Promesas

A veces uno cree que se acercó lo suficiente para ver el rostro de la muerte. Varias veces (pocas, por supuesto) creí estar en ese lugar. Un día soñé (¿fue realmente un sueño?) que me veía muerto, mi rostro era como de cera.

Otro día, en la iglesia de un pueblo vi ese rostro en la figura yacente de un Cristo.

La última vez que creí haber vislumbrado la posibilidad de la muerte, luego de un largo proceso tomé la decisión de, en adelante, no aceptar en mi acción nada que no pudiera pensar como un acto de amor…

Más o menos he cumplido, creo. Esa vez quise hacer muchos dibujos, de cosas cuya humildad me enternecía. No tuve fuerzas para hacerlos todos.

En todo caso, hay uno: una cobijita.

 Entre el arte y la vida existe un vínculo tan sutil y tan profundo que, al final, uno no puede distinguir la diferencia; es como si fueran la trama y la urdimbre de un mismo tejido.

Muchas veces sentí que los dibujos no hechos tenían una razón de ser: la fuerza que los imaginó, siguió adelante y se condensó en una actitud más o menos nueva hacia las cosas. Hacia todas las cosas. Ya no se trataba de hacer un dibujo, sino de seguir viviendo de una cierta manera…

Lástima que esta carne tan tosca, estas palabras tan toscas, estas imágenes tan toscas no alcancen sino a rozar levemente el lenguaje de ese océano primigenio del amor real.

Siempre queda la ilusión (la esperanza, se podría decir, la fe) y también quedan las imágenes que emergen del caos. No dicen nada específico, pero un día, una noche de mal sueño puede ser que logren decirle algo a alguien, Lo que necesita oír, no algún mensaje predeterminado.

Como una carta hecha con cruces y no con letras, para que su destinataria lea las palabras que necesita oír, exactamente.

Una carta abierta dirigida al universo, como una promesa hecha frente al mar primordial.

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