Un año. Trescientos sesentaicinco días. Herencia dura: pandemia inesperada, medidas punitivas. Contra las movilizaciones, inmovilidad. Si protestaste por la invisibilidad, más distanciamiento social. El terror oficial. La desconfianza. La apertura. Más de lo mismo, desgaste, desesperanza. Cuidador quemado. la esperanza: las vacunas, demora, demagogia. Al fin. La desconfianza sigue. La vida nunca fue normal, hoy es peor. La tontería institucional. La desesperanza: parálisis. La desesperanza: la delincuencia. La desesperanza: se pierde todo. También ella. La ausencia. El dolor. Tocar fondo, ambulancia, urgencias, saber dónde no se quiere estar, con quién no se quiere estar; con quien sí, pero aprender a vivir sin ella. Comprender algo. La infancia siempre retorna. Niño que teme. Adulto que teme y agrede. Salida: tratar con dignidad las cosas. Los amigos. Federico, Gloria, la niñez, siempre. Belén, las palabras. Las gatas muertas, Paca, tan noble, Minou, tan brava, veintiún años, un siglo humano, pierde el pelo, busca mi calor en las clases virtuales, Horacio, solito, amor de los animales, mamá canguro. Estudiantes, tristes, solos, lejanos, bellos, inteligentes. Universidad callada, institución negligente. Cocinar mañana, medio día y noche. Mamá, tantos medicamentos, tantos dolores, despedida, sus memorias. Su cuerpo se apaga. La familia, los hermanos, Gladys. Alberto, Liliana, afecto, finca, árboles, niebla, Laguna Verde, horno nuevo, las finas huertas. La cocina. De nuevo una calle: el esplendor del mundo corriente. El arte, la cobijita, tratar las cosas con amor, el dibujo, siempre el dibujo, la niñez siempre, la noche del diablo, oscuridad, orinar la cama, temer morir, temer enloquecer, recoger, acunar, consolar, explicar, Toñito me mira y lo miro, comprendemos. Hacemos una película. Beatriz. Universidad pasiva, maltratadora, dogmática, tecnocrática. Renunciar, sentir que, igual, ya estás fuera. Nuevamente el aire en la cara, Tres libros, decirlo todo, añorar el Valle del Sibundoy no visitado, Taita y Mamita: mis hermanos mayores adoptivos, el dolor de la historia. El retorno: la felicidad es aún posible. Cambios, cirugía. De nuevo: dolor angustiante, niño, ambulancia, rostro de la muerte, la paz. Brazo destrozado, paciencia, Marta, reaprender a dar la vuelta en la cama, uci, ruido, cuidado.  Mis hijas, hablar con ellas. La esperanza se llama Francia. Trescientas sesentaicinco palabras, de nuevo aquí, igual de fuerte.

De nuevo aquí.

Mala memoria / Pandemias

Siempre recuerdo (lo conocí por primera vez leyendo un artículo de Omar Rosas sobre Walter Benjamin), el extraordinario poema de Hans Magnus Enzensberger, Mala memoria; además de esta pieza, me interesó profundamente lo que he conocido, todavía muy poco, de su obra. Creo que en ese poema se sintetiza lo que me obsesiona en relación con la historia y la política.

En nuestros debates, compañeros,
tengo a veces la sensación
de que hemos olvidado algo.
No es el enemigo.
No es la línea de conducta.
No es el objetivo final.
No figura en el «Curso breve».

Si no lo hubiéramos sabido nunca
no habría lucha.
No me preguntéis qué es.
No sé cómo se llama.
Lo único que sé
es que hemos olvidado
lo más importante

El pasado; el pasado siempre.

Cumplimos un año de aislamiento por la pandemia del Covid-19, y seguimos de largo.

Y, por todas partes, la misma retórica. No ha cambiado. Lo que hoy sabemos respecto al cuidado personal y colectivo no ha cambiado en lo esencial. Sin embargo, de la misma lógica se han derivado diferentes medias, para abrir o para cerrar posibilidades de desplazamiento, de trabajo o estudio, sin ninguna coherencia.

Es evidente su carácter bélico y punitivo. Es evidente la inconsistencia de las medidas gubernamentales en lo que se refiere a la justicia y la equidad, pero es también evidente su coherente servidumbre a un modelo político que busca beneficiar de cualquier manera y, al costo que sea, a los ricos y detentadores del poder. Es evidente que el estallido social que se vive hoy debe mucho al desespero de las poblaciones sometidas a este régimen criminal durante tantos meses.

Propongo algunas imágenes. De la actualidad, los medios de comunicación y las redes sociales están ampliamente cargados y no hace falta reproducirlas aquí. Más bien, presentaré dos documentos del año pasado, que tuve reservados desde inicios de la cuarentena, esperando un momento que nunca llegó por una serie de circunstancias diversas que fueron aplazando su aparición. Me interesa mucho la noción de crítica como un tomar distancia para observar mejor. La cercanía no garantiza la calidad de la percepción; es necesario reconocer el horizonte, los entornos, las relaciones. Hay quien dice, por ejemplo, que para Benjamin el papel del historiador es predecir el presente. En efecto, no por estar aquí y ahora comprendemos los hechos que están trascurriendo; es necesario entonces, este distanciamiento, como el dibujante que da un paso atrás y entrecierra los ojos para ver mejor, para saber mejor qué es lo que está haciendo. En el Libro de los pasajes, Benjamin advierte:

«En los terrenos que nos ocupan, solo hay conocimiento a modo de relámpago. El texto es el largo trueno que después retumba»

Por eso, vale la pena volver atrás y mirar nuevamente algunas de nuestras imágenes del inicio de pandemia; evocar nuevamente esos sentimientos e impresiones.

De un lado, propondré los dos textos anunciados, realizados por José Gabriel Cruz y Bruno Tackels. Verán los lectores que resultan -como todo texto lúcidamente escrito- premonitorios y, por lo tanto, su lectura es altamente pertinente hoy.

De otro lado, propondré algunos textos escritos por mí y presentados en distintos foros de la Universidad Nacional, de Bogotá en las semanas recientes. Con este acto, de cierta manera renuncio a intentar comunicarme por medios internos de la Universidad, que no son foros de debate, sino una verdadera afrenta para el espíritu universitario.

No tocaré temas sobre los cuales no tengo una experticia manifiesta. Así que me limitaré al espacio que he estudiado hasta la obsesión: la universidad como institución pedagógica y en especial, ésta donde trabajo, la Universidad Nacional de Colombia. No oculto el sentimiento de vergüenza que me agobia cada vez que hablo de esta institución a la que ingresé como estudiante hace más de cuarenta años, como profesor de planta hace más de veinticinco y de la que me pensionaré lo más pronto posible para, espero, no volver a tener una vinculación estable con ninguna institución académica (del sistema académico, quiero decir), para no volver a sentir ese sentimiento que, paradójicamente, logré descubrirlo gracias a ella misma y que inevitablemente acompaña al reconocimiento de la profunda decadencia de una institución cuyos inicios revolucionarios anunciaron la modernidad para, una vez instalada en el poder, convertirse en su aliada, las más de las veces ingenua, casi siempre oculta.

Si me permiten una imagen que sintetice ese sentimiento, propongo a mis pacientes lectores esta, en dos versiones: mientras pensaba este texto, una muy querida amiga, egresada de esta Universidad me envía este mensaje:

“¿Te puedes creer que los estudiantes de la militar… ¡LA MILITAR! Están teniendo espacios de discusión, asambleas y todo tipo de oportunidades para participar de la situación y la Nacional sigue como si nada?

Si, claro la Universidad Nacional sacó un comunicado. Muy sensible, pero igual de anodino e intrascendente que todos los que la caracterizan desde las últimas dos décadas. La Universidad de la Nación no ha tenido nada que decir, anunciar, aconsejar, explicar a la población encerrada arbitrariamente desde hace más de un año, para siquiera entender las causas, la profunda extensión ni -mucho menos- las posibles salidas del estado de locura colectiva y de catástrofe social que se ha generado por las políticas de pandemia. Y mucho menos ha hecho el menor intento de reconocer que mucha parte de su estudiantado está en las calles corriendo toda clase de riesgos (de los cuales el de contagiarse de Covid es probablemente el menor) porque su universidad no les ha dado en el último año y medio un solo espacio de deliberación y encuentro.

Y, para completar la imagen, apenas el presidente Duque expuso la carta tramposa de “dialogar”, que ya esgrimió en otro momento de crisis y protesta social, su rectora fue de las primeras “personalidades” que no representan a nadie distinto que al gobierno mismo, en aparecer en esa farsa, sabiendo que no tiene al respecto ningún encargo de su comunidad, ni ninguna legitimidad, después de haber sido impuesto su nombramiento luego de una consulta interna que dio como ganador al voto en blanco…

En fin, vamos con los documentos.

 

Documentos de divulgación

Pido disculpas a los pacientes seguidores de este blog, porque seguramente han estado recibiendo una serie de correos en estos días. He estado tratando de poner un poco de orden y cada cambio, parece, es notificado por correo.

Dicho esto, les cuento que estoy abriendo dos nuevas categorías que pueden interesarles. La primera es de documentos que pueden ser descargados; ya puse un primero, un artículo sobre el arte y la muerte. Los que propongo ahora son dos por los cuales siento un gran afecto.

Siempre me ha parecido triste que no hayan tenido una mayor divulgación y, por eso, la decisión de ponerlos aquí al alcance de un público mayor. Entre 1995 y 1998, con motivo de la construcción de los nuevos Lineamientos Curriculares para la educación artística, que se relacionaban con la nueva Ley de Educación, que -a su vez- derivaba de la Constitución de 1991 (¡toda una historia!), llevamos a cabo un proyecto que se llamó Cursos de actualización docente (me encantaría que algún día alguna persona interesada en la historia de la educación artística en Colombia quisiera trabajar con los archivos de ese proyecto; encontraría un material muy valioso) en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional. Esta actividad inició con un contrato entre el Ministerio de Educación y la Universidad Nacional y respondía a la necesidad de consolidar espacios en donde colectivamente nos aproximáramos a las nuevas condiciones que se abrían con la Constitución de 1991 que proponía -con un largo retraso- superar las instituciones heredadas del siglo XIX.

Espero algún día hacer una reseña de ese proyecto, definitvo para mi experiencia y mi compromiso como profesor y, seguramente de la misma manera para otras muchas personas. Las personas que lideraron el inicio de dicho proyecto fueron, de parte de la Universidad, María Elena Bernal y, de parte del Ministerio, María Elena Ronderos, quien lideraba la construcción de los Lineamientos Curriculares para la Educación Artística que, a mi juicio -y a pesar de que ella misma estuvo en desacuerdo con la última versión, que fue finalmente publicada- considero el mejor documento que se ha escrito en Colombia sobre la educación artística en Colombia.

Para el segundo y tercer año, el proyecto continuó, esta vez con la Secretaría de Educación del Distrito y, entre los compromisos pactados, figuraba el de iniciar los pasos para la consolidación de una revista de educación artística, para lo cual debíamos publicar dos ejemplares.

Hacer publicaciones en el medio académico es muy difícil y -sobre todo- intentar hacer revistas. Los Cursos de Actualización se suspendieron y de ellos quedó un legado que debía ser recogido. Como en los dos últimos años yo había sido su coordinador, se me convirtió en un compromiso personal consolidar ese proceso tan rico y complejo como difícil de sintetizar, en dos grandes líneas de trabajo: convertir la propuesta en un programa estable de la Universidad -es decir, un posgrado- y cumplir con el compromiso de publicar los dos números iniciales de una posible revista.

No abundaré en las dificultades que eso implicó en un período en el que el grupo original de trabajo se disolvió; solo diré, por ahora, que logré cumplir con ambos compromisos. Más o menos dos años después, se publicaban primero La huella del arte y, luego, Arte y conciencia.

Hacer el posgrado fue mucho más difícil. Una imagen puede resumir la enorme dificultad: 15 años después se abrió la Maestrría en Educación Artística, el programa que más cercanamente recogía lo construído en los Cursos de Actualización docente. En 2004 había abierto admisiones la Espacialización en Educación Artística Integral. Dos creaciones entrañables de las que ya no hago parte (esa es otra historia).

Una vez publicados estos dos documentos, se entregaron a la Secretaría de Educación y no tengo muy claro cuál fue su devenir. Sospecho que no fueron objeto de una distribución muy estructurada y ambos quedaron en un espacio bastante impreciso en el cual han sido apreciados y compartidos por algunas colegas, pero no tengo muchas más noticias al respecto.

Visto desde la perspectiva de hoy, la década de los años 90 del siglo XX, que en su momento vivimos como un período muy fértil y activo para la educación artística, pero también de construcción y búsqueda que, suponíamos, abriría vías maravillosas para la educación en general en Colombia, país que -lo sabemos bien- tiene una deuda histórica incomensurable con su campo educativo y con su memoria, hoy se presenta en gran medida bajo el signo de la frustración.

No imáginábamos el desatre que instalaría la «revolución educativa» de los dos gobiernos Uribe que destuyeron mucho de lo construido en los años noventa e instalaron este sistema neoliberal que, impuesto a rajatabla por los sucesivos gobiernos, tiene sumido al campo de la educación en la postración que vivimos todos los días.

A lo mejor, haya aquí algunas ideas que puedan aportar algo a quienes no quieren perderse en esta tecnologización de la pedagogía que se tomó todos los campos. Por lo menos, pueden servir estos documentos como testimonio de una época en que muchos intentamos pensar de manera alternativa y sean insumos para tantas historias que no se han contado.

Una observación final: estos materiales hablan tanto de los cursos en sí, como del horizonte teórico y metodológico que me permitió construir la Maestría en Historia y Teoría del Arte y la Arquitectura de la Universidad Nacional; sin las posibilidades que ella me dio, este material no hubiera sido posible bajo esta forma.

La otra sección que espero inaugurar en estos días es la de invitados, que se abrirá con un texto del filósofo Bruno tackels.

Carta a mis estudiantes: ¿Y después de la epidemia qué?

Una de mis acciones importantes como profesor ha sido escribir cartas.

Me gustaría poder tener el tiempo y la disposición para escribir con otras ocasiones: cierre de un semestre, algún pequeño descubrimiento interesante, alguna conversación pendiente, etc. Sin embargo, más por la inmediatez de las circunstancias, estas cartas normalmente se han emitido en momentos de crisis, en general por movimientos sociales (paros, asambleas permanentes); el agite de la vida cotidiana no ha dejado tiempo para eso. Estoy trabajando en el tema, tengo actualmente un pequeño proyecto de construcción de relatos de la cotidianidad en el que me acompañan algunas de ustedes.

Pero hoy hago nuevamente una carta con motivo de una crisis; esta vez la divulgaré en una escala mayor, porque la crisis es mundial. A ella me referí hace unos días en este mismo blog; los lectores que me acompañan comprenderán que la razón que me mueve es que, desde mi perspectiva observo cosas que, me parece, deben ser dichas y no están siéndolo o no con suficiente frecuencia y no quiero andar preguntando ¿bueno, por qué no lo dice alguien?

Soy muy consciente de las implicaciones de intervenir en el espacio público y, cada quién dirá qué tan pertinente le resulta lo que propongo. Supongo un lector específico para este texto: mis estudiantes de la Universidad Nacional, pero lo que digo se dirige a todos y entro sin más introducción en el tema.

En la medida en que profundizamos este proceso de cuarentena en el que estamos inmersos, aunque no lo desobedezca (lo que está en juego es demasiado grave como para pensar siquiera en controvertirlo en la mitad del proceso), sigo preguntándome si no había otras formas de enfrentarlo; formas más respetuosas con la vida social, y con la vida en general; e, incluso, que fueran mejores soluciones.

Respecto al sentimiento de pánico generalizado que implican las políticas gubernamentales, (en el texto anterior describía con algún detalle mi preocupación por la manipulación del miedo por parte del poder, para favorecer intereses políticos que tienden a la estatización de la vida social), asumo que, como ciudadano, tengo derecho a proponer algunas preguntas y observaciones basadas en el sentido común. Para ello, me referiré a informaciones al alcance un poco de todo el mundo: surgen de la lectura de periódicos de fechas recientes.

Veamos, por ejemplo, algunos datos del diario El País de España, uno de los países con situación más crítica en este momento. Estos datos, nos informa la nota, están actualizados a 4 de abril. Agrego al final de cada línea un dato adicional en paréntesis rectos:

País                Casos diagnosticados         muertes         [población aproximada]

China:            82.875                                   3.293              [1.386’000.000]

Italia              120.281                                 7.503              [60’480.000]

España           124.736                                  11.744             [46’660.000]

El periódico El Tiempo de Bogotá, informaba en su edición del viernes 20 de marzo que en Bogotá [población aproximada de 7’400.000 habitantes] se llegaba en ese momento a 82 personas contagiadas; el 1 de abril alcanza 472 contagiados y 17 muertos en el país, según varios portales de noticias.

Hace días decidí no ver más noticieros en televisión y seleccionar de manera más serena las fuentes de noticias que consulto por Internet. “Más serena” quiere decir: no pude ver la diferencia de las noticias sobre el coronavirus y su avance con las noticias en las jornadas electorales por ejemplo: un experto está dictaminando, y, de pronto, es interrumpido por un nuevo boletín de la registraduría -leído de manera casi vociferante- que informa que se ha escrutado un 0,5% más de mesas que en el anterior boletín y las cifras actuales son… y el panorama nacional entonces queda…, o con las transmisiones deportivas en donde se inflaman todas las emociones – pasiones. No es un fenómeno actual; algunos de mi generación recuerdan todavía la espantosa toma y retoma del Palacio de Justicia en 1985, transmitida en directo por la radio con interrupción para transmitir un partido de fútbol. Mi hermano me contaba que estaba pasando por una calle, hay dos hombres, uno escucha radio y el otro le pregunta: ¿cuántos muertos van?

En el momento en que vi estos altisonantes informes sobre el avance del coronavirus y en la parte inferior de la pantalla aparecía un contador permanente de infectados y muertos, decidí que ya no más, no más de eso, no más de ese pánico programado, no más de esa manipulación de la información. ¿Cómo se extrañan luego esos mismos periodistas de que la población ataque a las personas de las que se sabe, resultaron contagiadas? ¿Acaso non son portadoras del enemigo de la humanidad, como lo declaró la OMS?

Admitamos que esas cifras adolecen de una relatividad inevitable; pero, con todo, su crudeza es clara: no estamos -como parecerían insinuarlo muchos anuncios catastróficos- que se esté en algún lugar del mundo siquiera cerca de que la gente caiga en las calles como moscas. No desdeño de ninguna manera el valor de cada vida humana y no pasa ni por un segundo por mi cabeza que hagamos un cálculo estadístico absurdo. Esta comparación de cifras apunta en otra dirección: la desproporción del pánico con el que se nos agobia comparada con la magnitud real de la amenaza. No trato de especular irresponsablemente con cifras; de hecho, no planteo conclusiones, sólo preguntas. Como la de si, con nuestros conocimientos actuales, no habría forma de convivir con el coronavirus sin destrozar la vida social como está pasando.

O como la pregunta de mi amigo Bruno, ¿por qué no se habla con la misma intensidad de las muertes que produce la mala calidad del aire? Hace menos de un mes la revista Semana decía:

Algo que va a matar mucho más que el coronavirus en el mundo es la contaminación del aire. La cifra proyectada para este año es de más de 4,2 millones de personas. Eso es más que casi todas las enfermedades con excepción del cáncer y enfermedades del corazón. En Colombia, cada año, por dolencias asociadas a la contaminación mueren 8.000 personas mayores de 44 años. De estas, 668 fallecen de cáncer de pulmón y las restantes de enfermedades cardiovasculares. En el caso de Bogotá, 2.000 personas pierden la vida anualmente por padecimientos relacionados con la mala calidad del aire, y 44.000 menores de 5 años presentan enfermedades asociadas a la polución. Se estima que los costos para el sistema de salud en el ámbito nacional pueden llegar a los 12,3 billones de pesos, según un informe reciente del Departamento Nacional de Planeación.

¿Suspenderán los gobiernos un solo día la casi totalidad de la vida social por una razón como esa? ¿Esos mismos gobiernos a los que no les pasa por la cabeza tomar medidas serias para reducir -ya que no eliminar- la dependencia de los combustibles fósiles, cuando hace tiempo existe la tecnología para reemplazarlos? Y, más allá, ¿estarán dispuestos a preguntarse si realmente es necesario seguir produciendo automóviles capaces de transitar a 200 kms hora en un país en donde la velocidad máxima es 80 o 100 kms hora? O ¿producir cada año equipos de sonido más potentes que exceden el nivel que soporta el oído humano y para usar en apartamentos de 60 mts cuadrados? Todo este alarde tecnológico cuando hay poblaciones enteras que no tienen la infraestructura para recibir agua potable y eso las está exterminando… perdón, olvido que estamos en Colombia un país en el que se pudo desviar el río Ranchería para beneficio de las carboneras multinacionales y la agricultura industrializada, en detrimento de las culturas locales.

La señora G., que trabaja por días, y vive en lo alto de Ciudad Bolívar habla de algunos de sus vecinos, vendedores de flores en el cementerio; habla de su angustia, en los días previos al simulacro de aislamiento respecto a qué será de su cotidianidad: ya la gente no va al cementerio, sólo está permitido para grupos mínimos, ahora será peor, dicen, y uno pagando el gota a gota.

Esto pasaba hace dos o tres o cuatro semanas, ya no sé y no tengo idea de cómo sobreviven hoy.

Esto es una tragedia social. Cada uno de los aspectos del relato de la señora G. revela no solamente una anécdota personal; revela la vida de una clase social, la vida de una época, la vida de un país, la vida del mundo social actual, su política económica, su política de justicia, su política social. Habla de su “normalidad”. El estado de excepción permanente que se volvió norma en las sociedades contemporáneas, apunta a que tienda a ocultársenos dónde está la verdadera anormalidad: en nuestras cotidianidades desritualizadas y degradadas, en nuestras existencias sometidas a la más vergonzosa y sangrienta explotación con fines económicos.

Ya será una ganancia poder volver a la cotidianidad después de la cuarentena, claro está: salir del encierro, poder volver a trabajar, a interactuar socialmente, a vivir la ciudad. Pero, ¿a la cotidianidad que necesita de la asquerosa usura del gota a gota para sobrevivir?, ¿a vivir las ciudades hipercontaminadas por las industrias sin control? ¿Al contacto social marcado por la profunda inequidad de nuestras sociedades, en las que ya no tenemos rituales para comunicarnos, rituales para interactuar, rituales para comer, rituales para conectarnos con nuestras tradiciones y nuestros pasados, rituales para morir o para vivir dignamente?

El día 20 de marzo, en momentos en que nos preparábamos para entrar en el simulacro de cuarentena, y en la misma página en la que se transmitían informaciones relacionadas con la extensión de la pandemia, el diario El Tiempo anunciaba: “EE. UU. anuncia prueba exitosa de misil hipersónico / Misil voló a cinco veces más velocidad que el sonido. Tiene más potencia que misiles balísticos”. De que no es un aparato con fines humanitarios, el texto no nos deja ninguna duda: “El Pentágono anunció este viernes que realizó de manera exitosa el ensayo de un misil que voló a velocidades hipersónicas, más de cinco veces la velocidad del sonido, o Mach 5, un arma que podría potencialmente aniquilar los sistema [sic] de defensa de un adversario”.

¿Tenemos derecho de preguntarnos cuánto cuesta eso? Un chiste viejo contaba que un español le cuenta a otro el costo en dólares que tuvieron las misiones de la Nasa para llevar los astronautas a la luna; ante la astronómica suma -por la dificultad de imaginarla- el otro le preguntaba: ¿y eso cuántas pesetas son?, a lo que el primero le contestaba con un gesto muy significativo: ¡todas!

No preguntamos para comprar el misil, obviamente. Reformulemos la pregunta: ¿quién paga los costos? No seamos ingenuos; quien ha considerado participar alguna vez en una “pirámide”, inevitablemente ha llegado a la consideración obvia: el dinero no crece en los árboles, no aparece de la nada. Cada dólar que poseen los poderosos para invertir en semejante alarde científico, es un dólar que ha perdido un trabajador en alguna parte del mundo. Con el dinero que significa ese aparato, esa investigación, esas instalaciones, esos estudios que formaron a esa élite que se dedica a fines tan altruistas como diseñar armas cada vez más letales para el mejor postor; con ese dinero, ¿cuántas camas de hospital, cuántas pruebas diagnósticas, cuántos aparatos médicos, cuántos sueldos de personal de salud, etc. se podrían pagar?

Un grafiti en la Universidad Nacional decía hace poco algo así como: si la universidad fuera un banco, el gobierno ya la habría rescatado económicamente. Tenemos clarísimo que en Colombia (y, en general, en el mundo) se legisla para los ricos. Y ni siquiera lo niegan. Pongo solamente un ejemplo muy conocido. La revista Semana de septiembre 24 de 2009 nos señalaba:

Los subsidios a los ricos sí ayudan a reducir la desigualdad: Arias [condenado por la justicia colombiana por celebración de contratos sin el cumplimiento de los requisitos legales y peculado por apropiación a favor de terceros con los subsidios de Agro ingreso seguro] a  la pregunta, si cree que subsidiando a familias ricas se podía reducir la desigualdad, Arias contestó en la emisora La FM que sí, “porque este es uno de muchos de tipos de incentivos que se diseñaron para que  haya empleo en el campo”.

Todos los días escuchamos lo mismo: incentivar a los industriales (rebajas de impuestos, “flexibilización” -que, en realidad, es endurecimiento- de políticas laborales, etc.) es dizque estimular la creación de empleo. Todavía recuerdo cuando el gobierno Uribe determinó que la jornada diurna se extendía hasta las diez (!) de la noche, lo que inmediatamente generó que se acabara el recargo nocturno a los trabajadores, pues los negocios empezaron a cerrar a las diez, acabando de paso con la vida nocturna de las ciudades…

En fin, ¿Qué revela la crisis del coronavirus? La absoluta inadecuación de los sistemas de salud para atender a la población, porque el sistema político neoliberal determina que es más importante la ganancia económica de los poderosos que la atención real a la población. Que salud, educación, etc. no son derechos sino bienes.

El mismo día 20 de marzo el mismo periódico el Tiempo titulaba: “¿Por qué Alemania tiene la tasa más baja de muertes por Covid-19? – Es la más baja de la región. Equipos médicos y diagnósticos tempranos, algunas de las razones.” En una palabra: dinero. Dinero destinado al sistema de salud. Al final de la nota en Internet, se encuentra un enlace a otra nota: “Las claves del éxito de Corea del Sur en su lucha contra coronavirus – De más de 8 mil personas infectadas solo ha habido 75 fallecimientos.” Se puede, sin duda, pero es que se requieren otras condiciones para pensar una estrategia en la que “Al contrario de China, Corea del Sur adoptó una estrategia que combina información al público, participación de la población y una campaña masiva de pruebas.”

¿Qué hay aquí? Decisiones políticas y recursos, el fatuto dinero.

¿Nos seguimos tragando entero el cuento de que somos pobres, inferiores, dependientes por destino histórico? Nuestro país tiene suficientes recursos para autodeterminarse. Recursos materiales naturales, intelectuales, espirituales permanentemente derrochados en aras de garantizar la explotación, que es el problema de fondo, para el negocio. Esto es sabido de tiempo atrás, veamos un ejemplo, tomado al azar (hay tanto material al respecto):

Reinaldo Spitaletta (‘El negocio de la salud’), en su columna de El Espectador, 25 de abril 2011, decía:

Desde la aprobación de la Ley 100 de 1994, que privatizó la salud y tornó en archimillonarios a los negociantes de la misma, el paciente (¿o será el cliente?) dejó de ser protagonista del llamado “acto médico” para dejarles ese papel a las facturas y las chequeras.

Se sabe que, dentro de las cien empresas más grandes del país, hay entre ellas cinco dedicadas al rentable negocio de la salud, o, en otras palabras, a enriquecerse con la enfermedad de los colombianos.

El asunto de la salud en Colombia ha sido uno de los más tristes para la mayoría de gente. La intermediación privada, además de los aplastantes monopolios de la química farmacéutica, convirtieron ese rubro en inalcanzable para los más pobres, para los marginados, víctimas de un sistema inequitativo y brutal.

Pero al decir que se trata de dinero, hay que aclarar: dinero invertido y utilizado sabia y honradamente. Ahora bien, el libertarismo en el que se basa el sistema neoliberal no es más que un egoísmo disfrazado, en el que solamente cuenta el beneficio personal. Si las sociedades humanas nunca fueron perfectas, las noticias que nos llegan de la cínica corrupción estatal en todo el mundo (y, especialmente en nuestro país tan “recursivo” y “vivo”) nos muestran los “casos exitosos” de nuestra sociedad, el 29 de agosto de 2019, El Heraldo de Barranquilla informaba:

Corrupción en la salud en 2018 costó $1 billón: Procuraduría / Según el procurador, hay 17 mil personas en régimen subsidiado que tienen capacidad de pago… cuestionó que grupos políticos reciban hospitales a cambio de campañas

…el procurador advirtió que el sistema “está infestado de corrupción en toda la cadena”: desde la construcción de los hospitales hasta en la prestación del servicio a los usuarios…

Según algunos cálculos, en sólo uno de los casos investigados, el atroz “cartel de la hemofilia” defraudó $39.754’371.896; otras informaciones hablan de $50.000’000.000 en Córdoba, en donde se tomaron $5.264’000.000 al amparo de certificaciones falsas de tratamientos equinoterapia y neurodesarrollo en niño; en el mismo departamento, falsificación de medicamentos para cáncer y sida, preliminarmente calculado el costo en $11.520.000.000 y la lista sigue: esto es apenas un dato parcial.

La emisora la W (14 de marzo de 2019) informaba de una “red criminal cuyo modus operandi es liquidar e intervenir EPS de manera injustificada para robarles a los usuarios y trasladarlos a otras EPS que pagaron millonarias coimas por este ilícito…” La lista de entidades afectadas es impresionante…

Carteles de la hemofilia, el bastón, el Síndrome de Down, del VIH, de embargos, de recaudo de cartera, de chapas dentales y hasta de las gafas –nos informan varios medios- no son la excepción, son la regla en regímenes  que defienden la idea de que legislar para los ricos sí ayuda a los pobres porque aquellos son los que dan trabajo y dinamizan la economía, porque si a ellos les va bien, le va bien al país.

Aquí bordeamos la segunda parte de esta catástrofe: la corrupción galopante. Colombia, para algunos el “país más feliz del mundo”, está entre los más inequitativos, donde más impunidad y más corrupción hay. Pero la mayoría de su feliz población logró derrotar en las urnas una consulta anticorrupción. La corrupción enquistada en el sistema contamina todo y, en todos los niveles prima el beneficio propio, no importa sobre quién haya que pasar. Es la lección neoliberal.

Otro elemento nada desdeñable de esta crisis toca el sentido de la institucionalización del saber en nuestras sociedades. Un cientifismo burocrático, hirsuto y autoritarista nos ahoga. Desde que las “sociedades del conocimiento” convierten el mismo en instrumento al servicio del poder y en moneda de cambio, los saberes tradicionales desaparecen con más rapidez, las relaciones entre las instituciones y los investigadores se llenan de estándares; los relatos artísticos se someten a los estereotipo; los procesos de conocimiento entran en unas lógicas tecnocráticas y el conocimiento validable -el que se encuentra detrás de este lenguaje punitivo y autoritario que nos tiene hoy a todos en arresto domiciliario sin consideración por las consecuencias sociales- tiene componentes centrales como el de las revistas indexadas. En ellas, lo más granado del saber científico se despliega. No niego que en un sector de las cosas sea así, pero también tiene su lado oscuro:

Hasta hace poco la consigna era no solo “publicar o morir” (del inglés, publish or perish, característica inherente al medio académico cfr. Clapman 2005), sino que además debíamos hacerlo en revistas nacionales indexadas, o internacionales homologadas, por Publindex (la consigna en colombiana, por tanto, es más compleja: publicar en revistas indexadas por Publindex, o morir). Sin embargo, tras el reciente cambio de medición de grupos implementado por Colciencias desde el 2014… la medición sólo toma en cuenta la publicación de artículos en revistas indexadas en bases internacionales, anglosajonas y con ánimo de lucro Thomson™ y Scopus Elsevier™. La “calidad” de las revistas es medida en estas bases de acuerdo a un “factor de impacto” calculado por de acuerdo al número de citaciones que tales revistas reciben (en publicaciones también indexadas por ellos). Semejante cambio tan fundamental, el pasar de un modelo público de medición lleno de problemas, a uno comercial y privado plagado de críticas, es el tema que antes hemos dicho no amerita un mayor debate.

Éste es un extracto de uno de entre muchos documentos producidos por la propia Academia y por los propios campos de las ciencias (‘El conocimiento inventariado / Apuntes críticos sobre el modelo de indexación de las publicaciones académicas en Colombia’, Nicolás Espinosa y Alfonso Insuasty. De nuevo pido perdón a los fundamentalistas: las ciencias humanas también son ciencias) que revelan unas tensiones normalmente ocultas en los discursos institucionales, entre ellas -aparte del ya muy importante espacio de debate en el interior de las propias ciencias que le es inherente y existirá siempre- está la de que un sistema de validación en el que el poder (económico) de publicar influye de manera drástica para determinar la legitimidad del conocimiento científico (y el que no, dado el monopolio que la ciencia fundamentalista pretende tener sobre “verdades objetivas y universales”, como nos informa un científico local)

Pero, ¿qué significa indexación, mis queridos estudiantes? ¿algún especializadísimo sistema de estudio, confrontación, análisis, realizado en altísimos laboratorios como esos que uno ve en las películas de James Bond …?

No, indexar es… demos la palabra al diccionario de la Academia:

  1. tr. Hacer índices de algo.
  2. tr. Registrar ordenadamente datos e informaciones, para elaborar su índice.

Sonará a algunos asombroso, pero así es. La indexación no pasa de ser un sistema de clasificación e información. Un filósofo político había predicho la tiranía de los sistemas de información desde una relativamente lejana época: en 1979, fecha de publicación de La condición posmoderna / informe sobre el saber, Jean François Lyotard anunciaba los cambios que se aproximaban “después de las transformaciones que han afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX”. Estos cambios, que implican el paso de lo que llama los grandes metarrelatos (como el héroe, la gran travesía, etc.) por pequeños elementos dispersos y difusos, “nubes de elementos lingüísticos narrativos, etc.” que no se apoyan en los grandes discursos legitimadores:

Los decididores intentan, sin embargo, adecuar esas nubes de sociabilidad a matrices de input/output, según una lógica que implica la conmensurabilidad de los elementos y la determinabilidad del todo. Nuestra vida se encuentra volcada por ellos hacia el incremento del poder. Su legitimación, tanto en materia de justicia social como de verdad científica, sería optimizar las actuaciones del sistema, la eficacia. La aplicación de ese criterio a todos nuestros juegos no se produce sin cierto terror, blando o duro: Sed operativos, es decir, conmensurables, o desapareced.

Por efecto de toda una serie de cambios en la cultura y el desarrollo de nuevas tecnologías de la información -y no perdamos de vista que esto se escribía en 1978, época en la que los computadores eran una cosa muy primitiva aún y la Internet era una fantasía de ciencia ficción-:

Es razonable pensar que la multiplicación de las máquinas de información afecta y afectará a la circulación de los conocimientos tanto como lo ha hecho el desarrollo de los medios de circulación de hombres primero (transporte), de sonidos e imágenes después (media).

En esta transformación general, la naturaleza del saber no queda intacta. No puede pasar por los nuevos canales, y convertirse en operativa, a no ser que el conocimiento pueda ser traducido en cantidades de información. Se puede, pues, establecer la previsión de que todo lo que en el saber constituido no es traducible de ese modo será dejado de lado, y que la orientación de las nuevas investigaciones se subordinará a la condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un lenguaje de máquina. Los «productores» del saber, lo mismo que sus utilizadores, deben y deberán poseer los medios de traducir a esos lenguajes lo que buscan, los unos al inventar, los otros al aprender. Sin embargo, las investigaciones referidas a esas máquinas intérpretes ya están avanzadas. Con la hegemonía de la informática, se impone una cierta lógica, y, por tanto, un conjunto de prescripciones que se refieran a los enunciados aceptados como «de saber».

“Sed… conmensurables, o desapareced” “sociedades de la información”, “sociedades del conocimiento” ¿les suenan esas expresiones? Estoy simplificando bastante, pues ya bastante larga está esta carta. Advirtiendo que los sistemas y las máquinas no piensan por sí mismos, sino que dependen de las decisiones de sus poseedores, vayamos directamente a la gran sospecha: las ciencias exactas no son tan exactas. Nada nuevo, el gigante Einstein, a quien todos los días nos citan como paradigma del gran saber científico tuvo la modestia de expresar sus descubrimientos bajo la forma de teorías, como -de otro lado, lo hicieron todos sus colegas que realizaron la incomparable construcción de la ciencia moderna.

Pero el fundamentalismo cientifista rima muy bien con el fundamentalismo economicista y con el fundamentalismo político. La Academia moderna (que todavía nos rige) surgió por el mismo movimiento que creó el despotismo ilustrado y creó el capitalismo; esa Academia nos ha enseñado lo mejor que sabemos del universo físico, pero (no podemos ver el lado luminoso sin ver el lado oscuro) también se queda tremendamente corta cuando pretende dar cuenta del sentido del universo, en particular del universo social cuando se deja imponer el conocimiento estandarizable y cuantificable.

En Colombia, me parece muy significativo el caso Patarroyo. Un científico que durante décadas fue impulsado por todas las autoridades académicas y políticas como el paradigma del investigador exitoso y que, como tal, tuvo hasta hace poco a su disposición recursos oficiales que nadie más tenía y una atención de los medios de comunicación que, salvo alguna excepción pequeña y muy discreta, planteaba una posición crítica respecto a sus trabajos. Aunque siempre lo ha acompañado algo de polémica y cuestionamiento, pocos científicos colombianos han gozado de tanta legitimidad social y académica. Pero súbitamente, su fortuna parece dar un giro en la dirección opuesta por causa del coronavirus.

A raíz de sus declaraciones sobre la pandemia, de pronto resulta despreciado en esos mismos medios de comunicación que le plantean un cuestionable pasado para desestimar sus comentarios que se apartaban del pánico generalizado que se iniciaba. Esos comentarios pueden estar en parte torpemente estructurados, pero -también, en parte, pueden tener algo de razón viniendo de un científico de su trayectoria, pero apartarse del movimiento general tiene un costo.  (pueden ver: “COVID 19 – Las metidas de pata de Patarroyo durante la pandemia de coronavirus” y “Las metidas de pata de Patarroyo durante la pandemia de coronavirus” en 070 y El Espectador)

Escribiendo esto, me enteraba de que en Francia el profesor Raoult, quien desarrolló un medicamento llamado Hidroxicloroquina, utilizado en varias enfermedades de manejo difícil hizo algunas pruebas, un tanto caseras, podría decirse, por la premura, cuyos resultados apuntarían a entrever la posibilidad de que este medicamento sea efectivo contra el coronavirus, pero las autoridades científicas de su país no daban importancia a este hecho mientras otros países sí agotaban las existencias del mismo. En principio, el debate tiene la asepsia del cientifismo: las pruebas no se pueden considerar concluyentes, se requerirían estudios más rigurosos, etc. Sí, claro, pero la realidad es más compleja que eso. El profesor Raoult, quien es director de un hospital universitario y en cierto sector es un personaje muy respetado, incluso considerado prospecto para el Nobel, en otro sector no goza del mismo prestigio, siendo incluso considerado por algunos como un charlatán. Pero el asunto va más allá: ha sido un crítico muy duro del establecimiento científico y tenido polémicas muy fuertes con la exministra de salud y su esposo, miembros prominentes de la comunidad científica en el poder, lo que ha generado un debate político tremendamente complejo en el que lo puramente científico no es necesariamente lo más importante.

La pregunta políticamente incorrecta en medio de todo este enfrentamiento -político más que científico- es: ¿qué precio social se paga por estos malos debates, por las demoras en la acción, por las decisiones incorrectas? Siempre habrá un rango de incertidumbre y de dificultad que nunca podrá evitarse con el que, igual que con los virus debemos saber convivir, cosa que no lograremos en tanto la autoridad del campo del conocimiento esté en manos de creyentes en “verdades universales”, de administradores cuya función sea la de garantizar la eficiencia económica máxima y de autoridades médicas y de dirigentes que consideran que su mejor función es la ser sobre todo agentes de control.

Para finalizar, mi propuesta. Empiezo con una pregunta: ¿y cuando la cuarentena termine? ¿Querremos retornar a la normalidad de una vida social injusta, agravada por la respuesta punitiva contra el “enemigo de la humanidad” sin que nada cambie? ¿A estar esperando que en cualquier momento se vuelvan a decretar medidas semejantes? ¿A hacerle guardia al próximo “enemigo de la humanidad”? ¿A seguir viendo una amenaza en el otro?

¿A seguir soportando este insoportable régimen neoliberal?, ¿sobrellevando de la manera más suave posible esta catastrófica decadencia del capitalismo, que aún durará mucho en caer? ¿A seguir viviendo de la ilusión de que ya vendrán tiempos mejores? ¿A creer a los predicadores de autoayuda que, poniendo cada quien su “granito de arena” y con un poquito o mucho de fe lograremos evitar la catástrofe?

Dentro de lo que conozco, sólo hay una forma colectiva de propiciar un cambio estructural de la sociedad: transformar radicalmente la Escuela. Recuperarla como el lugar del conocimiento, de la construcción de sentido, de inserción en comunidades. Rescatarla del mismo régimen que la convirtió en un bien y no en un derecho. No la escuela ejecutiva de los proyectos “alternativos” de las élites, no la escuela acrítica que pretende el sistema público actual, no la escuela degradada de los negociantes.

La Escuela de las vanguardias históricas. La escuela que intuyó la reforma educativa de “La revolución en marcha”, el gobierno de López Pumarejo; la escuela que impulsó Agustín nieto Caballero antes de que su proyecto fuera pervertido por las élites; la escuela de la Institución Libre de Enseñanza y las Misiones Pedagógicas; la escuela de Krause; la Escuela de Comenio, la escuela de Montessori; la Universidad de Gerardo Molina. La escuela del pensamiento autónomo, del sentido crítico, de la pasión por el conocimiento, del rigor en la búsqueda y el intento de lograr alguna claridad en el pensamiento, de las artes y las ciencias reales (no hegemónicas)… la Escuela insumisa, que duda y busca, que no le tiene miedo al error, sino a no aprender de él… La escuela de la consciencia insobornable.

No la escuela de los estándares; de la “educación de calidad”; de las autoridades burocratizadas; de los profesores perezosos; de los profesores cargados de certezas, posesionados de su papel de ser figura de control asumen gustosamente la misión de corregir; no la escuela de estudiantes cargados de miedos, abusados, sometidos, pero callados…

Una escuela que trate de seres vivos, de relaciones de poder, de comunidad; que no renuncie a la complejidad ni a los diferendos y no considere que su prioridad sea la de formar trabajadores eficientes y obsecuentes para el sangriento mercado laboral. La Escuela no está para ponerse al servicio del sistema, no está para configurar “productos exitosos”, ni para hacer rico a nadie. Está para desarrollar lo mejor de nosotros mismos.

Que haya seres humanos explotadores, insolidarios, egoístas, inconscientes en lo social, no es culpa de la escuela; es culpa del sistema, que los necesita para perpetuarse.

Cada vez que finaliza un paro en la Universidad le pido a mis colegas y estudiantes que trabajemos para que el próximo movimiento no nos agarre de nuevo desprevenidos, sin haber avanzado nada desde la última vez, de manera que tengamos que volver de nuevo al punto cero; que no tengamos que seguir sufriendo lo mismo…

Preparémonos para cambiar y, con ello, cambiar el régimen neoliberal que nos lleva a que el surgimiento de un virus -hecho natural de la vida- se convierta en una guerra global y nos imponga una respuesta atroz igual o peor de catastrófica.

Debemos a Löwy una lúcida interpretación de esa enigmática declaración de Benjamin de que hacer la revolución es organizar el pesimismo: es un llamado a la acción; aún podemos cortar la mecha de la bomba, aún podemos poner el freno de emergencia a un tren que se ha desbocado. Aún podemos evitar lo peor de la catástrofe, siempre y cuando hagamos algo.

Siempre-y-cuando-hagamos-algo.

Estudiemos: todavía podemos decidir que este tiempo de cuarentena no haya sido tiempo perdido.

Crear comunidad en tiempos del coronavirus

No seré yo quien llame a la desobediencia en este momento, pero quiero decir algunas cosas políticamente incorrectas.

Soy un profesor que llama permanentemente a la desobediencia; que suscribe causas descorteses y considera la política del buen gusto como su mayor enemiga.

Pero no iré contra las medidas de salubridad, cuidado mutuo, no movilidad, etc. Hoy, para no ir más lejos, pasé prácticamente todo el día planeando cómo volver virtuales mis cursos. No negaré que es un ejercicio interesante, que ya hace mucho tiempo me había dicho que debería intentarlo (aunque no con la idea de eliminar el contacto, sino -más bien- de buscar comunicar mi trabajo y ampliar mis diálogos a mucha más gente que pueda interesarse por ellos en el país y no pueden venir a Bogotá, ni yo puedo ir a sus lugares); no me proclamaré en rebeldía en un momento social tan complejo: ¡nada más ni nada menos que una pandemia! Dicen que la última pandemia, la gripe española, fue en 1918, hace un siglo largo.

Pero no quiero dejar de expresar mi preocupación ni mis preguntas, tan ingenuas como puedan ser. A lo mejor sirva de algo, al menos para desahogarme. No creo que eso produzca algún daño social y, como dice mi maestro: es bueno que las cosas salgan del cuerpo.

No sigo un orden especial, las comento como espontáneamente surgen.

Una noticia -entre miles del mismo tono- informa que “el distanciamiento social” es el mejor recurso contra la pandemia del coronavirus. He dedicado mi vida profesional -que ya ronda los cuarenta años- a tratar de reducir las distancias entre las personas. Me molesta, por ejemplo, del modelo hegemónico llamado “arte contemporáneo” (que yo llamaría “arte corporativo”) su insistencia en fundamentarse en lo que Natalie Heinich llama un régimen de singularidad; yo, anacrónico empedernido, sigo creyendo que lo realmente importante es lo que tenemos en común, llámese humanidad, divinidad o necesidades básicas; que lo que debemos comprender no es tanto lo que nos diferencia de El Otro, sino lo que tenemos en común con él.

Rechazo vehementemente la tendencia academicista a la especialidad, que no deja de hacer estragos en nuestro pensamiento desde los albores de la Modernidad, de esta tozuda modernidad que se niega -como la Academia y como el Capitalismo, sus inevitables corolarios- a morir dignamente y a dar paso a algún otro pensamiento que no esté basado en la exaltación de la absoluta diferencia con Lo Otro.

Lucho tanto como puedo por cambiar la mentalidad de que los seres humanos podamos diferenciarnos por ciertas categorías insidiosas, de las cuales la peor, la más asesina es la diferencia por el poder económico: la división en clases sociales…

No sé, perdónenme. Algo en mí se insubordina cuando escucho decir que el distanciamiento social[1] es lo más importante para detener el avance del coronavirus. A lo mejor me enredo en el lenguaje, lo admito. Tal vez si se dijera, si desde el poder, que es el que origina estos discursos, se anunciara “el sacrificio temporal de la cercanía física” podría sentirme diferente, pero vociferado el distanciamiento por médicos autorizados y alcaldes y funcionarios con capacidad de tomar medidas casi bélicas (muy cercanas: ya se ha anunciado en algunos sitios que el próximo paso sería salida de tropas a la calle para garantizar el distanciamiento social), en mensajes que parecen decir: dado que no han querido entender que debemos evitar el contacto con El Otro, tenemos que recurrir a cerrar fronteras, imponer toques de queda, etc… no sé.

No sé, siempre he rechazado el uso del lenguaje anodino, lleno de eufemismos y políticamente correcto, no estoy pidiendo eso. Cuestiono; me pregunto qué lógicas subyacen ese discurso médico-tecnicista que con ceño adusto y voz seca dictamina, ordena, llama al miedo y niega –hasta el grado de ridiculizar- todos los “mitos” y “errores” que se crea y se cree la gente (“¿y si saludo con el codo?, y ¿si ensayo este remedio alternativo, ¿y si… ?).

No puedo dejar de sentir que este año no ha empezado realmente, aunque ya terminó 2019; aunque ya terminamos el segundo semestre de clases de 2019; aunque ya empezamos el primer semestre de 2020; aunque ya pasó mi cumpleaños de este año, y el de mis hijas, y el de la mamá de mis hijas… para mí el año 2020 como que no acaba de arrancar porque el 2019 finalizó con un hecho totalmente inédito que no había visto en mi vida: los cacerolazos contra el gobierno y me cuesta admitir que eso se extinguió. Todo el mundo (no todo, claro, los explotadores no estaban, pero permítaseme la expresión) en la calle. Todos iguales, todos juntos, -seguramente, como dice el dicho, no revueltos, pero todos juntos- en la calle, mostrando una indignación compartida, una voluntad compartida. Y no era solamente en este país, era en todo el mundo; de hecho, nos habíamos demorado nosotros en llegar a ello.

Todos, en un contacto social que nos hizo soñar, que nos hizo añorar un mundo sin distancias sociales; incluso, algunos exaltados llegamos a comparar la situación con una que no conocimos sino de oídas cuando éramos chiquitos: mayo del 68, cuando la clase obrera y el estudiantado se unieron y, si no cambiaron el mundo, lograron tumbar un régimen y dejar una herencia de pensamiento que marcó el final del siglo XX y todavía nos ayuda a pensar con alguna claridad.

¿Me equivoco mucho en la molestia que me produce este discurso de poder que con argumentos cientifistas y retórica militarista[2] no sugiere, ordena, que entendamos que debemos practicar el “distanciamiento social”?

(No me arrojen a la hoguera; en estos días, ni siquiera le doy a mi mamá el acostumbrado beso de buenas noches, esperaré pacientemente a que los noticieros de la noche me lo autoricen)

No terminaba de empezar el 2020 cuando llegó ese otro fenómeno totalmente inédito: un enemigo común, invisible, insidioso, un enorme poder externo que se instala sin saberlo dentro de ti… Jamás pensé que vería el día en que los países prohibieran los vuelos entre uno y otro, que ordenaran el cierre de sus fronteras, que las calles estuvieran vacías como no lo estaban desde la guerra en Europa. Todavía me pregunto ¿qué es esto? Creo que entendería que un terremoto, una inundación, son desgracias que nos pueden impedir ir donde los otros; que una guerra puede ser, en un momento dado, inevitable (aunque siempre indeseable); pero, ¿por un virus? ¿un virus del que los expertos nos dicen que en el 80 por ciento de los casos no pasará de ser una gripa más?

No sé, pero permítanme una pregunta tonta: ¿es posible que esas protestas que en el año pasado se multiplicaban y la desmedida respuesta política a la invasión de un virus (ahora que lo digo, me vienen a la memoria esas imágenes de las películas de invasión de extraterrestres, sólo que de esta no nos salvará el heroico presidente gringo) no estén relacionadas?

En fin…

[Puedo decir en mi defensa que no soy el único: hay alguien más que parece pensar como yo, lastimosamente, no sé quién es ni dónde está. Hace unas horas pasó alguien, un hombre joven, sin duda, hablando por su celular frente a mi casa, decía: ¿cómo no tener pánico con lo que están diciendo los noticieros?]

Para los expertos, el distanciamiento social como remedio tiene un requisito: la inmovilidad o, por lo menos, la reducción de la movilidad al máximo posible. No negaré que a una parte de mí esa idea le resulta atractiva. Pero, precisamente, me he pasado la vida luchando contra esa tendencia a la inmovilidad, característica de algunos hombres de mi familia. Me cuesta salir de la casa; pensar en hacer un viaje me pone inmediatamente incómodo, así se vaya a realizar dentro de seis meses; la calle representa una amenaza para mí. Y la realidad urbana me da la razón: en todo paso peatonal hay un ciclista matón que te puede atropellar; en cualquier café del barrio pueden irrumpir cinco tipos armados que no solamente te roban tus preciados instrumentos de trabajo (que en sí valen muy poco), sino que te insultan y violentan y tratan de quebrarte psicológicamente.

Paradójicamente, mi vida profesional también se ha fundamentado también en la movilidad: ponerse en posibilidad de considerar otros puntos de vista, no anquilosarse en un sólo lugar, en una sola idea, en una sola actitud, dar un paso atrás para poder reflexionar críticamente… moverse, porque la vida es movimiento.

Pero en estos días, en que este enemigo invisible nos acecha, debemos cultivar el distanciamiento social, debemos inmovilizarnos. ¿Qué retórica es esta?

Listo, hagámoslo. La silla en donde pasé bastantes horas de este día que acaba de terminar puede atestiguar mi firme compromiso de contribuir a la inmovilidad. No será a mí a quien se pueda acusar de movilidad que atente contra la salud pública.

Pero… pero me sigo preguntando ¿y los movimientos con los que cerramos el esperanzador año pasado?

Bastante me rompí la cabeza en ese año pasado -y en el anterior y el anterior del anterior, sea dicho de paso- tratando de asimilar la paradoja que acompañaba la tarea de adelantar un movimiento que lograra superar el estatismo social y recuperara la esencia de lo importante. El ejemplo que conozco de primera mano es el de la institución universitaria. Ha llegado a un punto tal de degradación, que para todo el mundo es claro que el modelo actual de universidad tiende a ser abiertamente hostil a las humanidades y las artes; eso lo dice todo.

Toca, entonces, hacer un movimiento de reivindicación, y ese movimiento significa paro. Esa paradoja nos tiene ya muchos años pensando y no logramos resolverla: ¿¡movimiento significa paro!? Pero cuando se levanta el paro, ¡también se acaba el movimiento! ¿no debería retornar o reconstruirse el movimiento? No, se acaba.

En fin, sí tengo algunas ideas alrededor de esta paradoja, pero, en este punto, esperando que el movimiento reiniciara, llegó imprevista, sorpresivamente de un lugar ignoto de la China un fenómeno que, tecnocrática y autoritariamente asumido por los gobiernos se convierte en orden del día: inmovilizarse. Una de las características del coronavirus, se sabe ya con creces, es que su expansión es extraordinariamente veloz. Contra velocidad inmovilidad, lo entiendo. Lo entiendo y lo asumo, pero ¿qué hago con los últimos tres años de reflexión sobre la necesidad de cultivar los movimientos que nos permitirán recuperar la cercanía social?

¿Qué hago con mis reflexiones pedagógicas de los últimos treinta años, que me insinúan la sospecha de que esta crisis, cuya realidad no cuestiono -al menos por ahora-, podría haberse manejado de otras formas más… no sé más qué, pero sí sé que menos autoritarias, o que, por lo menos no implicaran la implantación de un verdadero régimen de terror desde los gobiernos?

Sí, soy un poco o muy paranoico. La noche del histórico cacerolazo, súbitamente surgió de la nada y se extendió como un virus la certeza de que grupos enemigos (los venezolanos, por ejemplo) tenían un plan organizado para tomarse las residencias de la clase media. Por un momento, nos sentimos solos; ¿y si vienen a este barrio?, ¿quién podrá defendernos? No, no es un chiste malo, era un pensamiento real: la policía estaba desbordada por las protestas, nadie vendría si un grupo de vándalos (la palabra más repetida desde el gobierno, hasta las rectorías de las universidades públicas) a tomarse lo nuestro. Las imágenes de improvisadas milicias “armadas” con palos de escoba en las verjas de los conjuntos de vivienda lo decían palpablemente: por un momento estuvimos solos, y era aterrador.

¿Son casuales esas imágenes, conexiones y sentimientos?, ¿están desconectadas?

No sé, en mi ingenuidad, me parece que sí -como lo dijo Agamben en el texto que me mencionó Belén[3]-, que hay un manejo desde el poder político que genera un sentimiento global de pánico, un verdadero terrorismo de Estado que -casualmente- nos impone como solución a los grandes males la incomunicación y el aislamiento. No olvidemos que el paro nacional 21N fue antecedido en la ciudad de Bogotá por allanamientos en masa, justificados por una amenaza global, que nunca pudo ser demostrada y finalmente tuvieron que ser declarados ilegales por el propio Estado, pero ya habían producido su cuota de miedo.

Claro que sí, en estos días evito las aglomeraciones, evito el contacto físico con mis semejantes, respeto las distancias, me lavo maniáticamente las manos y me retiro, si siento el menor indicio de alguna molestia en mí, de la población en riesgo; pero sigo pensando que esta situación podría haberse manejado de otra forma.

En mi ignorancia, me pregunto qué tan distinto es este coronavirus del que pudo producir esos contagios anuales a los que el ingenio popular ha dado nombres tan poco técnicos como “el pato”, “el abrazo de Osama”, “la gripa rompehuesos”, etc., que han pasado, dejando muchos afectados, muertos, incluso… No, no digo que sea mentira que éste es un caso distinto; no tengo los conocimientos ni la autoridad para negarlo, pero enfermedades, contagios y crisis han existido siempre, y no siempre se ha considerado que la respuesta deba ser una ofensiva social tan formidable como en esta ocasión, que debamos estar sumidos en el miedo, el miedo al Otro, aunque funcionarios, autoridades médicas y modelos de televisión nos estén repitiendo ¡QUE NO TENGAMOS PÁNICO! en un mundo con fronteras cerradas, confinamiento voluntario o involuntario, desconexión entre nosotros, inmovilidad, caída de las bolsas (a mí me da igual la bolsa, pero… es que cuando hay quiebras, siempre las pagamos los pobres y la clase media baja), crisis humanitarias, etc.

Siento tanta rabia como el que más con el que pasa por la calle o por el bus tosiendo, estornudando, escupiendo sin la menor consideración por los demás; respeto las restricciones, pero no puedo acallar mis preguntas, de las cuales planteo la última, que podría darle un desquite al paciente lector que me haya seguido hasta aquí, porque podría darle la satisfacción de que la historia me desmienta y me escarmiente en el futuro por publicar estas cosas:

¿No será que, en seis meses, un año, dos años, pueda suceder que empecemos como a despertar de un sueño colectivo, un mal sueño colectivo y empecemos a preguntarnos cómo permitimos que se nos impusiera esta lógica tecnicista, economicista, bélica, despótica?

Pero bueno, si quieren, tomen esto como un ejercicio literario (de un profesor que se ilusiona pensando que sus cursos ofrecen una alternativa de construcción de comunidad), fantasioso, pasablemente delirante y de muy regular calidad para llenar el tiempo de cuarentena-cuaresma del año 2020.

 

[1] Tomo la expresión de casi prácticamente al azar de: “Distanciamiento social: qué significa y por qué es importante para prevenir el coronavirus”, pero podría haber tomado decenas de expresiones similares de cualquier noticiero, usada por locutores, funcionarios, expertos y no expertos.

https://www.infobae.com/america/tendencias-america/2020/03/16/distanciamiento-social-que-significa-y-por-que-es-importante-para-prevenir-el-coronavirus/

[2] «Estamos en guerra, en una guerra sanitaria. Es cierto que no luchamos ni contra un Ejército ni contra una nación, pero el enemigo está ahí, invisible y evasivo, y avanza. Esto requiere nuestra movilización general» decía el presidente Macron de Francia ayer.

[3]Giogio Agamben / Contagio y Aclaración:

https://artilleriainmanente.noblogs.org/?p=1344

https://artilleriainmanente.noblogs.org/?p=1364

Notas para una historia de la educación artística en Colombia en el siglo xx

La revista Credencial Historia me comisionó hacer un panorama muy general de la educación artística en Colombia en el siglo XX. Dado que el tema ha sido poco tratado y el espacio era muy corto, intenté proponer los problemas que considero esenciales; temas como el papel subordinado que la historia convencional del arte atribuye a la enseñanza del arte o la importancia de analizar cómo ésta última construye sus cánones y la enorme importancia política de esas esas observaciones.

Evidentemente, hace énfasis (que podría ser en algunos momentos ser considerado discutible) en el papel central que juegan los cánones de la enseñanza superior (profesional) en las concepciones de la educación artística en todos los contextos y niveles…

El texto puede ser consultado en:

Notas para una historia de la educación artística en Colombia en el siglo xx

 

Exposición Instituto de Visión. Febrero 20 2016

El 20 de febrero se inaugura la exposición en Instituto de Visión, se realizará una obra in situ.

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I

El sentido más importante, hablando de dibujo, es el tacto.

Lo que está en juego es la corporalidad del mundo, ese lugar esencial donde acontece el milagro de la experiencia. Ver algo es como poder salir de sí y tocarlo a la distancia, palpar su forma, sus dimensiones, su presencia.

II

Desde el siglo XVII la vanidad academicista se empeña en desvalorizar el trabajo manual relegándolo al rango de actividad servil; pero no hay sino un trabajo: aquella actividad que construye sentido, salvo que uno crea (como pretenden hacerlo creer los poderosos) que pudiera existir un pensamiento sin cuerpo, una idea sin objeto.

III

A pesar de todo, la manualidad sencilla y sabia -es decir, la manualidad inteligente-, sigue siendo el lugar esencial en donde el ser humano, entrando en relación con la corporalidad del mundo, se construye a sí mismo.

IV

En todo caso, siempre es preferible, más profundo y placentero estar cerca de los que trabajan, de los objetos humildes y de la oscura materia, que de los que enarbolan su condición de creadores libres mientras decoran el cortejo de los vencedores.

V

El mundo del dibujo no se define por sus materiales, técnicas o estilos; su definición es temporal: se encuentra allí en donde algo empieza a manifestarse a la conciencia y, al mismo tiempo, ésta lo construye.

VI

Lo más parecido al dibujo es el acto amoroso.

Esto es más que una metáfora. Ambos acontecen en el territorio en el que se es el cuerpo del otro y el otro es uno. Por eso su lenguaje es de sutilezas que sólo conoce quien quiere ver lo pequeño y ver con las manos.

VII

(Aquella noche en que con mi amigo Gabriel veíamos a un hombre aparentemente vulgar que se transformaba al jugar billar, no pude dejar de pensar: “si este hombre acaricia sus hijos con el infinito cuidado con que hace una carambola, debe ser el mejor papá del mundo”)

VIII

El dibujo es la prueba más fehaciente de que, en su momento más esencial, una obra de arte es una intermediaria entre dos sistemas nerviosos.

Sobre el oficio profesoral

Nuestra tradición no es la de los detentadores del poder, como nos dice la Academia. Nuestra tradición es la que no ha dejado huella porque a los profesores se nos ha asignado un papel subordinado y nosotros lo hemos aceptado. Nuestras clases, nuestros diálogos, nuestras batallas en el aula desparecen tan pronto suena el timbre de final de clases; no dejan registro, porque el sistema nos ha impuesto una cultura de la programación que archiva, cada comienzo de período escolar, los programas de lo que vamos a hacer, no la memoria de lo que realmente se hizo.

Desaparecen una vez terminado el semestre y el año; cada grupo es nuevo, el salón se repintó, ya hay nuevos alumnos; a los antiguos se les olvida casi a la misma velocidad a la que –salvo casos excepcionales en un sentido u otro- ellos nos olvidan. Nuestra tradición no es la de los discursos oficiales. La historia de  nuestras escuelas sería la de la experiencia, que nadie parecería saber qué es, cómo se da cuenta de ella, ni dónde se encuentra.

No, en todo caso, en los informes de gestión sobrevalorados de las directivas, que pretenden ser la historia de nuestras instituciones.

Nuestra tradición es la de la artesanía (que la Academia convirtió en mala palabra) pedagógica (otra mala palabra para las universidades dedicadas a la “educación superior”); esa artesanía despreciada por las jerarquías de la propia Academia, que no ceja en su empeño de privilegiar a los “innovadores”, “excepcionales”, “investigadores” y “exitosos” que son mucho más que simples profesores, y se prestan muy fácilmente para representar los intereses del sistema.

Esta Academia es un adversario formidable que ha devorado a todos sus enemigos: se ha apropiado de sus conceptos, sus apariencias y convirtió el conocimiento en saberes institucionalizados que tienen dueño.

De allí, que no podamos olvidar a Benjamin: “…El peligro amenaza tanto a la existencia de la tradición como a sus receptores. Para ella, como para ellos, [el peligro] es prestarse a ser instrumentos de la clase dominante. En cada época hay que tratar nuevamente de arrebatar la tradición al gran conformismo que está a punto de apoderarse de ella. El Mesías viene no sólo como el Redentor; viene como el vencedor del Anticristo. El don de reavivar en lo pasado la chispa de la esperanza sólo se ofrece al historiador impregnado de esto: frente al enemigo, si vence, ni siquiera los muertos estarán a salvo. Y mientras tanto, hasta esta hora, el enemigo no ha cesado de vencer”*.

* Tesis VI Sobre el concepto de historia.