Era un chico muy joven que parecía muy joven. Me sentía maduro después de pasar un poco por todas las situaciones en un pregrado que duró ocho años. Hoy sé qué tan inmaduro era, pero también sé de lo poderosa que puede ser una intuición que viene de lo profundo. En esos días tomé la decisión que marcaría el resto de mi vida.
Un poco antes de eso, volvía de la universidad y entrando a la casa, estaba uno de mis primos y su hijo, que debía tener unos tres años o un poco menos. De pronto, caí en cuenta de qué tan distante se me había vuelto el mundo de la infancia. No sé cómo, empecé a jugar con el niño y me pareció que jugamos durante horas; nos reímos todo el tiempo y ese encuentro extraordinario, que, ahora que lo pienso, podría muy bien ser definido con aquel fragmento de Proust: «me hizo indiferentes las vicisitudes de la vida, sus desastres inofensivos e ilusoria su brevedad», seguramente conectó más tarde con un interés profundo en la pedagogía y, luego, con la firme intención de querer hacer de ella mi mejor obra de arte. Apenas lógico que ese recuerdo vuelva a hacerse presente más de cuarenta años después cuando pienso en cerrar mi carreara docente.
Hace unos días recibí los resultados de mi solicitud para acceder a la categoría de profesor titular en la Universidad Nacional: fue negada. El artista que hay en mí se puso muy contento; es casi una proeza. Hacer como trabajo máximo de una carrera académica una diatriba contra la Academia y que sea rechazado, puede ser la mejor prueba de su justeza; mucho menos interesante hubiera que ella lo saludara con entusiasmo.
Pero el profesor que hay en mí, no puede menos que estar fastidiado. Porque el trabajo no fue seriamente rechazado. Leo las evaluaciones, rememoro el proceso y veo que la institución nunca supo qué hacer con la proposición de poner en escena mis treintaiocho tesis contra la Academia, a las que titulé La escuela contra la Academia. Lo leyó mal, lo tramitó mal, lo perdió un año entero en algún cajón olvidado y lo envió a tres jurados que evidentemente nunca pudieron entender qué era el amasijo de materiales que recibieron y dieron una respuesta convencional. Comprendo en parte su desconcierto: estaban evaluando un trabajo que, en rigor, nunca se presentó.
En fin, nada nuevo; si la Academia no puede poner su pátina sobre alguna cosa, simplemente se desentiende.
Desde mi perspectiva, estoy convencido de que ese final ambiguo es coherente con una trayectoria que inició, sin que yo mismo lo supiera, con la callada rebeldía del niño que no tenía fuerzas ni argumentos para insubordinarse contra la violencia de los rezagos del método lancasteriano en un colegio de barrio, contra la frustración de un adolescente que no encontraba la fórmula que diera nombre y forma al enojo que sentía permanentemente en un colegio público de bachillerato, o contra la impaciencia por la lentitud en la construcción de una reflexión crítica de un programa universitario que le enseñó a amar el arte, el trabajo y la rebeldía, pero no le dio un fundamento político, el cual tuvo que construir más o menos solo durante treinta años de estudios y búsquedas.
Por eso, aunque mi corazón se siente libre y feliz de culminar bellamente una carrera, llegado el momento del retiro para volver a mi propio tiempo y a algunas imágenes que me obsesionan, sentí, y algunas personas cercanas me lo hicieron sentir también, que aún podría hacer una última acción. El último performance de la etapa universitaria del proyecto que ha querido cumplir la divisa vanguardista de reconectar el arte y la vida. De modo que, creyendo estar ya de salida, vuelvo a encontrarme en un punto de inicio: olfateando el aire, escuchando los rumores, estudiando las situaciones; armando panoramas mentales, afinando la percepción, descubriendo, tejiendo relaciones… conspirando…
No me iré aún de la Universidad, no quiero que las últimas imágenes de una trayectoria amorosa estén mezcladas con la mediocridad tecnocrática o la ambición mezquina de un sector que secuestró el sentido original de la Universidad para ponerla al servicio de sus intereses. Quiero dar una batalla más.
Inicio una última acción que puede durar un mes o tres años, ya se verá. El pequeño alumno que callaba, construyó una voz y tiene algo importante para enunciar antes de volver a su casa donde le esperan algunas presencias, un taller, una cocina, un gato y un jardín.

