¿Cómo pueden equiparar a dos personas como Cepeda y de la Espriella?

Esto ya lo vivimos. Hace cuatro años había personas indecisas sobre si votar por Gustavo Petro o por Rodolfo Hernández. Cada quien tiene sus ideas en política, así sean ideas negacionistas. Pero una cosa es el desinterés y otra que se declare que no puede verse la diferencia entre las dos personas y los dos proyectos; eso habla de un problema muy grave de criterio, desafortunadamente muy extendido.

Hoy, la indecisión entre Cepeda y de la Espriella es casi menos comprensible y, a mi juicio, evidencia el enorme daño que ha hecho a la conciencia política de la gente una suma de fenómenos impulsados por las políticas educativas impuestas entre 2002 y 2022, que hicieron todo lo posible por borrar la memoria histórica y el cultivo de la reflexión crítica en todos los niveles de la sociedad.

Menos comprensible porque al menos Rodolfo Hernández había sido concejal y alcalde y podía citar sus realizaciones como tal. De los negocios de los dos y su dimensión ética, ni hablemos.  

Hablo como lo que soy, profesor, artista y -podría decirlo- activista por el crecimiento espiritual que, a mi juicio, es lo único que explica y justifica la vida tal como la conocemos. Mis investigaciones en historia política del arte y su enseñanza me han llevado a una cierta comprensión de la política colombiana y mi ejercicio absolutamente honrado como ciudadano, me autorizan a hacer algunas declaraciones públicas que pueden o no ser tenidas en cuenta por quienes quieran leerme.

En política, me declaro de izquierda. 

El uso de los términos izquierda y derecha en política se originó durante la Revolución Francesa. En la Asamblea Nacional Constituyente de 1789, los diputados se sentaban según sus posiciones políticas: a la izquierda del presidente de la asamblea se ubicaban quienes defendían cambios profundos, una mayor igualdad social y la limitación del poder del rey; a la derecha se sentaban quienes apoyaban la monarquía, las tradiciones establecidas y cambios más moderados cuando no la conservación a rajatabla del orden existente.

Así de simple es el origen del término. Con el tiempo, esta distribución física de los asientos se convirtió en una forma de clasificar las ideologías políticas; la izquierda: asociada históricamente con la igualdad social, los derechos de los trabajadores, la igualdad radical de los seres humanos, la no explotación de unas personas por otras a nombre de ningún privilegio; la derecha, asociada históricamente con la defensa de la propiedad privada, las tradiciones, el orden social establecido y, frecuentemente, el conservadurismo en relación con el mantenimiento de privilegios de nacimiento.

Hace unos días, una estudiante recordaba una historia que muchas veces escuché en el pasado -inexplicable que todavía suceda eso-, narraba cómo de niña le amarraban la mano izquierda para que no intentara escribir con ella porque era la mano del diablo.

Me defino como un marxista de tendencia benjaminiana – dusseliana; por lo tanto, me interesa profundamente la teología y tengo tanto respeto por ella que me indigna ese uso miserable a la que la someten discursos políticos que pretenden seguir engañando la gente a nombre de lo sagrado. Las decisiones sobre el mundo humano las toman seres humanos. Quienes torturan, matan, someten, roban, asesinan son seres humanos; quienes abrazan, cuidan, acompañan, comparten, son seres humanos. Ningún poder externo decide nuestro destino: el mundo social es como es porque los humanos decidimos, o permitimos, que algunos pocos lo determinen. Dios, o como se quiera llamar a la trascendencia del espíritu, no interviene en las elecciones ni manda representantes.

Hay que llamar a las cosas por su nombre y poner cada cosa en su lugar. La justicia social no es obra del diablo, es justicia a secas. Los derechos no son concesiones, son dignidad. El progresismo es una izquierda moderada. Calificar a toda persona que se interesa por la justicia social de ser izquierda, a la izquierda de ser satánica, a todo régimen progresista de ser comunista, es simplemente prolongar la ausencia de reflexión que, se supone, es lo que caracteriza a los seres humanos.

Usar el término “guerrilla” como un calificativo genérico tampoco tiene fundamento. Respetamos a Francisco de Paula Santander por, entre otras cosas, contribuir a la Independencia organizando y fortaleciendo las guerrillas del llano y a nadie se le ocurre relacionar esas guerrillas con los grupos narcotraficantes que en nuestra época se han apropiado fraudulentamente de banderas sociales de la izquierda.

Si no nos detenemos en la particularidad de cada fenómeno, se nos pierde la diversidad del mundo y, por lo tanto, su riqueza. La maravilla que es el mundo deriva de su complejidad. Es un error elemental creer que Cepeda es Petro y basar una decisión de voto en un razonamiento así, es una simpleza.

Gustavo Petro ha liderado el primer gobierno colombiano que en algo más de doscientos años no fue decidido por las élites. Tuvo en su contra la mayoría del congreso, oposición que no dudó en usar toda clase de recursos desleales. Enfrentó una guerra sucia de comunicaciones y de informaciones falsas y aun así, termina un gobierno decente, que cualquier analista serio puede comparar con cualquiera de los gobiernos anteriores y ver que no sucedió ninguna catástrofe; en cambio amplió significativamente la equidad y la participación.

En todo caso, aunque se plantee una -muy deseable en mi opinión- continuidad con las actuales políticas gubernamentales, Cepeda no es Petro y debe ser visto en su especificidad. 

En ese orden de ideas, planteo que es inaceptable poner en la misma escala a Cepeda y de la Espriella en la elección presidencial. No es una lucha “entre dos extremos”, las dos figuras no son comparables; si alguna persona que lea este texto no ve la diferencia, con todo respeto le sugiero que estudie de verdad las propuestas, los programas y los discursos por sí misma, no por lo que le diga nadie, y comprenda los universos tan disímiles que están en juego. No las imágenes, ni los espectáculos ni los dictámenes de ningún comentador. Vea qué clase de persona es cada candidato, cómo define el mundo, el país y el papel del presidente.   

Si te es indiferente la suerte del país, dilo claramente, pero no digas que no ves la diferencia entre Cepeda y de la Espriella. Si habláramos de música, podrías decirme que no escuchas nada, o que te gusta todo, tu sabrás, pero no me vengas a decir que no percibes diferencia entre Luciano Pavarotti y Julio Iglesias porque, en ese caso, te diría que analices un poco más profundamente, que leas con más cuidado, que razones un poco más profundamente porque no se puede estar más confundido.

Hasta aquí me esfuerzo por mantener un cierto tono de objetividad, pero dejo consignada una opinión a quien pueda interesarle. No la expreso yo, la tomo, suscribiéndola, de Sondra Macollins, candidata presidencial hasta la primera vuelta: “que el tigre llegue a la casa de Nariño es como haber puesto a Garavito [el asesino serial de niños] a manejar el ICBF [Instituto Colombiano de -Bienestar Familiar]”.


Descubre más desde ni invisibles ni subordinados

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario