Una película peligrosa

Desde su aparición, el cine hace parte inevitable de la vida.Hay películas malas (la mayoría del cine comercial lo es), pero algunas nos resultan aceptables por muchas razones, porque son entretenidas, porque están técnicamente bien hechas, porque no hay nada que sea totalmente malo y algo bueno tienen, porque son documentos de una cierta forma de pensar o de hacer cine, de otras épocas o contextos que uno quiere comprender mejor, o simplemente por inercia, una fuerza invisible pero determinante en nuestra cotidianidad.

Y hay películas peligrosas. Quiero hablar especialmente de una. Ya ha sido discutida, pero hay algunos aspectos que, me parece, deben ser planteados con mayor claridad. 

Se trata de la película Emilia Pérez de  Jacques Audiard, muy criticada por sus sesgos raciales, de género y por su irrespeto al apropiar temas culturales muy sensibles  sin ningún estudio serio, reducidos a estereotipos superficiales. Sin embargo, más allá de eso, hay que resaltar su contribución, profunda y perfectamente consciente, al facilismo en el pensamiento, uno de los más grandes males contemporáneos cultivado por la hegemonía de las élites a través de la muy eficaz industria cultural globalizada.

1.

“De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, concluía Wittgenstein, después de una larga reflexión sobre el lenguaje; expresión emparentada con observaciones como “todo aquello que puede ser pensado, puede ser pensado claramente”. “Para saber algo es preciso estudiar” dictaminaba Brecht a través de su alter ego el señor K., criticando nada más ni nada menos que a Sócrates. Todo artista serio sabe que lo más importante no son las cosas, los medios, los efectos, las concesiones a la moda, sino tener algo que decir. 

Algo que merezca ser enunciado públicamente; algo de lo que se tiene algún conocimiento, que se ha estudiado. No basta repetir prejuicios ampliamente extendidos, lugares comunes sin ninguna profundidad, sino enunciar un contenido que ha sido depurado por la reflexión, el estudio, la crítica y la autocrítica.

Apuntalar prejuicios o generar unos nuevos en el espacio social, implica un daño al pensamiento. No necesitamos más creaciones artísticas grandilocuentes que lo único que tienen para mostrar son las sublimes elucubraciones de ignorantes con dinero y ambición.

2.

Me gustaría decir que Emilia Pérez es una película inútil y pasar a otra cosa, pero es más bien una película peligrosa porque, al contribuir a banalizar todo un universo social, resulta altamente útil a los peores poderes. La ignorancia es cosa grave; para quienes no han tenido acceso a la educación, ni una guía mayor en la vida, es una tragedia, el mayor ingrediente de esa gigantesca catástrofe que es la pobreza. Para quien tiene los medios de superarla y no lo hace, la ignorancia es un crimen y para quien intencionalmente  la cultiva en sí mismo y en los demás, es un crimen de lesa humanidad.

Una persona,  artista, intelectual, activista, profesora, que intenta intervenir en el debate y la acción social (y hacer una película de difusión masiva y presencia en festivales internacionales es una intervención política mayor), que pretende proponer imágenes colectivas y reflexiones sociales, puede equivocarse, disentir, ensayar, proponer, ironizar; puede errar legítimamente, pero cuando lo único claro que muestran sus imágenes es un ego que no sabe ver más allá de su mezquino horizonte ideológico y no propone nada de fondo sobre la vida de los Otros, se convierte en una especie de instrumento de guerra que hay que denunciar fuertemente.

En Emilia Pérez se pone en escena una historia que se pretende original e interesante y podría serlo si estuviera bien desarrollada, pero las problemáticas de género, de poder, de violencia que invoca esta película se desdibujan rápidamente. La cultura mexicana es una escenografía incidental y prescindible, la corrupción política es una anécdota superficial y la tragedia social un relato edulcorado y demagógico. Pero hay lecturas críticas muy detalladas, como la de Paul Preciado «Emilia Pérez contra Jacques Audiard: una amalgama cargada de racismo y transfobia” a la que remito a los interesados. Quiero entrar en otro terreno.

[https://euforia.org.es/emilia-perez-contra-jacques-audiard/]

Un problema de fondo es la reducción de grandes realidades extraordinariamente complejas a unas imágenes simples y, por lo tanto, fáciles de digerir en las que el pensamiento pierde su densidad. La manera como se narra que un mafioso pasa de ser asesino despiadado a figura redentora que, como una gran dádiva, revela a los parientes de las personas desaparecidas el lugar donde se encuentran enterrados sus restos, insulta la inteligencia del espectador y a esas comunidades, victimizadas una vez más al reducirlas al cliché del exotismo y la ingenuidad por una mirada condescendiente que intencionalmente desconoce la complejidad de las imágenes culturales y políticas que referencia.

Por supuesto, se nos puede decir que no debemos pedirle a una “comedia musical” de la industria del entretenimiento que haga un tratado sociológico o se constituya en lección de historia, pero todo hecho artístico es una acción política; por eso con toda justicia se elevan voces de protesta. Esta no es cualquier obra, es un trabajo presentado en los grandes espacios artísticos y culturales en donde se fetichiza la obra de arte y donde las élites  imponen imágenes de lo popular para el consumo comercial. 

3.

Una expresión común cuando se tratan ciertos temas de las artes o en el mundo periodístico es: “la realidad supera la ficción” y, en efecto, hay una relación compleja entre el artificio que es el arte y la realidad concreta. ¿Debe el arte informar, dar mensajes o, incluso, tener alguna utilidad práctica? ¿El arte solamente se debe a sí mismo? 

El punto importante de tratar aquí es el facilismo de muchos discursos contemporáneos construidos sobre la idea de la absoluta inutilidad del arte como condición fundadora. 

Para cualquier habitante de Colombia del momento actual es evidente, si se piensa en lo que está sucediendo alrededor de La Escombrera, que las cosas no son tan simples. Pero en el mundo edulcorado de Audiard, se puede tener un renacimiento y ser irreconocible, como cuando supermán se pone unas gafas y se convierte en Clark Kent, porque en el mundo salvaje y exótico sus habitantes pueden ser de una crueldad tan extrema como la ingenuidad de la que hacen gala en otros momentos sin solución de continuidad, de manera que se puede blanquear (literalmente) una vida de crimen.

4.

¿Cuál es el problema realmente de fondo que va más allá de las diferencias de opiniones, de gustos o de enfoques?  

“El peligro -dice Benjamin- amenaza tanto al patrimonio de la tradición como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase dominante”. Emilia Pérez recibió el premio del jurado del Festival de Cannes en 2024, premios en los Globos de Oro y es candidata al Oscar. Difusión, prensa, publicidad, fiestas, comentarios críticos favorables, dinero, oportunidades, fama… lo que normalmente no tienen las madres, las cuchas, las “locas” que seguirán denunciando la corrupción estatal, la violencia de los diferentes grupos que aspiran al poder sea como sea. Muchas personas estamos hartas de los rezagos coloniales de las élites internacionales que lavan su imagen y acallan su mala conciencia con la condescendencia vestida de “gran arte”.

Uso el término lavan con toda conciencia e intención. Así como el dinero mal habido del tráfico de droga no es nada (como lo demuestra el hallazgo de caletas antiguas repletas de billetes podridos por el paso del tiempo) hasta tanto no sea lavado, blanqueado por los delincuentes de mejor familia, banqueros, financistas, emprendedores, inversores, etc. que lo devuelve a la circulación con apariencia de honestidad, los beneficios de la explotación esclavista, el despojo de los recursos naturales y las producciones nativas y otros pecados de los regímenes coloniales, deben transformarse en valores culturales y siempre hay un cortejo de artistas obsecuentes dispuestos a embellecer la existencia y siempre hay una audiencia dispuesta a convencerse de su corrección política en nombre del arte.

Un problema fundamental del arte hegemónico es cómo oculta sus relaciones con el poder político, su aporte, que no aparece sino muy tangencialmente en los discursos de la historia y la crítica del arte. Cómo elude las preguntas sobre sus modos de legitimación, o de dónde sale el dinero que financia sus costosas producciones o a qué fines se prestan sus realizaciones, como si el arte sólo se debiera a sí mismo en un mundo feliz de alfombras rojas, cultura de masas y periodismo de farándula.

Desde sus orígenes, en toda sociedad y contexto geográfico, el arte ha tenido y seguirá teniendo una relación fundamental con el poder. La historia política de las artes es una región poco explorada por la Academia que, como buena institución de poder prefiere no cuestionarse acerca de sus fundamentos y formas de legitimación y, por lo tanto, acerca de su responsabilidad frente a lo que sucede socialmente.

La pregunta sobre si es arte o no tomar un banano y pegarlo con cinta a la pared es una pregunta banal. Porque sí, lo es, pero eso no quiere decir que sea buen arte. La pregunta esencial es cómo está constituido ese sistema cultural que permite que una acción tan espuria sea arte y reciba tanto interés y resonancia en tiempos de la masacre en Gaza, por mencionar sólo una de tantas circunstancias. El enjambre de instituciones, de redes económicas, de entramados políticos, de juegos económicos, de comunidades de gestores, directivos, críticos que constituye ese campo -en el sentido de Bourdieu- que hace que medios de comunicación, foros artísticos y redes sociales estén ocupadas de semejante despropósito multimillonario sin ninguna importancia intrínseca. 

5.

La ficción se justifica cuando enriquece nuestra visión de la realidad y no porque la empobrezca. Soy de los que consideran la saga del padrino de Coppola  uno de los grandes frescos sobre el poder; por otro lado, toda obra importante genera polémica, pero no toda obra que genera polémica es buena. Cuando pienso en el laboratorio cinematográfico montado en un tren de Alexandr Medvedkin, no sé qué idea tienen de cine quienes dicen que Emilia Pérez es una gran película, yo sólo encuentro en ella la trivialidad del arte que sólo se mira a sí mismo, el ego llevado al extremo.

El problema es ese tipo de obras que a nombre de la autorreferencialidad del arte no solamente despojan a su propio medio de su capacidad transformadora, sino que silencia también a las comunidades que tratan de hacer escuchar sus discursos, sus denuncias y sus propuestas para cambios reales en la vida, a través de la imposición del terrible y aplastante peso de los estereotipos reduccionistas en el imaginario colectivo.

El adversario no es el error, dice Deleuze, es la estupidez.

El problema es el cultivo intencional de la estupidez.

Pretender reducir el público a una masa pasiva que solamente “disfruta” porque la película le exige desmontar todo el andamiaje crítico de su pensamiento, así es que se cultiva la estupidez, la simpleza del pensamiento.

En el documental de Chris Marker El tren en marcha, Medvedkin narra sus experiencias:  

Entonces comprendimos una cosa extremadamente importante, comprendimos que el cine podía ser no solamente un medio de distracción, un medio de suscitar emociones artísticas, sino también un arma fuerte, poderosa, capaz de reconstruir industrias y no solamente industrias, capaz de reconstruir el mundo. Un tal cine en las manos del pueblo es un arma tremenda y, evidentemente, eso nos dio una nueva fuerza y, por esa experiencia, supimos que podemos mucho… 

De lo que aquí se trata es de cómo los realizadores decidieron incluir a los propios protagonistas, la gente, en la construcción de sus obras, con lo cual convertían al cine del tren en “punto de referencia verdaderamente útil para su pueblo”. 

¿Eso excluye la comedia? 

Dice Medvedkin:

Muy frecuentemente empleamos la sátira en nuestro trabajo. encontrábamos el lado divertido de la desorganización , incluso de la incompetencia y de la ebriedad, entonces, la risa devino una de nuestras armas principales… Después de todo, “la imaginación no era ya enemiga de la realidad, ni el arte de la vida… el trabajo con el tren nos alió estrechamente con el pueblo, nos ayudó a comprender su alma…

Después de toda esa experiencia,  Medvedkin hizo la película La felicidad, una de las comedias importantes de su época.

La noción de el arte por el arte, alusiva a la inutilidad pragmática del arte, cumplió un papel importante en la liberación de las prácticas artísticas y el surgimiento de las vanguardias históricas (proyecto inconcluso aún a mi juicio), pero en manos de los oportunistas sí hace que el arte sea muy útil: como eficaz arma de silenciamiento al servicio del poder hegemónico. Hay que entender que es distinto decir que el arte no tiene utilidad, a decir que el arte no tiene función y sí que la tiene, y es política.

Cerrando ciclos

Era un chico muy joven que parecía muy joven. Me sentía maduro después de pasar un poco por todas las situaciones en un pregrado que duró ocho años. Hoy sé qué tan inmaduro era, pero también sé de lo poderosa que puede ser una intuición que viene de lo profundo. En esos días tomé la decisión que marcaría el resto de mi vida.

Un poco antes de eso, volvía de la universidad y entrando a la casa, estaba uno de mis primos y su hijo, que debía tener unos tres años o un poco menos. De pronto, caí en cuenta de qué tan distante se me había vuelto el mundo de la infancia. No sé cómo, empecé a jugar con el niño y me pareció que jugamos durante horas; nos reímos todo el tiempo y ese encuentro extraordinario, que, ahora que lo pienso, podría muy bien ser definido con aquel fragmento de Proust: «me hizo indiferentes las vicisitudes de la vida, sus desastres inofensivos e ilusoria su brevedad», seguramente conectó más tarde con un interés profundo en la pedagogía y, luego, con la firme intención de querer hacer de ella mi mejor obra de arte. Apenas lógico que ese recuerdo vuelva a hacerse presente más de cuarenta años después cuando pienso en cerrar mi carreara docente.

Hace unos días recibí los resultados de mi solicitud para acceder a la categoría de profesor titular en la Universidad Nacional: fue negada. El artista que hay en mí se puso muy contento; es casi una proeza. Hacer como trabajo máximo de una carrera académica una diatriba contra la Academia y que sea rechazado, puede ser la mejor prueba de su justeza; mucho menos interesante hubiera que ella lo saludara con entusiasmo.

Pero el profesor que hay en mí, no puede menos que estar fastidiado. Porque el trabajo no fue seriamente rechazado. Leo las evaluaciones, rememoro el proceso y veo que la institución nunca supo qué hacer con la proposición de poner en escena mis treintaiocho tesis contra la Academia, a las que titulé La escuela contra la Academia. Lo leyó mal, lo tramitó mal, lo perdió un año entero en algún cajón olvidado y lo envió a tres jurados que evidentemente nunca pudieron entender qué era el amasijo de materiales que recibieron y dieron una respuesta convencional. Comprendo en parte su desconcierto: estaban evaluando un trabajo que, en rigor, nunca se presentó.

En fin, nada nuevo; si la Academia no puede poner su pátina sobre alguna cosa, simplemente se desentiende.

Desde mi perspectiva, estoy convencido de que ese final ambiguo es coherente con una trayectoria que inició, sin que yo mismo lo supiera, con la callada rebeldía del niño que no tenía fuerzas ni argumentos para insubordinarse contra la violencia de los rezagos del método lancasteriano en un colegio de barrio, contra la frustración de un adolescente que no encontraba la fórmula que diera nombre y forma al enojo que sentía permanentemente en un colegio público de bachillerato, o contra la impaciencia por la lentitud en la construcción de una reflexión crítica de un programa universitario que le enseñó a amar el arte, el trabajo y la rebeldía, pero no le dio un fundamento político, el cual tuvo que construir más o menos solo durante treinta años de estudios y búsquedas.

Por eso, aunque mi corazón se siente libre y feliz de culminar bellamente una carrera, llegado el momento del retiro para volver a mi propio tiempo y a algunas imágenes que me obsesionan, sentí, y algunas personas cercanas me lo hicieron sentir también, que aún podría hacer una última acción. El último performance de la etapa universitaria del proyecto que ha querido cumplir la divisa vanguardista de reconectar el arte y la vida. De modo que, creyendo estar ya de salida, vuelvo a encontrarme en un punto de inicio: olfateando el aire, escuchando los rumores, estudiando las situaciones; armando panoramas mentales, afinando la percepción, descubriendo, tejiendo relaciones… conspirando…

No me iré aún de la Universidad, no quiero que las últimas imágenes de una trayectoria amorosa estén mezcladas con la mediocridad tecnocrática o la ambición mezquina de un sector que secuestró el sentido original de la Universidad para ponerla al servicio de sus intereses. Quiero dar una batalla más.

Inicio una última acción que puede durar un mes o tres años, ya se verá. El pequeño alumno que callaba, construyó una voz y tiene algo importante para enunciar antes de volver a su casa donde le esperan algunas presencias, un taller, una cocina, un gato y un jardín.

El momento complejo de la Universidad Nacional

Son tiempos muy complejos para la Universidad Nacional de Colombia.

Si bien cada época tiene sus afanes, sus logros y sus dificultades, muchos creemos que la Universidad vive una crisis profunda, calculada y desarrollada en las últimas dos décadas. Eran los tiempos del primer gobierno Uribe. En cumplimiento de su plan de gobierno, se inició lo que se llamó la Revolución educativa, que no fue otra cosa, a mi juicio, que un proceso sistemático para volver trizas los desarrollos educativos de la década anterior, relacionados con la constitución de 1991 y sus corolarios, entre ellos la Ley 115, General de educación. Como una aplanadora, las reformas avanzaron en todo el país, en todos los niveles, y pareció que sólo quedaba el último bastión de resistencia: la Universidad Nacional, que se resistía, entre otras cosas, y por citar sólo un ejemplo, a entrar en los procesos oficiales de acreditación, insistiendo en generar un proceso propio, en uso de la autonomía universitaria.

Eran los tiempos de Víctor Manuel Moncayo en la rectoría y, luego de Leopoldo Múnera en la vicerrectoría de la Sede Bogotá. No por casualidad, ambos están siendo protagonistas en el debate actual sobre la designación fraudulenta de un rector en la Universidad. Comparto dos artículos escritos para el periódico Desde Abajo en los que planteo mis perspectivas del problema: desde el interior y hacia el exterior.

Solamente agrego una imagen: en esos tiempos de comienzos de siglo, la resistencia de un sector de la comunidad universitaria a las reformas ortodoxamente neoliberales que se planteaban, y que terminaron imponiéndose, fue de todas maneras muy fuerte; me pareció que la opción del gobierno de entonces fue la de dar a la universidad trato de casa de conservación. Me explico: en ocasiones, cuando el propietario de una casa de conservación arquitectónica quiere hacer negocio con ella desvirtuando su naturaleza, pero la ley se lo impide, opta por simplemente cerrarla, no darle mantenimiento y dejar que se vaya deteriorando sola, hasta que termine amenazando ruina; finalmente, el avanzado deterioro no tiene solución y las autoridades se ven forzadas a autorizar su demolición.

Algo similar ha sucedido en los últimos veinte años en la Universidad Nacional de Colombia. Pero se abre una posibilidad para detener ese deterioro y replantear el rumbo.

Y eso es tarea de todos y todas, porque la universidad no pertenece a una aristocracia definida así por ella misma, al punto de asegurar que ella es la democracia, la institucionalidad y la autonomía de la universidad,. La Universidad de la Nación es de y para todas y todos.

15 minutos de fama

En el día de hoy, 24 de abril se llevó a cabo la presentación oficial del libro Arte, Academia y legitimidad en la Filbo. En el siguiente enlace aparece la actividad, junto con otros dos lanzamientos en el Stand de la editorial de la Universidad Nacional. Mi intervención se encuentra entre los minutos 19 y 40.

…que veinte años no es nada…

Corría el año 2006.

Después de un tiempo amplio de diseño, gestión, preparación e introducción, iniciaba labores el doctorado en Arte, Arquitectura y Ciudad, bajo la coordinación de Amparo Vega, en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, Sede Bogotá. Aunque me interesaba mucho el asunto y había participado en los seminarios previos que se programaron, dudaba de si, a esas alturas de la vida, me decidiría a inscribirme.

Finalmente, tomé la decisión, recogí todos mis intereses (arte, historia, experiencia, enseñanza, política, consciencia…) y armé un proyecto alrededor de las necesidades más apremiantes: en primer lugar, Indagar acerca de la historia de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Colombia, tema cuya ignorancia me parecía un problema gravísimo para nuestras actividades como estudiantes, profesores y profesionales de las artes; a eso se articulaba el interés por profundizar en la historia de la educación artística en Colombia (siempre el gran interés -seguramente heredado de mi madre- por la historia) y, un poco más allá, la fuerte intuición de que esos temas determinaban un rumbo particular para la reflexión del sentido político de la práctica artística.

No recuerdo en este momento el título que puse al proyecto en su etapa más inicial; cuando llegó el momento de sustentarlo tenía el nombre Consolidación de la enseñanza universitaria del Arte como fuente de autoridad para la práctica del arte en Colombia, el cual tenía olvidado hasta el momento en que escribo este comentario y visto a la distancia, no está nada mal. Con el tiempo, pasaron ocho años, se terminó llamando La Escuela Nacional de Bellas Artes de Colombia y su fusión a la Universidad Nacional de Colombia . Discursos de cuatro momentos fundacionales (1886-1993). La verdad es que nunca estuve seguro de qué título darle; normalmente no tengo mucho problema con los títulos pero con este trabajo siempre tuve dudas y por eso quedó con ese largo título que tiene la ventaja de ser muy descriptivo.

Esa tesis se terminó en año 2013 y se sustentó iniciando el año 2014. En enero pasado se cumplieron diez años de eso. Fue la primera tesis de ese nuevo doctorado. Los jurados recomendaron su publicación. La historia es larga, digamos solamente que el proceso tomó todo este tiempo. En un texto que he escrito para su lanzamiento digo esto: «Diría el sentido común que un libro que se publica diez años después de cerrada su investigación debería, o ser revisado estructuralmente, o, simplemente, no ser publicado, habiéndose perdido su vigencia. Pero cuando vuelvo a leerlo, siento como si el tiempo no hubiera pasado, que podría haber sido escrito esta mañana. Y me digo: esto es Colombia. Que los problemas aquí denunciados siguen siendo los mismos; incluso, que se han agravado; que este estudio sigue siendo tan necesario como el primer día, como lo habría sido una década antes. Y eso tiene las dimensiones de una tragedia colectiva.»

Terminando el libro, que no tiene las dimensiones de la tesis, a la que llamo cariñosamente «mi pequeño monstruo», de más de ochocientas páginas en dos volúmenes a espacio sencillo, síntesis -el libro- de lo que en su momento consideré lo esencial del planteamiento, al fin encontré un título: Arte, Academia y legitimidad, aunque sigue teniendo todo lo demás, esta vez como subtítulo. Sólo diré en este momento que para mí es, en el fondo, como un gran fresco sobre las relaciones entre el arte y el poder y por eso habla a toda persona viva en este momento, no solamente a las artistas o profesoras.

También debería aclarar que, después de esta investigación, el trabajo ha continuado, he hecho otras indagaciones y actualmente profundizo en algunos temas muy importantes que están apenas esbozados en el trabajo original. Estas observaciones más recientes me confirman lo relativo lo que digo más arriba: no es que no hayan cambiado ciertas circunstancias en estos diez últimos años; en realidad, se han agravado y mucho. Muestra de ello es nivel de cinismo que han alcanzado las instancias del poder académico en esta época declaradamente neoliberal, al punto de que llegan incluso a destruir las más valiosas tradiciones académicas a nombre de la «autonomía universitaria», como lo evidencia la indecencia del procedimiento para designación de rector en la Universidad Nacional en estos días*.

En fin, siempre será una linda ocasión presentar al público algo que uno ha hecho y que honradamente piensa que merece ser compartido. Y ese amor, y esa belleza nadie podrá quitárnosla nunca, ni esa alegría de compartirlos.

El próximo miércoles 24 en la Filbo a las 2:00 pm en el stand de la Universidad Nacional, este libro tendrá sus quince minutos de fama.

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*incluyo aquí un pequeño artículo que me encargó el periódico desde abajo sobre el tema.

A la gente joven: La catástrofe estaba programada

I

Intencionalmente, la expresión del título parafrasea el fenómeno del mundo tecnológico-económico-político: la obsolescencia programada de los aparatos industriales.

Estas reflexiones están obviamente relacionadas con mi lugar de trabajo: la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá, pero se dirigen mucho más allá: intentan hablar con personas jóvenes de todos los contextos, por si algo en ellas les ofrece algún interés.

Soy profesor. Puedo decir, como se decía en la sociedad estamental, de la cual rescato el sentimiento de los artesanos, que mi mayor motivación es el honor; el trabajo decente, como se decía en otras épocas. No pertenezco a ninguna asociación en particular, me afilio a una especie de marxismo benjaminiano-dusseliano, no creo que los tiempos estén para tibiezas y creo que lo más importante en política (incluyendo, por supuesto, en la política educativa) es la defensa del sentido de lo público.

II

Lo pedagógico, esencia de educación se ha reducido hace ya décadas a una tecnología más o menos banal en la cual fórmulas predigeridas se ofrecen para su uso más bien acrítico de docentes a quienes el sistema intenta por todos los medios, lícitos o ilegítimos, interiorizarles la idea de que su papel máximo es el de ser figuras de control actuando en unos marcos normativos autoritarios.

Pero los profesores somos otra cosa. Siempre repito una cosa: en nuestras instituciones educativas, independientemente de otras cosas, con mucha frecuencia, profesoras y profesores son la única fuente de afecto real que tienen muchos estudiantes. Hay muchos docentes decentes, valga el juego de palabras. No confundan a la gente con las instituciones y las autoridades. Vivimos una época en el que muchas de las instituciones y autoridades han perdido su legitimidad y cínicamente lo ocultan.

La corrupción, de la que tanto se habla, no es únicamente problema de manejo de dinero, es también –y más grave que eso- problema del deterioro de la institucionalidad. Siempre recuerdo que, en la época de las denuncias al mal uso de recursos de “agroingreso seguro”, el exministro Arias respondía en una entrevista que no habían hecho nada malo, solamente habían aplicado la ley. En ese momento, me di cuenta de los lejos que había llegado la corrupción:  ya no se trataba solamente de realizar acciones indebidas, sino de, previamente, penetrar el sistema de leyes y normas para crear plataformas que permitieran realizar acciones ilegales “legalmente”.

Hoy vivimos un sistema político que genera la posibilidad de, mediante muchos y muy retorcidos cálculos, destruir el sentido de público, que está estrechamente relacionado con el sentido de la vida. ¿Cuántas veces no han sentido ustedes que un trámite –relacionado con la educación o la salud, por tomar dos campos esenciales de la vida cotidiana- se encuentran con un enjambre de requisitos, formatos, plazos, burocracias, que se convierten practicante en un muro con el que uno se estrella y que lo paraliza todo, mientras para algunos pocos –the happy few– el camino se abre sólo, las conexiones adecuadas aparecen solas y avanzan por la vida felices y tranquilos?

No es que ellos sean más suertudos, es que el mundo social ha sido previsto para ellos. Vivimos en un mundo gobernado por y para las élites. Las condiciones que vivimos no son accidentes, ni privilegios otorgados por el azar: estaban previstas. “Los hombres hacen su historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”, señala Marx en su XVIII Brumario de Luis Bonaparte.

Encontramos un mundo hecho. No sé si en un mundo sobrenatural elegimos eso o nos fue adjudicado, pero en este mundo concreto en el que vivimos, otros ya habían pensado las condiciones y las pensaron según sus intereses, que no tienen por qué ser automáticamente los nuestros. Enseguida de lo citado, continúa Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

En lo político, el arma más efectiva del poder en Colombia, ha sido el cultivo radical del olvido histórico. En general, no tenemos memorias y la Universidad (constreñida por las políticas educativas oficiales) hace muy poco para que las recuperemos; por ejemplo, la genealogía de nuestros objetos de estudio o de nuestras propias instituciones (¿conocen y trabajan en sus planes de estudio historias de sus programas, de sus facultades, de su universidad?), de nuestras comunidades, etc. Y la pérdida de memoria nos sitúa en un espacio homogéneo y vacío, como dice Walter Benjamin, en el cual medra la pérdida del sentido de lo político.

Y pretende que no nos demos cuenta de que estos y otros olvidos son cuidadosamente cultivados por el poder en todas formas (el poder sólo trabaja para una cosa: para perpetuarse), y nosotros, que no lo vemos, o nos negamos a verlo, nos movemos confundidos, asustados, maltratados, sin comprender que son problemas colectivos de vieja data. Al final, terminamos metidos en un lugarcito mezquino en el que la crítica se vuelve una cosa personal, o un problema puramente local.

Y en este contexto, en medio de estas pérdidas, me parece que el sector más golpeado y sometido es el de la juventud; el que, justamente, tiene la fuerza y la energía, pero no tiene la experiencia. ¿No están cansadxs de escuchar por todos los medios, de manera chistosa o agresiva, que ustedes son generaciones de cristal, de tontos, pegados a las pantallas, frágiles marionetas manipuladas por profesores malvados, youtubers poderosos, etcétera, etcétera?

¿No tienen ustedes la percepción clara de que, a las instituciones, incluida su universidad, no les importan en absoluto sus sentimientos? ¿Que todas sus quejas se convierten –cuando son medianamente escuchadas- en procesos burocráticos absurdamente engorrosos que con frecuencia no llegan a nada?

¿No les parece ofensivo que sean clasificados en una especie de estratificación social que define quiénes tienen derecho a inscribirse primero y así elegir asignaturas, a falta de lo cual, resignarse a pertenecer a otras clasificaciones y contentarse con lo que quede, o encontrar, a punta de ruegos, algún docente que acceda a recibirlos en su clase como si fuera un gran favor?

La institucionalidad ha vuelto a ser la del siglo XIX, en la cual, la política del “buen gusto” como fundamento de la civilización (opuesta a la barbarie) determina que lo fundamental son las buenas maneras y, por esa vía, entre otras se ha desterrado el debate; el debate académico, argumentado, riguroso, profundo que puede ser, incluso de ser calificado de violento cualquier intento de recuperarlo.

¿Han intentado hablar de estas cosas?, ¿las han escrito? Y ¿han recibido de la institución respuesta alguna vez?

Por un lado, un estamento profesoral en una gran medida golpeado, sometido a políticas arbitrarias y autoritarias, que no se queja, y con frecuencia se acomoda y termina replicando el modelo en todas las escalas y, por otro, unas autoridades universitarias sordas, ciegas y mudas cuando se trata de dialogar o debatir sobre los problemas reales de las comunidades reales y solamente ven sus intereses mezquinos, esos sí totalmente personalistas.

De un tiempo para acá, siento la necesidad de decir a mis grupos de estudiantes: no todos los docentes somos así, no siempre la Universidad Nacional fue así. No todo el arte es el de las ferias comerciales, no todas las investigaciones valiosas son las de las normas apa y las revistas indexadas comerciales. No es obligatorio que todo deba ser así. Les han mentido muchas veces; sí es posible pensar de otra forma. Esto que estamos viviendo no es un destino normal ni inevitable.

Soy artista y les aseguro: siempre las cosas pueden ser vistas de otra forma; eso es liberador. Pero, por eso mismo, también necesitamos el pensamiento crítico, porque si el arte puede liberar, también puede esclavizar.

III

Hay un sector oscuro en la Universidad Nacional que se mantiene en el poder desde el año 2005, y orquestó su toma del poder un tiempo antes. Si la Universidad tuviera memoria, recordaría que, para la elección de 2003, fue nombrado Marco Palacios, que ya no era profesor en ejercicio de la Universidad y ni siquiera vivía en el país. Fue la época del primer gobierno Uribe, quien, con su nefasta reforma educativa, sarcásticamente llamada “Revolución educativa” hizo trizas las realizaciones de las anteriores administraciones desde la Constitución de 1991 y las leyes 115, general de educación la ley 30, de educación superior y entregó toda la política educativa al modelo neoliberal, empresarial y economicista, que se declara enemigo del modelo humanista de los siglos anteriores.

Ese sector reaccionario está enquistado en la Universidad hace tiempo. Que todo el mundo tenga el derecho inalienable de pensar como a bien lo tenga, es claro. Que haya gente que comprendiendo que el gran patrimonio de la Universidad es su capacidad de construir legitimidad, algo que no muchos comprenden, la utilicen todos los días para beneficiar sus propios intereses en desmedro del compromiso público de la Universidad, es otra cosa. Si quieren ver un excelente ejemplo, pregunten qué tienen de universitarias las políticas culturales de la Universidad, entregadas al servicio de los intereses de una persona que calladamente dirige Divulgación cultural desde hace más de diez años, sin que ninguna administración cuestione su trabajo. El fenómeno se reproduce en toda la estructura.

Pero, en medio de todo eso, ustedes son mi mayor preocupación.

No entraré en detalles por respeto a las intimidades, pero tengo que decirlo: en el curso de escasas dos semanas, he tenido varios encuentros: con una profesora de otra universidad pública, quien me cuenta que en un período muy breve, se han suicidado cinco estudiantes y las comunidades docente y estudiantil, se encuentran muy preocupados por el “efecto dominó”; he acompañado a estudiantes de nuestra universidad que enfrentan situaciones muy difíciles, agravadas por problemas económicos e, incluso, por la indignidad del proceso de designación de rector de la universidad que ha desdeñado todos los reclamos, deseos y esperanzas de una gran parte del estudiantado; es ingente la cantidad de estudiantes que se encuentran en tratamientos más o menos agresivos por enfermedades mentales; otra profesora de una universidad privada me cuenta que un estudiante se suicidó en el campus, otra me cuenta de situaciones parecidas en su universidad.

En una de mis clases pregunto al grupo, ¿puedo hacerles una pregunta antes de empezar? ¿Cómo se sienten? Primera respuesta: -profe, si vamos a hablar de eso, necesitaríamos un psicólogo.

-Pues lo traemos, digo, pero hablemos. La desesperanza cunde. El malestar, el dolor.

Y el grupo agradece al menos tener un espacio donde hablar y ser escuchados.

¿Y, a todo esto, las autoridades de la Universidad tienen algo que decir?

No. NO

Sacan comunicados que hablan de un mundo cuasi perfecto, “países de cucaña”, dice Estanislao Zuleta, en donde el respeto a la norma prevalece y garantiza la felicidad perpetua, amenazada por incivilizados y violentos detractores que no ven las bondades de convertirlo todo en asunto de técnicos y de emprendedores.

No me digan que la universidad y las instituciones educativas tienen protocolos, espacios, servicios. Claro que los tienen; desbordados e insuficientes, mientras al mismo tiempo, financian institutos de liderazgo y plataformas de negocios. Pareciera que las instituciones educativas solamente deberían saber hablar de emprendimientos y eficiencias. No tienen tiempo para escuchar a sus estudiantes ni a sus profesores. Los primeros, por lo menos, demuestran su malestar, los profesores nos callamos como si fuera una falta de cortesía innombrable decir que nos sentimos mal.

Los profesores ya hemos vivido algunas cosas y tomamos nuestras decisiones, incluso si la de no quejarse, pero hay que denunciar la catástrofe social que han creado las políticas educativas (que no son en absoluto independientes de las otras políticas) y que se ensañan con especial crueldad en la gente joven. La razón es clara, a mi juicio: la juventud tiene un potencial revolucionario muy fuerte, pero le falta la experiencia y el conocimiento de sus propias posibilidades y de los rumbos que podría tomar su acción para no repetir los mismos errores.

La crisis de ahora no es nueva. Fue preparada.

No de la inventaron ustedes. Legiones de tecnócratas y de expertos en torcer los argumentos, los datos y el sentido de las palabras han trabajado para construir su desesperanza. No creerían la cantidad de dinero, de recursos de toda clase y de creativos que se gasta anualmente para crear la basura que machaca cotidianamente la industria cultural y ustedes son el principal objetivo.

Los malos no son como la caricatura del cine, en donde a la legua reconoces que ese personajillo sucio, vestido de negro y con un antifaz es un ladronzuelo. La maldad está disfrazada de autoridad intelectual y hay que saber reconocerla porque no toda actividad intelectual es deshonesta. No todos los profesores nos plegamos dócilmente a los dictámenes del poder.

La corrupción no es porque haya “corruptos”, ellos existen porque el sistema es corrupto. Este sistema que vivimos y que tiene un nombre: neoliberalismo, que no es otra cosa que un anarquismo de derecha. De extrema derecha.

Es el sistema que todos los días les está enviando mensajes de desesperanza, de no futuro; que subsiste al costo de convencernos de que estar todo el tiempo compitiendo es una verdad natural. De ahí surge un modelo educativo basado en competencias que no da pausa, ni para respirar.

Les pido que no permitan que les sigan diciendo que ustedes son una generación fallida o algo así; su malestar es real y tiene causas reales, estudiables y transformables. Erradicables, si fuera el caso. Que no se siga diciendo de ustedes que lo que les hace falta es que alguien decida por ustedes.

En actualidad, el malestar es regla. ¡Si lo dice hasta el Dalai Lama! “En el mundo real existe la explotación, existe un profundo e injusto abismo entre ricos y pobres…” y su respuesta es: Be angry [El poder de la indignación, Dalái Lama en conversación con Noriyuki Ueda, Urano, 2021], la misma que daba el viejo militante de izquierda Stéphane Hessel, participante de la resistencia francesa contra el régimen nazi, autor de indignez-vous, que fue referente central del movimiento mundial de los indignados: ¨De todas las orillas se dice y yo les digo: ¡indígnense!”

Indignémonos, es normal sentir ira, pero hay que expresarla, hay que hacer algo con ella, transformarla en vida. ¿Qué hacer? Dice el Dalái Lama:

“Aquí la cuestión es cómo lidiar con la ira. Hay dos clases de ira. Una nace de la compasión: esa es una ira útil. La que brota de la compasión o de un deseo de corregir la injusticia social y no busca dañar a nadie es una ira beneficiosa que merece la pena tener.

[…] La ira motivada por la injusticia social persistirá hasta que se logre el objetivo. Debe persistir.

En este caso se debe seguir albergando un sentimiento de ira. Esa ira se dirige hacia la injusticia social y acompaña a la lucha por enmendarla, así que se debe mantener la ira hasta lograr el objetivo. Es necesaria para hacer cesar la injusticia social y las acciones erróneas destructivas.”

Las cosas pueden cambiar, deben cambiar. No se trata de erradicar nuestras presencias ni nuestros sentimientos: se trata de erradicar las condiciones que no nos están permitiendo vivir honestamente con nuestras presencias ni nuestros sentimientos.

Estoy proponiéndoles sumarse a una insurrección no violenta que se llama desobediencia civil. En la Universidad Nacional, ese movimiento tiende a construir una constituyente universitaria.

El mundo no es, ni ha sido, ni será un lugar perfecto. Pero, a mi edad y con lo que he podido ver y estudiar de él, sé que no siempre las cosas han sido tan malas; no siempre la sociedad ha sido tan cruel, no siempre la universidad ha sido tan pasiva con el poder y tan agresiva con el estudiantado. Pueden darse tiempos mejores, podemos construirlos. No siempre las autoridades han sido tan irrespetuosas. Las tiranías no duran para siempre; los burócratas creen que su casta sí, pero también pueden caer.

No le crean al supuesto progreso que ofrecen los técnicos, miren lo que están haciendo con el gobierno actual: bloqueando las necesarias reformas, no con debate, sino ocultando su falta de argumentos, de justificaciones y de razones legítimas con insultos, noticias falsas, mentiras y “jugaditas”.

No permitan que el sistema los siga, nos siga, ninguneando. Ejerzan su lectura crítica y verán que tras de las apariencias sí hay alternativas, si hay belleza en el mundo, si hay solidaridad y sí hay sentido, pero hay que reconocer esas dimensiones, encontrarlas y defenderlas. La desgracia de la pedagogía fue haber sido reducida a una tecnología. La pedagogía en un arte, es una ciencia, es un campo profundo que borra todas las etiquetas y las fronteras simplificadoras. Todos vivimos la misma realidad y es a ella a la que nos debemos como personas y como comunidad, no a las veleidades interesadas que nos vende el sistema a nombre de un régimen de singularidad en el que nadie se identifica con nadie.

Algunos estamos aquí, haciendo lo que hay que hacer.

Y hay mucho que hacer. Hablemos de eso.

Promesas

A veces uno cree que se acercó lo suficiente para ver el rostro de la muerte. Varias veces (pocas, por supuesto) creí estar en ese lugar. Un día soñé (¿fue realmente un sueño?) que me veía muerto, mi rostro era como de cera.

Otro día, en la iglesia de un pueblo vi ese rostro en la figura yacente de un Cristo.

La última vez que creí haber vislumbrado la posibilidad de la muerte, luego de un largo proceso tomé la decisión de, en adelante, no aceptar en mi acción nada que no pudiera pensar como un acto de amor…

Más o menos he cumplido, creo. Esa vez quise hacer muchos dibujos, de cosas cuya humildad me enternecía. No tuve fuerzas para hacerlos todos.

En todo caso, hay uno: una cobijita.

 Entre el arte y la vida existe un vínculo tan sutil y tan profundo que, al final, uno no puede distinguir la diferencia; es como si fueran la trama y la urdimbre de un mismo tejido.

Muchas veces sentí que los dibujos no hechos tenían una razón de ser: la fuerza que los imaginó, siguió adelante y se condensó en una actitud más o menos nueva hacia las cosas. Hacia todas las cosas. Ya no se trataba de hacer un dibujo, sino de seguir viviendo de una cierta manera…

Lástima que esta carne tan tosca, estas palabras tan toscas, estas imágenes tan toscas no alcancen sino a rozar levemente el lenguaje de ese océano primigenio del amor real.

Siempre queda la ilusión (la esperanza, se podría decir, la fe) y también quedan las imágenes que emergen del caos. No dicen nada específico, pero un día, una noche de mal sueño puede ser que logren decirle algo a alguien, Lo que necesita oír, no algún mensaje predeterminado.

Como una carta hecha con cruces y no con letras, para que su destinataria lea las palabras que necesita oír, exactamente.

Una carta abierta dirigida al universo, como una promesa hecha frente al mar primordial.

Apertura del canal «Documentos de historia política del arte colombiano»

A partir de este momento empezaré a alimentar un canal de videos en la plataforma YouTube. Es un proyecto nuevo en el que he estado trabajando desde hace un tiempo. Otra forma de compartir mi trabajo. Por ahora, les invito a darle una mirada.

El enlace : https://www.youtube.com/channel/UCndgxpjkbkAxBfSDCPSVBoA

En general, el canal del Colectivo Deambulante, grupo con el que he trabajado ya hace varios años, presentará varias clases de materiales; en lo particular, hay una línea, especie de canal dentro del canal, «Documentos de historia política del arte colombiano», que tiene el objetivo de divulgar parte de mis investigaciones pedagógicas e históricas. Sigue el procedimiento de elegir documentos realizados en distintas épocas, en particular, al menos por el momento, del siglo XIX y leerlos amplia y críticamente. Con el tiempo, se hará evidente una estructura cronológica y metodológica en los materiales subidos a la Red.
Parto de la hipótesis de que el estado de violencia en Colombia es permanente desde su época republicana, pero en distintos momentos ha tenido distintos énfasis y en la fase que vivimos actualmente, resulta claro que en las últimas décadas el énfasis se relaciona principalmente con una guerra de la Constitución de 1886 contra la de 1993, de manera que si queremos superar el estado de violencia, debemos comprender mucho mejor el siglo XIX, en el cual se originaron nuestras instituciones modernas.

Necesitamos estudiar historia

Como siempre, no estoy diciendo nada nuevo.

Pero, aunque todo haya sido dicho de más de una forma y más de una vez, hay cosas que deben seguir siendo dichas una y otra vez.

A ver si por fin empezamos a entender colectivamente; a ver si los dormidos empiezan a despertar, los cómodos a moverse un poco, los tímidos a decidirse, los deshonestos a avergonzarse y todos (todas) a recuperar la decencia de nuestros oficios. Si al fin empezamos a dejar el egoísmo, si ejercemos como sociedad el riesgo de pensar por nosotros mismos, más allá de los estereotipos cuidadosamente cultivados por el lado oscuro de la Academia y por las industrias del entretenimiento, fieles servidoras de los poderes políticos más oscuros.

Porque nos hemos descuidado, porque lo hemos olvidado o no hemos reparado en ello, y -sobre todo- porque los dueños del poder han hecho todo lo posible para ocultárnoslo.

Hablo de nosotros, y me refiero a las personas a quienes la escuela convoca; a quienes la vida nos importa, nos conciernen los otros y no esperamos que nadie piense por nosotros. No parece demasiado, pero la realidad es que esas personas se han vuelto muy escasas y, aunque sea de elemental rigor saber que no es posible decir que alguna época humana ha sido mejor o peor que otra, lo cierto es que vivimos tiempos muy oscuros en Colombia. Tiempos de una violencia que no cesa, que todos sufrimos de una manera u otra, pero no sabemos definir claramente sus orígenes y sus modos de actuar, por eso, nos cuesta tanto trabajo entender que el estado de violencia ha sido cuidadosamente planeado y desarrollado y que las causas, los lugares, los nombres son estudiables y delimitables.

 Sin estudio de la historia, la vida es un desierto; un espacio vacío y difuso en el que no hay identidad; un mundo lleno de estereotipos. Sin él, la simpleza del pensamiento nos devora y no hay nada peor que eso. Sin historia, no sabemos de dónde venimos, no conocemos el origen de nuestros lenguajes ni de nuestras costumbres. Sin historia no tenemos mayores, no tenemos ancestros; ni siquiera guardamos sus nombres.

Hace tiempo que tengo ganas de decir esto: la ignorancia es un mal terrible. La ignorancia nos hace vulnerables, alienados, crédulos, confundidos, ingenuos. La ignorancia nos hunde en la oscuridad y nos desorienta; en una palabra, nos vuelve manipulables. Por eso, quienes elegimos el oficio de la pedagogía, ante todo cumplimos un papel político, ya sea por acción o por omisión; tanto sirve a la causa de la verdad y a la dignidad de la vida el espíritu pedagógico honrado, como a la mentira y a la degradación de la vida el ejercicio deshonesto de la pedagogía.

Nos han expropiado nuestro derecho a tener un pasado y eso debemos denunciarlo y actuar en consecuencia, hablando, debatiendo, estudiando, salvando los registros y los testimonios… recordando.

Pero no podemos pasarnos la vida declarándonos víctimas. Por un lado, de nosotros depende que tengamos la iniciativa de tomar en manos nuestros relatos rigurosamente narrados y, por otro, tener clarísimo que cada día, cada hora en la escuela es la oportunidad de romper clichés y falsedades y que no debemos dejar pasar la oportunidad, porque si para los desposeídos la ignorancia es una desgracia, para quienes tenemos la posibilidad de combatirla y no lo hacemos, es un crimen.