Rescatar la experiencia espiritual

Primero de enero.

Sí, es un día más, pero para mí –como para mucha gente, sin duda- no es un día corriente más. Ayer cerramos un año. Si me comparo en el primer día de 2022 y en este primer día de 2023, hay una diferencia grande. La vida tiene ciclos; nuestra experiencia requiere de ellos y de rituales; mis ciclos parecen darse por años. 

Llevo meses pensando un documento, una especie de informe no solicitado, pero necesario. Se alarga. Empecé a escribir una parte nueva como resumen de mi año 2022, pues algo profundo parece haberse decantado. Una vez iniciado el texto, empieza a hacerse muy largo nuevamente. Vuelvo hoy a empezar; por ahora sólo quiero decir lo esencial, de manera corta y contundente; ya vendrán luego los desarrollos, los argumentos y los debates. 

La investigación más extensa, compleja y profunda que he podido realizar es sobre los orígenes de la Academia, pronto saldrá el libro y habré saldado una deuda conmigo mismo y con la comunidad. En lo personal, aprendí en ella algo fundamental: que uno puede dar forma a una ausencia. En los ocho años de ese proceso se fue dando una especie de toma de conciencia: desde las primeras intuiciones muy difusas hasta los hallazgos finales, de los cuales no tenía idea aún, algo en mí se transformó.

Un mundo apareció después de hacer cientos de conexiones pequeñas, grandes, intencionales y azarosas. Cuando la terminé, sentí que mi realidad tenía mayor sentido, que había podido reintegrar a mi experiencia algo que me faltaba, pero que no sabía que me faltaba, porque sencillamente nunca lo conocí. Entendí que cuando uno tiene algo importante y lo pierde, es doloroso, pero al menos, sabe de esa ausencia y puede aprender a vivir con eso, pero la parte más difícil de nuestra experiencia tiene que ver con aquello que perdimos antes de tener consciencia; algo que nos marca, pero no tenemos mayor conocimiento de qué es, ni de qué manera nos determina. 

Por eso hacemos historia los seres humanos, no para encontrar nuevos héroes y crear nuevos monumentos, sino para completarnos reconociéndonos en un horizonte vital más integral.

Ha pasado un tiempo desde eso, dentro de pocos días, en este 2023 se cumplirán diez años de haber sustentado esa investigación. Entonces, sentía que había podido dar forma a una serie de fantasmas que nos acosan: la Academia como nuestro medio naturalizado para pensar el mundo; lo que significa ser artista y profesor en un país que nunca consolidó unos sistemas nacionales estructurados para el trabajo, los oficios, las artes o la cultura y también dar forma  a los adversarios: el pensamiento voraz de las élites, el profesor que corrige, la escuela, cuya esencia ha sido desnaturalizada y degradada en sistema de control…

Ninguna investigación se cierra nunca; en estos diez años, nuevos datos han aparecido, nuevas relaciones se han revelado y otras observaciones han madurado. Hoy creo tener algo más que agregar: esa ausencia que nos pesa tanto es más honda todavía. Hay una pérdida enterrada más profundamente que, a fuerza de ser negada y distorsionada, se oculta, a pesar de que es perceptible en todos los lugares y todos los momentos. Sus signos saltan a la vista todo el tiempo, pero se nos escapan en un mundo cargado de imágenes fantasmagóricas.

La modernidad eurocéntrica que se autoatibuyó la hegemonía del pensamiento mundial desde hace por lo menos siete siglos, ha tenido la negación de la vida espiritual como uno de sus pilares fundamentales. Nuestra casi imposibilidad cotidiana de pensar el mundo espiritual deriva de varias decisiones de los poderes fácticos definidos en lo que llamamos civilización occidental, producto de la unión de la Iglesia y el Estado. Resultado de esa alianza destinada a repartirse los poderosos la riqueza material del mundo, sin importar su sacralidad y su sentido, la “modernidad” entregó el monopolio del pensamiento de la espiritualidad a las religiones, instituciones mundanas que se pretenden representantes de los dioses. La institución estatal y la institución religiosa han funcionado solidariamente desde la conversión del emperador Justiniano para su propia perpetuación.

Más adelante, la racionalidad cientificista que impuso la Academia como institución modernizadora del conocimiento, dejó totalmente de lado la reflexión sobre el sentido del mundo que pretende conocer hasta sus más profundos detalles, de manera que hoy somos gobernados por un pensamiento académico que no tiene ningún pudor en declarar que todo lo que no se reduzca a su estrecha lógica no es más que superstición.

No estoy descalificando ni el sentimiento de lo sagrado ni la búsqueda rigurosa del conocimiento, estoy denunciando problemas profundos de nuestras instituciones como el de confundir -intencionalmente, muchas veces- el mundo de los hechos, al que la modernidad ha dado tan justificada importancia, con el mundo de verdades de las que diversos sectores se pretenden dueños.

Por ahora, en este saludo a un nuevo ciclo anual en lo personal y lo colectivo, propongo una reflexión: la modernidad europeizante que nos ha determinado en lo bueno y en lo malo, que contenía como hechos connaturales principios epistémicos depredadores, patriarcales, racistas, clasistas, dogmáticos a pesar de sus luminosas promesas, tiene un problema que engloba los ya señalados y, probablemente, los origina: la privación de la experiencia espiritual.

Me parece que el péndulo del tiempo humano pasa hoy por la dignificación de la cuestión de la espiritualidad, cuestión dejada de lado por la Academia desde sus propios orígenes. Es una vía difícil, que muchos han explorado ya en diferentes dimensiones y tiempos, que implica no caer en las vías dogmáticas de quienes, por una vertiente, abandonan la reflexión sobre los problemas mundanos de la política, ni en la de quienes, por otra vertiente opuesta, confunden el absoluto respeto por el mundo de los hechos con la imposición de un sistema de “verdades”. 

Sospecho que se trata de abordar una vía de reintegración para no continuar una tendencia de negaciones mutuas, y que allí se encuentra la salida muchos de los grandes problemas actuales.

Un año. Una ponencia

1.

Dibujar un poema / un poema escrito sobre tu padre inspirado por tu hija / un malestar extraño / una confirmación: sí sucede algo / una pregunta: ¿y si todo terminara acá? / exámenes / cuidados / afectos / el cuerpo, siempre / retornar / continuar / vivir /trabajar / amar / luchar, siempre luchar / tanta vida / un mar que testimonia / una nube con cara de perrita / aquí, como siempre.

2.

En días pasados se realizó en Cartagena el primer evento público de el Comité Colombiano de Historiadores del Arte, propuse una ponencia que se llamaría «Las genealogías de la enseñanza de las artes como historia política del arte», que fue aceptada y presentada el día jueves 17 de noviembre. Muy condensada (lo que a veces es una virtud), porque sólo tenía 15 minutos, lanza abiertamente un propuesta que llevo algunos años explorando. Aquí la comparto, para lo que pueda servir.

Marta Combariza, in memoriam

Cada quien recuerda u olvida según lo dicta su diálogo interno; pero, colectivamente, la memoria es un asunto político. Los acontecimientos actuales en Colombia son suficiente prueba de la enorme importancia de la memoria histórica, de su construcción y de su preservación.

Nuestro compromiso con la vida pasa por la contribución que podemos hacer a la memoria colectiva y una de las tragedias nacionales hoy es para mí, sin ninguna duda, cómo se nos han deshilachado rápida y sistemáticamente las imágenes de la década de los años noventa del siglo XX, esa década tan cercana y tan lejana en la que recomenzamos un andar colectivo.

Se acercaban los doscientos años de vida independiente como Nación. En los primeros tiempos había que dar forma, identidad y nombre a un nuevo país que salía de su condición de colonia de España. Entre constituciones parciales, totales y grandes reformas a la de 1886, que finalmente se había impuesto, podíamos contar una veintena de actos institucionales, de manera que nadie podía pensar un siglo y medio después que solamente con promulgar otra constitución, aunque fuera un acontecimiento de primer orden, las cosas iban a ser automáticamente distintas. Había mucho que aprender para empezar de nuevo a caminar, en un andar colectivo que nunca había sido propiciado por las instituciones del país.

Parte importante de ese nuevo andar tenía que ver con los campos de la cultura y de la educación. En días pasados publiqué algunos documentos sobre el tema, anotaciones de unas memorias nacionales que, en gran medida están por construir. Hoy quiero invocar algunos nombres; llamativa, pero no casualmente, son nombres de mujeres; de personas que hacen parte de un acervo que no podemos dejar diluir en este gran movimiento que nos rodea de voluntaria e intencional pérdida de memoria que nos golpea de manera tan dura. 

La última vez que hablé con Marta Combariza, conversamos sobre María Elena Ronderos; el tema era obligado, hacía poco había fallecido la maestra que fue inspiración y apoyo a finales del siglo XX para artistas jóvenes que iniciábamos una militancia por aspectos esenciales de la experiencia artística, más allá de la simple producción de obra a la que socialmente se ha tendido a reducirla. Reconocíamos su contribución al amor que construíamos, por los museos ella y por la pedagogía yo.

Era inevitable, entonces, recordar a María Elena Bernal, quien nos convocó a trabajar en el Museo de Arte de la Universidad Nacional en la segunda mitad de los años ochenta -cuando todavía era un museo universitario y no una especie de fundación privada puesta al servicio de una ajena a la institución con intereses puramente personales- y evocar los acontecimientos derivados de la promulgación de la nueva constitución.

Tenemos el compromiso generacional de hacer todavía más visible la grandeza de la figura de María Elena Ronderos para la educación en Colombia. Su presencia en el museo de Arte de la Universidad Nacional, cuando gestaba el programa que llamó El museo, un aula más en la vida de los estudiantes en ese final de los años ochenta y, con motivo de la Constitución de 1991 y la ley 30, general de educación que derivó de ella, en el proyecto de Cursos de Actualización docente en donde las dos María Elenas propiciaron el inicio de un movimiento muy valioso para la institución universitaria. Este proyecto de extensión se desarrolló ya con la Facultad de artes de la UN desde 1995 hasta 1998, llamado a apoyar la construcción y el inicio de la implementación de los Lineamientos Curriculares para la educación artística, que tuve el honor de coordinar en sus dos años finales.

Esas actividades que reseño muy rápidamente están en el origen de programas actuales como la maestría en Educación Artística, la maestría en Musicoterapia, la maestría en Museología y Gestión del Patrimonio e, incluso, la maestría en Teatro y Artes Vivas, pues constituyeron un gran laboratorio en donde un grupo de docentes artistas del que hacían parte la gran maestra Carmen Barbosa, Rolf Abderhalden, Gustavo Fernández, Jorge Londoño, Freddy Chaparro, en relación con otras personas que asesoraban a María Elena Bernal, como Claudia Romero, tan comprometida con tanto amor el patrimonio arquitectónico, Santiago Cárdenas, Marta Rodríguez… tantas  personas que aportaban su experiencia y otras muy jóvenes aún, estudiantes que después han tenido trayectorias importantes en la academia.

Tanta historia, tanto afecto, tanta entrega, tanta acción política no se pueden describir en un solo comentario. Requerimos de memorias transmitidas, de historias escritas, decantadas y rigurosas.

Sobre Marta Combariza, cuya reciente partida motiva esta evocación, nuestro colega Wlliam López –otro nombre importante en estos movimientos del pensamiento sobre la institucionalización de las artes escribió una reminiscencia* en la que relata su trayectoria.

Otros temas obligados de aquella conversación eran la situación de la Universidad Nacional y el resultado de las elecciones recientes. Coincidíamos en el sentimiento de que, para nuestra generación, formada en otra idea de universidad, pareciera quedar como única alternativa el retiro. No por nuestra edad, no por las vicisitudes de salud –ya importantes, en particular para ella, pero para su energía espiritual, para su pensamiento y su afecto, no eran lo determinante-, no por el deseo, sino por la degradación creciente de la vida universitaria, que determina que, para militantes de la pedagogía como nosotros, ya no represente un proyecto de vida tan digno y apasionante como lo imaginamos siempre.

No será la actual Universidad Nacional de Colombia, en la que desde las rectorías impuestas desde 2002, en la que volvieron a primar discursos tan absurdos y cuestionables como los de alta y baja cultura y ciencia y pseudo ciencia, para definir sus derroteros institucionales, quien reconozca la profunda importancia y la profunda necesidad de procesos y obras que empezaron a marcar caminos de construcción de un nuevo contexto social, cultural y académico, afectados grandemente hoy por la hegemonía de un modelo universitario neoliberal, taxativamente hostil a las humanidades y las artes.

No será el actual Museo de Arte, ni la actual dirección de divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia quienes hagan una conmemoración de la persona que dirigió el Museo, que impulsó sus actividades educativas o que mencione públicamente la acción como profesora de la maestría en Museología que tanto valoran sus antiguos alumnos y el campo museal colombiano.

No puedo dejar de pensar en la tremenda carga que significa para Colombia el olvido histórico, impuesto para unos, aceptado para otros, indiferente para casi todo el mundo. Pensar cómo pesa, cómo duele para quien no quiere ignorarlo, cómo determina muchas de las formas como nos pensamos, aunque no nos demos cuenta de eso. Y, en este punto, más que el sentimiento luctuoso de pérdida, nos acompaña en ese alimentar la llamita de un pensamiento responsable y crítico la alegría y la celebración de la vida, la presencia y el trabajo de personas como las que he mencionado y como Marta Combariza, cuya risa contagiosa seguirá resonando en la Escuela de Artes Plásticas.

* http://artes.bogota.unal.edu.co/cdm/notas/n260

Dies irae

No comprenderá el sentido de la historia quien no se acompañe de la teología, nos enseña Walter Benjamin, el gran filósofo de la historia.

La teología, la ciencia de dios, está llena de complejidades, paradojas; misterios y enigmas que en más de un sentido nos enseñan a pensar la naturaleza de la vida. No me refiero a los discursos autolegitimadores de tantos cultos construidos sobre la falsedad de que pueda haber representantes de los dioses en la tierra, ni a los fundamentos de las religiones como instituciones de poder mundano. Me refiero a los intentos de adelantar un estudio profundo sobre la vida del espíritu, de la cual probablemente sólo tendremos indicios sin mayor certeza mientras tengamos existencia material.

Me refiero a lo que expresó Feuerbach: en la idea de dios, la humanidad ha proyectado lo mejor de sí misma; de ahí que la gran máxima de Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, haya sido escrita precisamente en sus tesis sobre Feuerbach.

Si algo he entendido (y no pretendo ser experto en estos temas), una de las cuestiones bien arduas de la teología es la llamada en los rituales cristianos, Dies irae, el día de la ira, relacionado con la ira de Dios. Él será en el final de los tiempos el juez supremo que condenará a los malos, expulsándolos no solamente de la posibilidad del paraíso, sino hasta de la más mínima esperanza por la eternidad.

¿La ira de dios? ¿No partimos acaso de la idea de dios como el ser perfecto de infinita gracia, conocimiento, generosidad, comprensión? ¿Acaso la vida tal como la conocemos no es creación suya? ¿Acaso lo que hacemos los seres humanos no se hace ejerciendo las posibilidades y el albedrío que él nos dio? ¿No somos acaso su creación amada? ¿No sabe él, acaso, del pasado, del presente, del futuro?

¿No habría podido con un solo gesto, con un mínimo pensamiento evitar todo el mal?

Se entregó el informe de la Comisión de la Verdad… más o menos medio millón de asesinatos (registrados) en 60 años… ¿Cómo pensar eso? ¿Cómo llamamos a eso?

La extraordinaria obra El lamento de adán de Arvo Pärt, toma el texto del mismo nombre de Staretz Silouan, místico y santo de la iglesia ortodoxa. En él, Adán expresa su sufrimiento y ora, ante semejante desastre: nada más ni nada menos que ser corresponsable de la caída en desgracia de la humanidad futura y su lamento se escucha en todo el mundo. ¿Cómo puede alguien que es simplemente un ser humano comprender la complejidad del designio de su creador?

Sofronio, quien recogió los textos y el pensamiento de Silouan, describe estos sentimientos que son reiterativos en toda la historia humana y en su relación con sus dioses, en la introducción del libro en el que los recoge:

Pero ¿dónde se encuentra esta Providencia que vela hasta por los menores detalles? Estamos abrumados por el espectáculo del desencadenamiento incontenible del mal en el mundo. Millones de vidas, con frecuencia apenas iniciadas, antes incluso de que hayan adquirido conciencia de sí mismas, son arrancadas con increíble crueldad.

¿Por qué, entonces, esta vida absurda nos ha sido dada?

Y el alma ansía encontrar a Dios y decirle:

Por qué me diste la vida?… Estoy colmado de sufrimientos; las tinieblas me rodean. ¿Por qué te escondes de mí?… Sé que eres bueno, pero ¿cómo eres tan indiferente a mi dolor?».

«¿Por qué eres tan cruel, tan implacable conmigo?».

«No puedo comprenderte».

El tema no termina ahí, por supuesto; hay respuestas teológicas y respuestas personales que cada quien se dice a sí mismo, como un acto de fe, para poder atribuir sentido a esto que no tiene nombre.

Han sido tantos los movimientos del sentimiento desde que, al fin, después de tanto tiempo y de tanto dolor, de tanta rabia y de tanto rencor, se declarara ganadora una fórmula presidencial y vicepresidencial no determinada por el miedo y el odio de las élites en Colombia.

Creo que muchos compartimos un cierto movimiento del pensamiento que nos ha llevado a, dentro de ese complejo oscilar del sentimiento, evocar nuestros muertos.

A desear que pudieran escucharnos. Poder decirles: la luz avanza; sí es posible iluminar las sombras, sí podemos ver y entender como sociedad. De decirle a algunas de esas personas: gracias por lo que sus preciosas vidas, que tristemente terminaron más pronto de lo debido, contribuyeron a que la consciencia se abra paso, al fin.

[sé que nada nos garantiza que esto que está pasando dure. Bastaría, como llamado de atención, recordar ese, tan breve, período de tranquilidad colectiva que se vivió después de las desmovilizaciones derivadas del tratado de paz para llamarnos a la prudencia, pero el momento es el de conmemorar, de permitirnos un respiro, aunque sin dejar de estar alertas: los dueños del poder, que siempre están ocultos; los asesinos conocidos que, cínicos, ostentan su impunidad; los periodistas venales; los oportunistas de siempre; los avariciosos y los moralistas no descansan]

Hace unas pocas semanas, entraba a un restaurante; en una mesa, con su presencia ligera, humilde, con su rostro diáfano, estaba sentado el padre De Roux. La cortesía, la timidez, la discreción me impidieron dirigirle la palabra. No nos conocemos personalmente, nuestras miradas se cruzaron por un instante. Hubiera querido saludarlo, darle un abrazo, decirle: -gracias por lo que está haciendo, pero seguí, con la convicción de que él comprende la dimensión de lo que se hizo.

De lo que hizo él, la Comisión, el equipo de trabajo, los testigos; todo un conglomerado de personas que, con sencillez, hicieron lo que hay que hacer.

Como los que murieron haciendo lo que honestamente había que hacer.

Como nos toca a nosotros, que todavía podemos actuar: denunciar alto y fuerte lo que merece la ira de dios.

Carta a ustedes, que tienen entre 20 y 40 años: no permitan que el simplismo de Rodolfo Hernández siga prolongando la anomia social en Colombia

Hoy, día del estudiante, propongo una reflexión y una acción en relación con la cargadísima atmósfera electoral que vivimos en Colombia.

Como siempre, trato de no repetir comentarios que ya abundan en las redes y de no perder mi centro de gravedad: ser profesor, porque la docencia asumida respetuosamente nos exige intentar no dejarnos asumir como invisibles para la sociedad ni como subordinados al poder.

Si saben de personas que puedan obtener algún provecho de esta lectura, les agradezco que no duden en divulgarla.

Civilización, constituciones, neoliberalismo. Notas sobre la significación de la candidatura de Francia Márquez para la educación

RESUMEN
Hoy, en el mes de abril de 2022, víspera de elecciones presidenciales en Colombia, se vive en el país un recrudecimiento atroz de una guerra civil no declarada, iniciada hace mucho tiempo, pero cuya más reciente fase se define por el conflicto entre las dos últimas constituciones: la de 1886 y la de 1991, disfrazada de confrontación partidista por las élites que detentan el poder, para garantizar su permanencia en lugares de privilegio. Aunque para toda la población es clara la situación de violencia por sus signos evidentes contra la vida individual y colectiva y contra el medio ambiente, desde el poder hay una tal política de ocultamiento de sus reales dimensiones y sus causas, que se genera una gran confusión, alimentada con mentiras, mistificaciones y el cultivo minucioso de la ignorancia en cuestiones de historia. Ser profesor implica normalmente respetar principios consagrados por las vanguardias pedagógicas, como son: la educación laica, mixta y neutral políticamente, pero en época de anormalidad y de imposición de falsedades que se dirigen directamente a impedir el pensamiento libre, autónomo y crítico mediante la violencia física y simbólica, se justifica que un profesor rompa su propia regla y llame a considerar la posibilidad de votar por una alternativa en la que participa una persona, cuya sola presencia rompe con todos los prejuicios cuya naturalización ha impedido que Colombia sea, como lo ordena su propia Constitución vigente, un lugar en donde se garantice el derecho a la vida, a la paz y a la diferencia y en donde –por lo tanto- trabajo, salud, educación, identidad, sean derecho de todos y no solamente de las élites.


Civilización, constituciones, neoliberalismo. Notas sobre la significación de la candidatura de Francia Márquez para la educación by Miguel Huertas Sánchez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

El poco discreto encanto de la mentalidad colonizada / Una imagen invertida

No soy de los que se sienten henchidos de honor patriótico viendo la película Encanto. Me desagrada esa cursilería simplona y cargada de estereotipos (y conste que me encantan los dibujos animados, pero ¡qué mal ha envejecido el lenguaje que creó El viejo molino en 1937!); pero su culturalismo condescendiente, que no es más que otro amable ropaje del colonialismo, me molesta mucho más. 

Cada quien tiene derecho de decidir qué le gusta y qué disfruta; Sin embargo, considerar que Hollywood en su faceta más negociante puede decir algo serio respecto de nuestra maltratada nacionalidad, nuestras traumatizadas memorias, nuestros dolores o alegrías y -encima- darnos lecciones de convivencia, resiliencia, amor propio, etc., me parece un exabrupto. Sin embargo, no voy a discutir con nadie por eso. En cuestión de gustos no hay disgustos, dice el dicho.

Lo que me motiva a escribir este comentario es un asunto que considero suficientemente interesante para compartirlo, aunque no tengo muy claras todas sus implicaciones. Por lo pronto, me parece un buen ejemplo de un fenómeno que ha motivado profundos estudios que no pretendo estar en capacidad ni siquiera de reseñar. Pienso, por ejemplo, el célebre Atlas de Warburg, relacionado con la pregunta de si es posible reconocer unas filiaciones entre imágenes, filiaciones puramente visuales, que no deben nada al lenguaje verbal o a una gramática racional y que atraviesan tiempos y lugares.

Un ejemplo relacionado con este diálogo entre imágenes se relaciona con los intentos de consolidar los buscadores de imágenes en la red, el de Google, por ejemplo. Me llama muchísimo la atención cómo, desde el punto de vista del más simple de los usuarios, que no tiene idea de programación de algoritmos y cosas de esas, surgen diferentes clases de intentos para poder buscar imágenes. Pareciera que es imposible no recurrir a las palabras o a categorías externas a la mecánica de las imágenes mismas. Si uno escribe “paisajes” en el buscador, surgen miles de imágenes, a color, blanco y negro, montañas, playas, planicies, ciudades… imágenes pintadas, fotografiadas, dibujadas, lineales, texturadas, etc., en número casi infinito. Podemos poner “paisaje nocturno” y ya imaginamos la cantidad de escenas con lunas que aparecerían. Pero no es posible (sé que lo digo de manera torpe) pedir: “dame imágenes en las que aparezca un elemento circular en un contexto oscuro sobre una serie de manchas y texturas organizadas, de manera que sugirieran una cierta profundidad y tensiones varias en el plano”.

[Si, lo sé, reconozco la abismal distancia entre mi pensamiento y el de Warburg]

Esa intuición huidiza tiene alguna conexión con las impresiones que me producen las operaciones que realizaba Lévy-Strauss, a quien tanto admiro, en sus intentos profundos por lograr una comprensión y construir la capacidad de dar cuenta en términos modernos de una lógica otra como lo es el pensamiento mítico o salvaje, como lo denominó (haciendo de paso una maravillosa reivindicación del término y el universo al que hace mención), esta vez con imágenes literarias. Su método, esa capacidad de ver en un relato, más allá de su desarrollo, narrativo, unas ciertas estructuras y formas que son reconocibles en otro relato, con otros personajes y otras situaciones, iguales o como reflejadas en un espejo, me hace pensar que sería posible sondear y nombrar esas oscuras filiaciones entre las imágenes.

A veces, por un instante se me presenta algo. Algo que está en lo de siempre, frente a los ojos, pero oculto o desapercibido; por un momento, la imagen superficial de las cosas pareciera abrirse y dejar ver un entramado que subyace oculto, pero sugerido por esas apariencias. Como ver fantasmas; como si un cierto sentido del humor cósmico le diera la vuelta a lo real o como si algún mago oculto en el otro mundo envara un ligero mensaje o se descuidara por un segundo y una imagen llamara otra y persistieran, mezcladas y distintas al mismo tiempo.

Estaba preparando una presentación sobre un proyecto académico articulado alrededor de un diálogo con la Familia Jajoy Juajibioy del Valle del Sibundoy. Llevaba meses buscando documentos sobre la historia del Amazonas en general y del Putumayo en particular; conversando con el Taita Vicente y la Mamá Conchita, revisando mapas, documentos, libros, tesis en las bibliotecas virtuales, empapándome de todo lo que pudiera hablarme del Valle del Sibundoy, que no podía visitar directamente por causa de las restricciones de pandemia. En un momento dado, la noticia del día era el estreno de Encanto. Sumergido en imágenes profundas, complejas, fuertes, nostálgicas, imágenes del pensar bonito, de las memorias y deseos que me llegaban del territorio del Sibundoy que estaba viendo y leyendo, el ponerlas en contraste con las edulcoradas y superficiales que traían los noticieros y periódicos de la película de Disney, aparte de una cierta molestia y un gran aburrimiento, me produjo un gran impacto que se manifestó como una sospecha: ¡en esta película “colombiana” el sur no existe! En la diversidad cultural, geográfica, etnográfica que esta película pretende apretar en el estereotipo de Colombia como país convencionalmente tropicalista. Sentí que la gente del sur, más de medio país, estaba bastante lejana.

Como ya lo dije, no tengo demasiados deseos de discutir esos estereotipos, porque tengo temas de trabajo y estudio en curso que me interesan mucho más y porque es un poco inútil discutir en medio de tantas aclamaciones con personas que parecen tan satisfechas de un fenómeno que hasta al Oscar involucra. Pero me di un tiempo, en todo caso, para mirar artículos y decidí ver la película en cuanto fuera posible. Y, haciendo eso, surgió el fenómeno: el diario El tiempo publicó uno de sus fotogramas:

Apenas lo vi, supe que ya había visto esa imagen o, más bien, esa imagen me recordaba otra. A través suyo, veía con toda evidencia esa conocida pintura de Goya, los Fusilamientos del 3 de mayo. Busqué una imagen de descarga libre en Internet de esta última y las comparé.

Es impactante. Mirada con detalle, surgen una serie de curiosas inversiones; la más fuerte, el hombre, dolido, protestando, vestido de blanco se convierte en un niño feliz, con pose de baile; los soldados sin rostro que apuntan sus fusiles hacia sus víctimas, se transforman en una niña perfectamente identificable que con angustia de víctima apunta con su dedo al grupo del frente; quienes lloraban, ahora ríen…

¿Qué va de una pintura que en el siglo XIX presentaba una imagen síntesis de las atrocidades de la guerra, en este caso, la de la invasión francesa a España en el siglo XIX, a un fotograma de una película gringa sobre el mundo mágico colombiano en el siglo XXI?

Me parece que, sin duda, hay mucho que reflexionar en esta coincidencia.

Un año. Trescientos sesentaicinco días. Herencia dura: pandemia inesperada, medidas punitivas. Contra las movilizaciones, inmovilidad. Si protestaste por la invisibilidad, más distanciamiento social. El terror oficial. La desconfianza. La apertura. Más de lo mismo, desgaste, desesperanza. Cuidador quemado. la esperanza: las vacunas, demora, demagogia. Al fin. La desconfianza sigue. La vida nunca fue normal, hoy es peor. La tontería institucional. La desesperanza: parálisis. La desesperanza: la delincuencia. La desesperanza: se pierde todo. También ella. La ausencia. El dolor. Tocar fondo, ambulancia, urgencias, saber dónde no se quiere estar, con quién no se quiere estar; con quien sí, pero aprender a vivir sin ella. Comprender algo. La infancia siempre retorna. Niño que teme. Adulto que teme y agrede. Salida: tratar con dignidad las cosas. Los amigos. Federico, Gloria, la niñez, siempre. Belén, las palabras. Las gatas muertas, Paca, tan noble, Minou, tan brava, veintiún años, un siglo humano, pierde el pelo, busca mi calor en las clases virtuales, Horacio, solito, amor de los animales, mamá canguro. Estudiantes, tristes, solos, lejanos, bellos, inteligentes. Universidad callada, institución negligente. Cocinar mañana, medio día y noche. Mamá, tantos medicamentos, tantos dolores, despedida, sus memorias. Su cuerpo se apaga. La familia, los hermanos, Gladys. Alberto, Liliana, afecto, finca, árboles, niebla, Laguna Verde, horno nuevo, las finas huertas. La cocina. De nuevo una calle: el esplendor del mundo corriente. El arte, la cobijita, tratar las cosas con amor, el dibujo, siempre el dibujo, la niñez siempre, la noche del diablo, oscuridad, orinar la cama, temer morir, temer enloquecer, recoger, acunar, consolar, explicar, Toñito me mira y lo miro, comprendemos. Hacemos una película. Beatriz. Universidad pasiva, maltratadora, dogmática, tecnocrática. Renunciar, sentir que, igual, ya estás fuera. Nuevamente el aire en la cara, Tres libros, decirlo todo, añorar el Valle del Sibundoy no visitado, Taita y Mamita: mis hermanos mayores adoptivos, el dolor de la historia. El retorno: la felicidad es aún posible. Cambios, cirugía. De nuevo: dolor angustiante, niño, ambulancia, rostro de la muerte, la paz. Brazo destrozado, paciencia, Marta, reaprender a dar la vuelta en la cama, uci, ruido, cuidado.  Mis hijas, hablar con ellas. La esperanza se llama Francia. Trescientas sesentaicinco palabras, de nuevo aquí, igual de fuerte.

De nuevo aquí.

Mala memoria / Pandemias

Siempre recuerdo (lo conocí por primera vez leyendo un artículo de Omar Rosas sobre Walter Benjamin), el extraordinario poema de Hans Magnus Enzensberger, Mala memoria; además de esta pieza, me interesó profundamente lo que he conocido, todavía muy poco, de su obra. Creo que en ese poema se sintetiza lo que me obsesiona en relación con la historia y la política.

En nuestros debates, compañeros,
tengo a veces la sensación
de que hemos olvidado algo.
No es el enemigo.
No es la línea de conducta.
No es el objetivo final.
No figura en el «Curso breve».

Si no lo hubiéramos sabido nunca
no habría lucha.
No me preguntéis qué es.
No sé cómo se llama.
Lo único que sé
es que hemos olvidado
lo más importante

El pasado; el pasado siempre.

Cumplimos un año de aislamiento por la pandemia del Covid-19, y seguimos de largo.

Y, por todas partes, la misma retórica. No ha cambiado. Lo que hoy sabemos respecto al cuidado personal y colectivo no ha cambiado en lo esencial. Sin embargo, de la misma lógica se han derivado diferentes medias, para abrir o para cerrar posibilidades de desplazamiento, de trabajo o estudio, sin ninguna coherencia.

Es evidente su carácter bélico y punitivo. Es evidente la inconsistencia de las medidas gubernamentales en lo que se refiere a la justicia y la equidad, pero es también evidente su coherente servidumbre a un modelo político que busca beneficiar de cualquier manera y, al costo que sea, a los ricos y detentadores del poder. Es evidente que el estallido social que se vive hoy debe mucho al desespero de las poblaciones sometidas a este régimen criminal durante tantos meses.

Propongo algunas imágenes. De la actualidad, los medios de comunicación y las redes sociales están ampliamente cargados y no hace falta reproducirlas aquí. Más bien, presentaré dos documentos del año pasado, que tuve reservados desde inicios de la cuarentena, esperando un momento que nunca llegó por una serie de circunstancias diversas que fueron aplazando su aparición. Me interesa mucho la noción de crítica como un tomar distancia para observar mejor. La cercanía no garantiza la calidad de la percepción; es necesario reconocer el horizonte, los entornos, las relaciones. Hay quien dice, por ejemplo, que para Benjamin el papel del historiador es predecir el presente. En efecto, no por estar aquí y ahora comprendemos los hechos que están trascurriendo; es necesario entonces, este distanciamiento, como el dibujante que da un paso atrás y entrecierra los ojos para ver mejor, para saber mejor qué es lo que está haciendo. En el Libro de los pasajes, Benjamin advierte:

«En los terrenos que nos ocupan, solo hay conocimiento a modo de relámpago. El texto es el largo trueno que después retumba»

Por eso, vale la pena volver atrás y mirar nuevamente algunas de nuestras imágenes del inicio de pandemia; evocar nuevamente esos sentimientos e impresiones.

De un lado, propondré los dos textos anunciados, realizados por José Gabriel Cruz y Bruno Tackels. Verán los lectores que resultan -como todo texto lúcidamente escrito- premonitorios y, por lo tanto, su lectura es altamente pertinente hoy.

De otro lado, propondré algunos textos escritos por mí y presentados en distintos foros de la Universidad Nacional, de Bogotá en las semanas recientes. Con este acto, de cierta manera renuncio a intentar comunicarme por medios internos de la Universidad, que no son foros de debate, sino una verdadera afrenta para el espíritu universitario.

No tocaré temas sobre los cuales no tengo una experticia manifiesta. Así que me limitaré al espacio que he estudiado hasta la obsesión: la universidad como institución pedagógica y en especial, ésta donde trabajo, la Universidad Nacional de Colombia. No oculto el sentimiento de vergüenza que me agobia cada vez que hablo de esta institución a la que ingresé como estudiante hace más de cuarenta años, como profesor de planta hace más de veinticinco y de la que me pensionaré lo más pronto posible para, espero, no volver a tener una vinculación estable con ninguna institución académica (del sistema académico, quiero decir), para no volver a sentir ese sentimiento que, paradójicamente, logré descubrirlo gracias a ella misma y que inevitablemente acompaña al reconocimiento de la profunda decadencia de una institución cuyos inicios revolucionarios anunciaron la modernidad para, una vez instalada en el poder, convertirse en su aliada, las más de las veces ingenua, casi siempre oculta.

Si me permiten una imagen que sintetice ese sentimiento, propongo a mis pacientes lectores esta, en dos versiones: mientras pensaba este texto, una muy querida amiga, egresada de esta Universidad me envía este mensaje:

“¿Te puedes creer que los estudiantes de la militar… ¡LA MILITAR! Están teniendo espacios de discusión, asambleas y todo tipo de oportunidades para participar de la situación y la Nacional sigue como si nada?

Si, claro la Universidad Nacional sacó un comunicado. Muy sensible, pero igual de anodino e intrascendente que todos los que la caracterizan desde las últimas dos décadas. La Universidad de la Nación no ha tenido nada que decir, anunciar, aconsejar, explicar a la población encerrada arbitrariamente desde hace más de un año, para siquiera entender las causas, la profunda extensión ni -mucho menos- las posibles salidas del estado de locura colectiva y de catástrofe social que se ha generado por las políticas de pandemia. Y mucho menos ha hecho el menor intento de reconocer que mucha parte de su estudiantado está en las calles corriendo toda clase de riesgos (de los cuales el de contagiarse de Covid es probablemente el menor) porque su universidad no les ha dado en el último año y medio un solo espacio de deliberación y encuentro.

Y, para completar la imagen, apenas el presidente Duque expuso la carta tramposa de “dialogar”, que ya esgrimió en otro momento de crisis y protesta social, su rectora fue de las primeras “personalidades” que no representan a nadie distinto que al gobierno mismo, en aparecer en esa farsa, sabiendo que no tiene al respecto ningún encargo de su comunidad, ni ninguna legitimidad, después de haber sido impuesto su nombramiento luego de una consulta interna que dio como ganador al voto en blanco…

En fin, vamos con los documentos.