relaciona con los modos de ser las comunidades y ser una persona «culta» se relaciona con la educación, el cultivo del saber y con una relación respetuosa con los entornos.

Continúo publicando fragmentos de un gran trabajo que estoy realizando; su tema general es la mala educación y la razón por la que decido hacer algunos apartes se relaciona con eventos actuales que coinciden con reflexiones en curso para dicho trabajo.

Hubo un movimiento fuerte, sorpresivo y un tanto brusco en el Ministerio de Cultura; como siempre, trato de pensar la problemática en un universo amplio y de larga duración. De cerca, muy pocas cosas son como parecen y cuando uno se detiene a analizar los detalles que ha dejado la primera marea cuando se retira, ve empezar a delimitarse líneas de tensión que pueden proyectarse muy lejos. No porque los eventos sean contemporáneos sus raíces se encuentran cerca; de hecho, nuestros problemas suelen ser más antiguos de lo que habitualmente queremos ver.

Como el texto es un poco largo (9 páginas), lo subo como pdf anexo. Sólo quiero reiterar aquí mi profundo respeto por la persona de Patricia Ariza y por la honradez con que, me parece, asumió una tarea tan compleja (tal vez, la más compleja de todas en lo social) de intentar consolidar un espacio de inclusión total en el que todas y todos podamos pensarnos como una comunidad total en lo diverso, como lo manda la Constitución y la humildad y fortaleza con que asumió su salida del Ministerio. No tengo elementos parea calificar su gestión, pero estoy convencido de su honradez, su entrega y de la necesidad de su pensamiento en el debate cultural, que no es sólo sobre los bienes: es, sobre todo, de derechos. Al mismo tiempo, también reitero, para lo que pueda servir la opinión de un profesor raso comprometido con su oficio y sin compromisos con ninguna élite, mi profundo respeto por la persona y el proyecto social de Francia Márquez.

Rescatar la experiencia espiritual

Primero de enero.

Sí, es un día más, pero para mí –como para mucha gente, sin duda- no es un día corriente más. Ayer cerramos un año. Si me comparo en el primer día de 2022 y en este primer día de 2023, hay una diferencia grande. La vida tiene ciclos; nuestra experiencia requiere de ellos y de rituales; mis ciclos parecen darse por años. 

Llevo meses pensando un documento, una especie de informe no solicitado, pero necesario. Se alarga. Empecé a escribir una parte nueva como resumen de mi año 2022, pues algo profundo parece haberse decantado. Una vez iniciado el texto, empieza a hacerse muy largo nuevamente. Vuelvo hoy a empezar; por ahora sólo quiero decir lo esencial, de manera corta y contundente; ya vendrán luego los desarrollos, los argumentos y los debates. 

La investigación más extensa, compleja y profunda que he podido realizar es sobre los orígenes de la Academia, pronto saldrá el libro y habré saldado una deuda conmigo mismo y con la comunidad. En lo personal, aprendí en ella algo fundamental: que uno puede dar forma a una ausencia. En los ocho años de ese proceso se fue dando una especie de toma de conciencia: desde las primeras intuiciones muy difusas hasta los hallazgos finales, de los cuales no tenía idea aún, algo en mí se transformó.

Un mundo apareció después de hacer cientos de conexiones pequeñas, grandes, intencionales y azarosas. Cuando la terminé, sentí que mi realidad tenía mayor sentido, que había podido reintegrar a mi experiencia algo que me faltaba, pero que no sabía que me faltaba, porque sencillamente nunca lo conocí. Entendí que cuando uno tiene algo importante y lo pierde, es doloroso, pero al menos, sabe de esa ausencia y puede aprender a vivir con eso, pero la parte más difícil de nuestra experiencia tiene que ver con aquello que perdimos antes de tener consciencia; algo que nos marca, pero no tenemos mayor conocimiento de qué es, ni de qué manera nos determina. 

Por eso hacemos historia los seres humanos, no para encontrar nuevos héroes y crear nuevos monumentos, sino para completarnos reconociéndonos en un horizonte vital más integral.

Ha pasado un tiempo desde eso, dentro de pocos días, en este 2023 se cumplirán diez años de haber sustentado esa investigación. Entonces, sentía que había podido dar forma a una serie de fantasmas que nos acosan: la Academia como nuestro medio naturalizado para pensar el mundo; lo que significa ser artista y profesor en un país que nunca consolidó unos sistemas nacionales estructurados para el trabajo, los oficios, las artes o la cultura y también dar forma  a los adversarios: el pensamiento voraz de las élites, el profesor que corrige, la escuela, cuya esencia ha sido desnaturalizada y degradada en sistema de control…

Ninguna investigación se cierra nunca; en estos diez años, nuevos datos han aparecido, nuevas relaciones se han revelado y otras observaciones han madurado. Hoy creo tener algo más que agregar: esa ausencia que nos pesa tanto es más honda todavía. Hay una pérdida enterrada más profundamente que, a fuerza de ser negada y distorsionada, se oculta, a pesar de que es perceptible en todos los lugares y todos los momentos. Sus signos saltan a la vista todo el tiempo, pero se nos escapan en un mundo cargado de imágenes fantasmagóricas.

La modernidad eurocéntrica que se autoatibuyó la hegemonía del pensamiento mundial desde hace por lo menos siete siglos, ha tenido la negación de la vida espiritual como uno de sus pilares fundamentales. Nuestra casi imposibilidad cotidiana de pensar el mundo espiritual deriva de varias decisiones de los poderes fácticos definidos en lo que llamamos civilización occidental, producto de la unión de la Iglesia y el Estado. Resultado de esa alianza destinada a repartirse los poderosos la riqueza material del mundo, sin importar su sacralidad y su sentido, la “modernidad” entregó el monopolio del pensamiento de la espiritualidad a las religiones, instituciones mundanas que se pretenden representantes de los dioses. La institución estatal y la institución religiosa han funcionado solidariamente desde la conversión del emperador Justiniano para su propia perpetuación.

Más adelante, la racionalidad cientificista que impuso la Academia como institución modernizadora del conocimiento, dejó totalmente de lado la reflexión sobre el sentido del mundo que pretende conocer hasta sus más profundos detalles, de manera que hoy somos gobernados por un pensamiento académico que no tiene ningún pudor en declarar que todo lo que no se reduzca a su estrecha lógica no es más que superstición.

No estoy descalificando ni el sentimiento de lo sagrado ni la búsqueda rigurosa del conocimiento, estoy denunciando problemas profundos de nuestras instituciones como el de confundir -intencionalmente, muchas veces- el mundo de los hechos, al que la modernidad ha dado tan justificada importancia, con el mundo de verdades de las que diversos sectores se pretenden dueños.

Por ahora, en este saludo a un nuevo ciclo anual en lo personal y lo colectivo, propongo una reflexión: la modernidad europeizante que nos ha determinado en lo bueno y en lo malo, que contenía como hechos connaturales principios epistémicos depredadores, patriarcales, racistas, clasistas, dogmáticos a pesar de sus luminosas promesas, tiene un problema que engloba los ya señalados y, probablemente, los origina: la privación de la experiencia espiritual.

Me parece que el péndulo del tiempo humano pasa hoy por la dignificación de la cuestión de la espiritualidad, cuestión dejada de lado por la Academia desde sus propios orígenes. Es una vía difícil, que muchos han explorado ya en diferentes dimensiones y tiempos, que implica no caer en las vías dogmáticas de quienes, por una vertiente, abandonan la reflexión sobre los problemas mundanos de la política, ni en la de quienes, por otra vertiente opuesta, confunden el absoluto respeto por el mundo de los hechos con la imposición de un sistema de “verdades”. 

Sospecho que se trata de abordar una vía de reintegración para no continuar una tendencia de negaciones mutuas, y que allí se encuentra la salida muchos de los grandes problemas actuales.

Un año. Una ponencia

1.

Dibujar un poema / un poema escrito sobre tu padre inspirado por tu hija / un malestar extraño / una confirmación: sí sucede algo / una pregunta: ¿y si todo terminara acá? / exámenes / cuidados / afectos / el cuerpo, siempre / retornar / continuar / vivir /trabajar / amar / luchar, siempre luchar / tanta vida / un mar que testimonia / una nube con cara de perrita / aquí, como siempre.

2.

En días pasados se realizó en Cartagena el primer evento público de el Comité Colombiano de Historiadores del Arte, propuse una ponencia que se llamaría «Las genealogías de la enseñanza de las artes como historia política del arte», que fue aceptada y presentada el día jueves 17 de noviembre. Muy condensada (lo que a veces es una virtud), porque sólo tenía 15 minutos, lanza abiertamente un propuesta que llevo algunos años explorando. Aquí la comparto, para lo que pueda servir.

Marta Combariza, in memoriam

Cada quien recuerda u olvida según lo dicta su diálogo interno; pero, colectivamente, la memoria es un asunto político. Los acontecimientos actuales en Colombia son suficiente prueba de la enorme importancia de la memoria histórica, de su construcción y de su preservación.

Nuestro compromiso con la vida pasa por la contribución que podemos hacer a la memoria colectiva y una de las tragedias nacionales hoy es para mí, sin ninguna duda, cómo se nos han deshilachado rápida y sistemáticamente las imágenes de la década de los años noventa del siglo XX, esa década tan cercana y tan lejana en la que recomenzamos un andar colectivo.

Se acercaban los doscientos años de vida independiente como Nación. En los primeros tiempos había que dar forma, identidad y nombre a un nuevo país que salía de su condición de colonia de España. Entre constituciones parciales, totales y grandes reformas a la de 1886, que finalmente se había impuesto, podíamos contar una veintena de actos institucionales, de manera que nadie podía pensar un siglo y medio después que solamente con promulgar otra constitución, aunque fuera un acontecimiento de primer orden, las cosas iban a ser automáticamente distintas. Había mucho que aprender para empezar de nuevo a caminar, en un andar colectivo que nunca había sido propiciado por las instituciones del país.

Parte importante de ese nuevo andar tenía que ver con los campos de la cultura y de la educación. En días pasados publiqué algunos documentos sobre el tema, anotaciones de unas memorias nacionales que, en gran medida están por construir. Hoy quiero invocar algunos nombres; llamativa, pero no casualmente, son nombres de mujeres; de personas que hacen parte de un acervo que no podemos dejar diluir en este gran movimiento que nos rodea de voluntaria e intencional pérdida de memoria que nos golpea de manera tan dura. 

La última vez que hablé con Marta Combariza, conversamos sobre María Elena Ronderos; el tema era obligado, hacía poco había fallecido la maestra que fue inspiración y apoyo a finales del siglo XX para artistas jóvenes que iniciábamos una militancia por aspectos esenciales de la experiencia artística, más allá de la simple producción de obra a la que socialmente se ha tendido a reducirla. Reconocíamos su contribución al amor que construíamos, por los museos ella y por la pedagogía yo.

Era inevitable, entonces, recordar a María Elena Bernal, quien nos convocó a trabajar en el Museo de Arte de la Universidad Nacional en la segunda mitad de los años ochenta -cuando todavía era un museo universitario y no una especie de fundación privada puesta al servicio de una ajena a la institución con intereses puramente personales- y evocar los acontecimientos derivados de la promulgación de la nueva constitución.

Tenemos el compromiso generacional de hacer todavía más visible la grandeza de la figura de María Elena Ronderos para la educación en Colombia. Su presencia en el museo de Arte de la Universidad Nacional, cuando gestaba el programa que llamó El museo, un aula más en la vida de los estudiantes en ese final de los años ochenta y, con motivo de la Constitución de 1991 y la ley 30, general de educación que derivó de ella, en el proyecto de Cursos de Actualización docente en donde las dos María Elenas propiciaron el inicio de un movimiento muy valioso para la institución universitaria. Este proyecto de extensión se desarrolló ya con la Facultad de artes de la UN desde 1995 hasta 1998, llamado a apoyar la construcción y el inicio de la implementación de los Lineamientos Curriculares para la educación artística, que tuve el honor de coordinar en sus dos años finales.

Esas actividades que reseño muy rápidamente están en el origen de programas actuales como la maestría en Educación Artística, la maestría en Musicoterapia, la maestría en Museología y Gestión del Patrimonio e, incluso, la maestría en Teatro y Artes Vivas, pues constituyeron un gran laboratorio en donde un grupo de docentes artistas del que hacían parte la gran maestra Carmen Barbosa, Rolf Abderhalden, Gustavo Fernández, Jorge Londoño, Freddy Chaparro, en relación con otras personas que asesoraban a María Elena Bernal, como Claudia Romero, tan comprometida con tanto amor el patrimonio arquitectónico, Santiago Cárdenas, Marta Rodríguez… tantas  personas que aportaban su experiencia y otras muy jóvenes aún, estudiantes que después han tenido trayectorias importantes en la academia.

Tanta historia, tanto afecto, tanta entrega, tanta acción política no se pueden describir en un solo comentario. Requerimos de memorias transmitidas, de historias escritas, decantadas y rigurosas.

Sobre Marta Combariza, cuya reciente partida motiva esta evocación, nuestro colega Wlliam López –otro nombre importante en estos movimientos del pensamiento sobre la institucionalización de las artes escribió una reminiscencia* en la que relata su trayectoria.

Otros temas obligados de aquella conversación eran la situación de la Universidad Nacional y el resultado de las elecciones recientes. Coincidíamos en el sentimiento de que, para nuestra generación, formada en otra idea de universidad, pareciera quedar como única alternativa el retiro. No por nuestra edad, no por las vicisitudes de salud –ya importantes, en particular para ella, pero para su energía espiritual, para su pensamiento y su afecto, no eran lo determinante-, no por el deseo, sino por la degradación creciente de la vida universitaria, que determina que, para militantes de la pedagogía como nosotros, ya no represente un proyecto de vida tan digno y apasionante como lo imaginamos siempre.

No será la actual Universidad Nacional de Colombia, en la que desde las rectorías impuestas desde 2002, en la que volvieron a primar discursos tan absurdos y cuestionables como los de alta y baja cultura y ciencia y pseudo ciencia, para definir sus derroteros institucionales, quien reconozca la profunda importancia y la profunda necesidad de procesos y obras que empezaron a marcar caminos de construcción de un nuevo contexto social, cultural y académico, afectados grandemente hoy por la hegemonía de un modelo universitario neoliberal, taxativamente hostil a las humanidades y las artes.

No será el actual Museo de Arte, ni la actual dirección de divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia quienes hagan una conmemoración de la persona que dirigió el Museo, que impulsó sus actividades educativas o que mencione públicamente la acción como profesora de la maestría en Museología que tanto valoran sus antiguos alumnos y el campo museal colombiano.

No puedo dejar de pensar en la tremenda carga que significa para Colombia el olvido histórico, impuesto para unos, aceptado para otros, indiferente para casi todo el mundo. Pensar cómo pesa, cómo duele para quien no quiere ignorarlo, cómo determina muchas de las formas como nos pensamos, aunque no nos demos cuenta de eso. Y, en este punto, más que el sentimiento luctuoso de pérdida, nos acompaña en ese alimentar la llamita de un pensamiento responsable y crítico la alegría y la celebración de la vida, la presencia y el trabajo de personas como las que he mencionado y como Marta Combariza, cuya risa contagiosa seguirá resonando en la Escuela de Artes Plásticas.

* http://artes.bogota.unal.edu.co/cdm/notas/n260

Dies irae

No comprenderá el sentido de la historia quien no se acompañe de la teología, nos enseña Walter Benjamin, el gran filósofo de la historia.

La teología, la ciencia de dios, está llena de complejidades, paradojas; misterios y enigmas que en más de un sentido nos enseñan a pensar la naturaleza de la vida. No me refiero a los discursos autolegitimadores de tantos cultos construidos sobre la falsedad de que pueda haber representantes de los dioses en la tierra, ni a los fundamentos de las religiones como instituciones de poder mundano. Me refiero a los intentos de adelantar un estudio profundo sobre la vida del espíritu, de la cual probablemente sólo tendremos indicios sin mayor certeza mientras tengamos existencia material.

Me refiero a lo que expresó Feuerbach: en la idea de dios, la humanidad ha proyectado lo mejor de sí misma; de ahí que la gran máxima de Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, haya sido escrita precisamente en sus tesis sobre Feuerbach.

Si algo he entendido (y no pretendo ser experto en estos temas), una de las cuestiones bien arduas de la teología es la llamada en los rituales cristianos, Dies irae, el día de la ira, relacionado con la ira de Dios. Él será en el final de los tiempos el juez supremo que condenará a los malos, expulsándolos no solamente de la posibilidad del paraíso, sino hasta de la más mínima esperanza por la eternidad.

¿La ira de dios? ¿No partimos acaso de la idea de dios como el ser perfecto de infinita gracia, conocimiento, generosidad, comprensión? ¿Acaso la vida tal como la conocemos no es creación suya? ¿Acaso lo que hacemos los seres humanos no se hace ejerciendo las posibilidades y el albedrío que él nos dio? ¿No somos acaso su creación amada? ¿No sabe él, acaso, del pasado, del presente, del futuro?

¿No habría podido con un solo gesto, con un mínimo pensamiento evitar todo el mal?

Se entregó el informe de la Comisión de la Verdad… más o menos medio millón de asesinatos (registrados) en 60 años… ¿Cómo pensar eso? ¿Cómo llamamos a eso?

La extraordinaria obra El lamento de adán de Arvo Pärt, toma el texto del mismo nombre de Staretz Silouan, místico y santo de la iglesia ortodoxa. En él, Adán expresa su sufrimiento y ora, ante semejante desastre: nada más ni nada menos que ser corresponsable de la caída en desgracia de la humanidad futura y su lamento se escucha en todo el mundo. ¿Cómo puede alguien que es simplemente un ser humano comprender la complejidad del designio de su creador?

Sofronio, quien recogió los textos y el pensamiento de Silouan, describe estos sentimientos que son reiterativos en toda la historia humana y en su relación con sus dioses, en la introducción del libro en el que los recoge:

Pero ¿dónde se encuentra esta Providencia que vela hasta por los menores detalles? Estamos abrumados por el espectáculo del desencadenamiento incontenible del mal en el mundo. Millones de vidas, con frecuencia apenas iniciadas, antes incluso de que hayan adquirido conciencia de sí mismas, son arrancadas con increíble crueldad.

¿Por qué, entonces, esta vida absurda nos ha sido dada?

Y el alma ansía encontrar a Dios y decirle:

Por qué me diste la vida?… Estoy colmado de sufrimientos; las tinieblas me rodean. ¿Por qué te escondes de mí?… Sé que eres bueno, pero ¿cómo eres tan indiferente a mi dolor?».

«¿Por qué eres tan cruel, tan implacable conmigo?».

«No puedo comprenderte».

El tema no termina ahí, por supuesto; hay respuestas teológicas y respuestas personales que cada quien se dice a sí mismo, como un acto de fe, para poder atribuir sentido a esto que no tiene nombre.

Han sido tantos los movimientos del sentimiento desde que, al fin, después de tanto tiempo y de tanto dolor, de tanta rabia y de tanto rencor, se declarara ganadora una fórmula presidencial y vicepresidencial no determinada por el miedo y el odio de las élites en Colombia.

Creo que muchos compartimos un cierto movimiento del pensamiento que nos ha llevado a, dentro de ese complejo oscilar del sentimiento, evocar nuestros muertos.

A desear que pudieran escucharnos. Poder decirles: la luz avanza; sí es posible iluminar las sombras, sí podemos ver y entender como sociedad. De decirle a algunas de esas personas: gracias por lo que sus preciosas vidas, que tristemente terminaron más pronto de lo debido, contribuyeron a que la consciencia se abra paso, al fin.

[sé que nada nos garantiza que esto que está pasando dure. Bastaría, como llamado de atención, recordar ese, tan breve, período de tranquilidad colectiva que se vivió después de las desmovilizaciones derivadas del tratado de paz para llamarnos a la prudencia, pero el momento es el de conmemorar, de permitirnos un respiro, aunque sin dejar de estar alertas: los dueños del poder, que siempre están ocultos; los asesinos conocidos que, cínicos, ostentan su impunidad; los periodistas venales; los oportunistas de siempre; los avariciosos y los moralistas no descansan]

Hace unas pocas semanas, entraba a un restaurante; en una mesa, con su presencia ligera, humilde, con su rostro diáfano, estaba sentado el padre De Roux. La cortesía, la timidez, la discreción me impidieron dirigirle la palabra. No nos conocemos personalmente, nuestras miradas se cruzaron por un instante. Hubiera querido saludarlo, darle un abrazo, decirle: -gracias por lo que está haciendo, pero seguí, con la convicción de que él comprende la dimensión de lo que se hizo.

De lo que hizo él, la Comisión, el equipo de trabajo, los testigos; todo un conglomerado de personas que, con sencillez, hicieron lo que hay que hacer.

Como los que murieron haciendo lo que honestamente había que hacer.

Como nos toca a nosotros, que todavía podemos actuar: denunciar alto y fuerte lo que merece la ira de dios.

Carta a ustedes, que tienen entre 20 y 40 años: no permitan que el simplismo de Rodolfo Hernández siga prolongando la anomia social en Colombia

Hoy, día del estudiante, propongo una reflexión y una acción en relación con la cargadísima atmósfera electoral que vivimos en Colombia.

Como siempre, trato de no repetir comentarios que ya abundan en las redes y de no perder mi centro de gravedad: ser profesor, porque la docencia asumida respetuosamente nos exige intentar no dejarnos asumir como invisibles para la sociedad ni como subordinados al poder.

Si saben de personas que puedan obtener algún provecho de esta lectura, les agradezco que no duden en divulgarla.

Civilización, constituciones, neoliberalismo. Notas sobre la significación de la candidatura de Francia Márquez para la educación

RESUMEN
Hoy, en el mes de abril de 2022, víspera de elecciones presidenciales en Colombia, se vive en el país un recrudecimiento atroz de una guerra civil no declarada, iniciada hace mucho tiempo, pero cuya más reciente fase se define por el conflicto entre las dos últimas constituciones: la de 1886 y la de 1991, disfrazada de confrontación partidista por las élites que detentan el poder, para garantizar su permanencia en lugares de privilegio. Aunque para toda la población es clara la situación de violencia por sus signos evidentes contra la vida individual y colectiva y contra el medio ambiente, desde el poder hay una tal política de ocultamiento de sus reales dimensiones y sus causas, que se genera una gran confusión, alimentada con mentiras, mistificaciones y el cultivo minucioso de la ignorancia en cuestiones de historia. Ser profesor implica normalmente respetar principios consagrados por las vanguardias pedagógicas, como son: la educación laica, mixta y neutral políticamente, pero en época de anormalidad y de imposición de falsedades que se dirigen directamente a impedir el pensamiento libre, autónomo y crítico mediante la violencia física y simbólica, se justifica que un profesor rompa su propia regla y llame a considerar la posibilidad de votar por una alternativa en la que participa una persona, cuya sola presencia rompe con todos los prejuicios cuya naturalización ha impedido que Colombia sea, como lo ordena su propia Constitución vigente, un lugar en donde se garantice el derecho a la vida, a la paz y a la diferencia y en donde –por lo tanto- trabajo, salud, educación, identidad, sean derecho de todos y no solamente de las élites.


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El poco discreto encanto de la mentalidad colonizada / Una imagen invertida

No soy de los que se sienten henchidos de honor patriótico viendo la película Encanto. Me desagrada esa cursilería simplona y cargada de estereotipos (y conste que me encantan los dibujos animados, pero ¡qué mal ha envejecido el lenguaje que creó El viejo molino en 1937!); pero su culturalismo condescendiente, que no es más que otro amable ropaje del colonialismo, me molesta mucho más. 

Cada quien tiene derecho de decidir qué le gusta y qué disfruta; Sin embargo, considerar que Hollywood en su faceta más negociante puede decir algo serio respecto de nuestra maltratada nacionalidad, nuestras traumatizadas memorias, nuestros dolores o alegrías y -encima- darnos lecciones de convivencia, resiliencia, amor propio, etc., me parece un exabrupto. Sin embargo, no voy a discutir con nadie por eso. En cuestión de gustos no hay disgustos, dice el dicho.

Lo que me motiva a escribir este comentario es un asunto que considero suficientemente interesante para compartirlo, aunque no tengo muy claras todas sus implicaciones. Por lo pronto, me parece un buen ejemplo de un fenómeno que ha motivado profundos estudios que no pretendo estar en capacidad ni siquiera de reseñar. Pienso, por ejemplo, el célebre Atlas de Warburg, relacionado con la pregunta de si es posible reconocer unas filiaciones entre imágenes, filiaciones puramente visuales, que no deben nada al lenguaje verbal o a una gramática racional y que atraviesan tiempos y lugares.

Un ejemplo relacionado con este diálogo entre imágenes se relaciona con los intentos de consolidar los buscadores de imágenes en la red, el de Google, por ejemplo. Me llama muchísimo la atención cómo, desde el punto de vista del más simple de los usuarios, que no tiene idea de programación de algoritmos y cosas de esas, surgen diferentes clases de intentos para poder buscar imágenes. Pareciera que es imposible no recurrir a las palabras o a categorías externas a la mecánica de las imágenes mismas. Si uno escribe “paisajes” en el buscador, surgen miles de imágenes, a color, blanco y negro, montañas, playas, planicies, ciudades… imágenes pintadas, fotografiadas, dibujadas, lineales, texturadas, etc., en número casi infinito. Podemos poner “paisaje nocturno” y ya imaginamos la cantidad de escenas con lunas que aparecerían. Pero no es posible (sé que lo digo de manera torpe) pedir: “dame imágenes en las que aparezca un elemento circular en un contexto oscuro sobre una serie de manchas y texturas organizadas, de manera que sugirieran una cierta profundidad y tensiones varias en el plano”.

[Si, lo sé, reconozco la abismal distancia entre mi pensamiento y el de Warburg]

Esa intuición huidiza tiene alguna conexión con las impresiones que me producen las operaciones que realizaba Lévy-Strauss, a quien tanto admiro, en sus intentos profundos por lograr una comprensión y construir la capacidad de dar cuenta en términos modernos de una lógica otra como lo es el pensamiento mítico o salvaje, como lo denominó (haciendo de paso una maravillosa reivindicación del término y el universo al que hace mención), esta vez con imágenes literarias. Su método, esa capacidad de ver en un relato, más allá de su desarrollo, narrativo, unas ciertas estructuras y formas que son reconocibles en otro relato, con otros personajes y otras situaciones, iguales o como reflejadas en un espejo, me hace pensar que sería posible sondear y nombrar esas oscuras filiaciones entre las imágenes.

A veces, por un instante se me presenta algo. Algo que está en lo de siempre, frente a los ojos, pero oculto o desapercibido; por un momento, la imagen superficial de las cosas pareciera abrirse y dejar ver un entramado que subyace oculto, pero sugerido por esas apariencias. Como ver fantasmas; como si un cierto sentido del humor cósmico le diera la vuelta a lo real o como si algún mago oculto en el otro mundo envara un ligero mensaje o se descuidara por un segundo y una imagen llamara otra y persistieran, mezcladas y distintas al mismo tiempo.

Estaba preparando una presentación sobre un proyecto académico articulado alrededor de un diálogo con la Familia Jajoy Juajibioy del Valle del Sibundoy. Llevaba meses buscando documentos sobre la historia del Amazonas en general y del Putumayo en particular; conversando con el Taita Vicente y la Mamá Conchita, revisando mapas, documentos, libros, tesis en las bibliotecas virtuales, empapándome de todo lo que pudiera hablarme del Valle del Sibundoy, que no podía visitar directamente por causa de las restricciones de pandemia. En un momento dado, la noticia del día era el estreno de Encanto. Sumergido en imágenes profundas, complejas, fuertes, nostálgicas, imágenes del pensar bonito, de las memorias y deseos que me llegaban del territorio del Sibundoy que estaba viendo y leyendo, el ponerlas en contraste con las edulcoradas y superficiales que traían los noticieros y periódicos de la película de Disney, aparte de una cierta molestia y un gran aburrimiento, me produjo un gran impacto que se manifestó como una sospecha: ¡en esta película “colombiana” el sur no existe! En la diversidad cultural, geográfica, etnográfica que esta película pretende apretar en el estereotipo de Colombia como país convencionalmente tropicalista. Sentí que la gente del sur, más de medio país, estaba bastante lejana.

Como ya lo dije, no tengo demasiados deseos de discutir esos estereotipos, porque tengo temas de trabajo y estudio en curso que me interesan mucho más y porque es un poco inútil discutir en medio de tantas aclamaciones con personas que parecen tan satisfechas de un fenómeno que hasta al Oscar involucra. Pero me di un tiempo, en todo caso, para mirar artículos y decidí ver la película en cuanto fuera posible. Y, haciendo eso, surgió el fenómeno: el diario El tiempo publicó uno de sus fotogramas:

Apenas lo vi, supe que ya había visto esa imagen o, más bien, esa imagen me recordaba otra. A través suyo, veía con toda evidencia esa conocida pintura de Goya, los Fusilamientos del 3 de mayo. Busqué una imagen de descarga libre en Internet de esta última y las comparé.

Es impactante. Mirada con detalle, surgen una serie de curiosas inversiones; la más fuerte, el hombre, dolido, protestando, vestido de blanco se convierte en un niño feliz, con pose de baile; los soldados sin rostro que apuntan sus fusiles hacia sus víctimas, se transforman en una niña perfectamente identificable que con angustia de víctima apunta con su dedo al grupo del frente; quienes lloraban, ahora ríen…

¿Qué va de una pintura que en el siglo XIX presentaba una imagen síntesis de las atrocidades de la guerra, en este caso, la de la invasión francesa a España en el siglo XIX, a un fotograma de una película gringa sobre el mundo mágico colombiano en el siglo XXI?

Me parece que, sin duda, hay mucho que reflexionar en esta coincidencia.